Las ganas que tenía de «independizarme» e irme a estudiar fuera de casa eran enormes, así que cuando llegó el día me cogí un piso de alquiler más cercano a la zona de la fiesta que de la facultad. Conste que yo cumplía con los estudios, siempre se me dieron bien, incluso en la universidad la constancia de ir a clase y prestar muchísima atención me ayudaba a tener el 80% hecho y el otro 20% tenía que currármelo, enfermería no es fácil.
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Paralelamente no había fiesta que me perdiese: sexo, alcohol y reggaetón formaban parte de mis de mis noches. Y así pasaba el tiempo, entre apuntes y noches de risas con amigos, cuando un fin de semana que fui a casa de mis padres conocí a Jaime, el hijo de nuestros nuevos vecinos. Teníamos la misma edad, él trabajaba en el campo con su padre y vivía con ellos por la comodidad de horarios y desplazamientos, estaba haciéndose «su hucha para el futuro».
Al principio, eran conversaciones casuales, bromas y algún café compartido, pero poco a poco fuimos conectando. Compartimos números, y empecé a ir más findes a casa de mis padres en lugar de uno al mes. Él bajaba de vez en cuando a verme y sin darnos cuenta…¿teníamos una relación?. Yo seguía saliendo de fiesta pero ya no me liaba con nadie. Llegó un día en que sentí que necesitaba claridad, así que le pregunté directamente: «¿qué somos?» «Pues pareja ¿no?» contestó. Así finalizaba mi primer año de carrera.
Al tercer año, con nuestra relación afianzada, me propuso que nos casaramos. Mis padres trataron de convencerme que esperase a acabar, pero estaba cegada y nos casamos ese mismo año. Como mis padres no aceptaban la situación de que dejase así los estudios, no pusieron 1€ y yo no trabajaba, por lo que con una parte de sus ahorros hicimos una fiesta civil en el jardín de su casa. Conseguimos juntar, con apoyo de mi madre que es una santa, para la entrada de una casa en el mismo pueblo.
Apenas llevábamos un mes en nuestra nueva casa cuando me quedé embarazada. No entendía cómo podía haber sido, si usábamos siempre preservativos, pero bueno, al fin y al cabo somos adultos, estamos casados, compartimos hipoteca… decidí que antes de que se me notase tendría que buscar trabajo. Mi plan de retomar la universidad se iba posponiendo peligrosamente (dos años guardan las notas para continuar).
Empecé a trabajar en un bar take away cercano, podía estar de pie y sentada, así que era cómodo. Mi hijo nació y fue en la baja de paternidad cuando me di cuenta de cómo era mi marido. Aunque legalmente tenía que estar de baja, seguía yendo con su padre a trabajar. Era «mi hijo», por lo que tenía que atenderlo solo yo, tanto de día como de noche, mientras él trabajaba para ganar el pan. No quería que el niño fuese a la guardería, ya que decía que era vergonzoso que se viese que yo tenía que trabajar, como si él no ganase lo suficiente. No quería ser el hazmerreír de nadie, había sido su hermana quien le convenció de «dejarme trabajar» en el embarazo «para estar entretenida».
Ahora me doy cuenta de todo lo que hice mal, pero no consigo salir de esta situación, me iría con una mano delante y otra detrás. Me duele pensar en cómo la ilusión inicial de independencia y amor se convirtió en un encierro silencioso, donde mis decisiones, estudios y mi tiempo quedaron en un segundo plano. El amor no es siempre suficiente cuando existen unos roles tan cerrados. A veces me pregunto si a pesar de todo habría podido tomar un camino diferente o si simplemente me dejé llevar por las ganas de querer vivir rápido y querer sentirme adulta antes de tiempo.