Cuando mi madre empezó a sospechar que mi padre la engañaba, me pareció absurdo. No tenía pruebas, solo intuición… hasta que la hija del vecino, con sus inocentes cinco años, le soltó que había visto a mi padre con otra mujer en nuestra casa del campo. A partir de ahí, mi madre insistió en el tema. Pero a mí me seguía pareciendo imposible. 

Vivimos en un pueblo donde todo el mundo se conoce, donde las abuelas en la carnicería pueden rastrear tu árbol genealógico mejor que un test de ADN y donde, si alguien tiene un amante, lo normal es que lo sepan antes los parroquianos del bar que el propio cornudo. Así que, si mi padre realmente tenía una aventura, o era el James Bond de la infidelidad, simplemente no existía tal cosa. Pero al parecer subestimé las habilidades de mi padre para el sigilo.

Una mediodía cualquiera, estábamos la familia al completo sentados a la mesa con el telediario puesto. La tele solo captaba nuestra atención cuando salía la ruleta de la suerte, pero aquella vez, la cabecera de noticias mencionó el nombre de nuestro pueblo seguido de la palabra homicidio. 

Boom.

Mi padre se quedó blanco como el mantel.

Mi madre se espantó, pero tampoco se alarmó demasiado. Conocía a la chica de toda la vida, aunque nunca fueron cercanas. Mi padre no dijo absolutamente nada.

La difunta había estado casada con un hombre de conducta agresiva. Era sabido en el pueblo que la golpeaba y la maltrataba de forma constante. Que fuera víctima de un feminicidio no sorprendió a nadie. Aun así, el ambiente en las calles se volvió lúgubre.

Al parecer, ella por fin se había armado de valor y le había pedido el divorcio. Ya sabéis cómo acabó.

Pasamos por el funeral para entregar el pésame a su familia. Fue un gesto protocolario más que otra cosa. Como ya he dicho, nuestras familias apenas se conocían de verdad. O eso creíamos.

Las semanas pasaron y un número desconocido comenzó a mandarnos mensajes a mi hermana y a mí. A nuestra madre también. Por suerte, la tecnología la había superado y no se entendía bien con el teléfono, porque los mensajes contenían fotos de mi padre visitando la tumba de aquella mujer.

Nos enviaban imágenes cada cinco días, más o menos. No eran siempre las mismas: mi padre llevaba ropa distinta y las flores también cambiaban.

Fue un golpe duro para mi hermana y para mí. Yo había dejado a mi madre de loca, había creído a mi padre incapaz de algo así, y ahora tenía las pruebas en la pantalla de mi teléfono. Esa mujer estaba muerta. No sabía cómo gestionar la situación.

Mis padres llevaban acumulados varios años de crisis en su matrimonio, pero mi madre dependía económicamente de él. Por mal que suene, yo no podía hacerme cargo de ella y convencí a mi hermana de que lo mejor era callarse.

Por primera vez en mucho tiempo, nuestra madre estaba tranquila. Ya no había sospechas, y mi padre, de repente, se dejaba abrazar más. Aunque me partiera el alma admitirlo, su repentina inclinación por el afecto no se debía a un amor renacido por su esposa. Era duelo y culpa. Mucha culpa. Ese factor, era el mismo que me impedía agarrar el toro por los cuernos y pedirle explicaciones.

Mi padre no se mostraba ni triste ni especialmente afectado. No se apartó de la rutina y no hizo cambios visibles en su vida. Lo disimulaba con mucha clase.

La situación era enrevesada y surrealista. Casi parecía la trama de una novela turca. Era lo último que esperaría de un pueblo como este. De un padre como el que tuve. Hoy me doy cuenta de que no lo conocía y que, con esta decisión de callarme, pronto mi madre tampoco me conocerá.

La mentira, el guardármelo, me consume. Pero llegados a este punto, con la amante de mi padre pasada a mejor vida y su marido en prisión, no veo otra solución. No le deseo esto a nadie.

Una historia desgraciadamente real, de un sujeto anónimo. Escrita por Victoria A.M.