Me hice novia de mi ahora exmarido siendo muy jóvenes, éramos adolescentes. Y yo, que había perdido a mi madre siendo niña por culpa de un cáncer, cuando conocí a mi suegra, sentí mucha conexión con ella. Me trataba muy bien, me escuchaba, me hacía sentir querida. Siempre me dijo que me ayudaría en todo porque veía a su hijo feliz conmigo y que, cualquier cosa que pasara se la podía contar, que si él no me hacía feliz, se lo dijera y vamos, es que lo capaba. Y yo, como una imbécil, me lo creí.
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Hemos pasado juntos cinco años y dos embarazos. El primero, del chico, fue bastante pasable, pero cuando llegó la niña, no le gustó. Maltrato psicológico, insultos, empujones, te vas a poner como una vaca, no te cuidas, te quedaste preñada para cazarme (como si fuera un partido tan maravilloso, ¿sabes? Peón de albañil, la mitad de las veces sin contrato, gano yo bastante más que él), tú tienes que hacer todo lo de la casa porque trabajas sentadita, y el señorito no levantaba ni un papel del suelo pero si no salían obras y se tiraba todo el día en casa, daba igual. Durante ese tiempo, le pedí consejo y -por qué no decirlo- ayuda a su madre varias veces. Todo era “Ten paciencia. Yo no puedo meter la nariz en vuestro matrimonio, no me puedes pedir que tire para ti, es mi hijo. Ay, hija, ya sabes cómo es tu marido”. Esas eran sus super frases.
A punto de dar a luz a la niña, tuvimos una discusión fuerte porque poco menos que me dijo que en cuanto la niña empezase a menstruar, que la iba a llevar de bares para pescar a algún panoli que la mantuviera y nos la quitase de encima. Aún siendo broma hubiera sido asquerosa, pero es que lo dijo en serio. Así que me harté y le dije que se había terminado y me abofeteó que me hizo sangrar por la boca y la nariz. Con las mismas y con un miedo espantoso me fui a Urgencias y le denuncié. Por primera vez mi suegra me llamó a mí y no al revés. Y le pedí ayuda una vez más, oye, que eso no era un empujón, que me había pegado a dos semanas de dar a luz. Quise contar con ella.
“No me puedes pedir que me ponga en contra de mi hijo. Si él ha soltado la mano, es que tú le has tenido que provocar mucho”. Ella podía ayudarme a “ser mejor esposa” si yo también era buenecita y retiraba la denuncia. Pensé que me quedaba sola con dos niños y un trabajo que depende de ventas y que en el momento que tuviese un trimestre flojo lo podía perder. Pero mi vida y la de mi niña valían mucho más, así que la mandé a pastar. La denuncia se quedaba y yo me iba.
El juez me dio la custodia completa, él tiene derecho a verlos una tarde a la semana, pero no pueden dormir en su casa y, claro, mi suegra tampoco se los puede quedar a no ser que yo lo autorice y no me da la gana. Ahora es ella quien me llama a mí y me dice que no ve a su nieto y que a la niña casi ni la conoce. La he oído llorando al teléfono, me dijo que iba a ir a la tele a contar que la malísima de su ex nuera no le deja conocer a sus nietos, que los tiene secuestrados y que alineación parental. Y mira, me da igual. Ella también me oyó llorando al teléfono muchas veces y sólo sabía defender a su hijito del alma y disculparle cuando me metía empujones y me decía “quita, vaca”. Pues ahora, que apechugue. Mis hijos no le deben nada, ni quiero que aprendan nada de esa señora tan falsa, así que llore, señora, que el campo se lo agradecerá.