MIS NO PERSONAS FAVORITAS

Siempre he estado vinculada al mundo del caballo. Desde los 13 años montaba en hípicas, tomando clases y soñando —en silencio pero con insistencia— con tener algún día un caballo propio. La vida, sin embargo, es experta en interponerse entre los sueños y su realización: ahorrar para el piso conyugal, parir y criar hijos… aunque, eso sí, en cuanto podían mantenerse sentados los subía encima de un caballo. De tres, cuajaron dos: uno tiró hacia el salto y el otro hacia la doma clásica.

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Durante años dejé de montar. Primero por responsabilidad, luego por inercia. Hasta que, tras el divorcio y una cierta recuperación económica, decidí que ya era hora de volver a ser yo. Retomé las clases para ponerme un poco al día, aunque acababa los entrenos sintiéndome como un Playmobil mal ensamblado, rígida y con piezas a punto de salir disparadas. Aun así, algo dentro de mí sabía que el siguiente paso era inevitable: buscar mi propio caballo.

Buscar un caballo es como buscar piso. Puedes mirar muchos, comparar, dudar… pero cuando ves el tuyo, lo sabes. El mío resultó ser un enorme hispanobretona de tiro, retirado después de diez años deslomándose tirando carros en rutas turísticas. Un señor caballo, gigantesco, con más aspecto de tractor que de atleta. En cuanto lo vi, me enamoré.

Mis hijos —los caballistas— intentaron quitarme la idea de la cabeza:
—Mamá, no galopa.
—Mamá, eso no se mueve.
—Mamá, es imposible hacer nada con él.

Pero su destino no iba a ser el matadero convertido en bistecs. Su destino sería un hogar donde se le cuidaría y amaría como se merecía. Le cambiamos el nombre y le puse el de un dulce muy típico de mi tierra, hecho de mazapán y recubierto de piñones, porque era exactamente eso: una gran bola peluda. Su mirada era triste y profunda, pero nuestras almas conectaron al instante.

Llevamos seis años siendo binomio y es una de mis No Personas favoritas. Lo amo con locura y sé que él a mí también: lo noto en el respeto con el que me trata con sus casi mil kilos, en cómo me sigue como un perrito, me rebusca los bolsillos y sabe cuándo estoy emocionalmente mal, porque entonces me abraza con el cuello. Nadie lo había montado antes que yo, así que aprendimos juntos. Su tozudez es proporcional a su peso y muchas veces hay que negociar, pero cuando se deja besuquear el morro con esos bigotes dalinianos que le salen con el frío, yo me derrito. Su expresión ha cambiado: ahora es dulce, tranquila, en paz.

Y cuando yo pensaba que con un caballo ya tenía suficiente…

Llegó el segundo.
Por error. Lo reconozco.

Me llegaron voces de que alguien buscaba una familia para retirar a un angloárabe que había estado en alta competición de horseball, ese deporte intenso y vertiginoso que mezcla baloncesto, rugby y velocidad a lomos de caballos que parecen vivir en modo turbo permanente. Fuimos “solo a probarlo”. Y, evidentemente, se vino con nosotros.

Aunque oficialmente es el caballo de mis hijos, la realidad es que el gasto económico sale de mi bolsillo y el tiempo de sus cuidados —que no son pocos— también. Mis hijos le pusieron un nombre corto, inventado, que le pega como el que más. Es un magnífico y enorme caballo castaño de 23 años que está convencido de que tiene 10, así que a veces hay que recordarle que, aunque su mente sea joven, su cuerpo tiene achaques.

Padece Cushing, una enfermedad crónica que altera los niveles de cortisol y que, si no se controla, puede deteriorar su calidad de vida rápidamente. Eso implica medicación diaria, controles constantes y una economía creativa, porque barata no es. Aun así, sigue teniendo ganas de vivir, de moverse y de sentirse caballo, y eso hace que todo merezca la pena.

Y no, para nada soy una persona adinerada. Tengo un sueldo bueno, sí, pero hago auténticos malabarismos para cubrir sus necesidades. Tener un caballo no es un capricho puntual: es un compañero que va a estar contigo muchísimos años, porque con suerte pueden vivir hasta los treinta y muchos. Herrero, veterinario, comida, pupilaje, material, medicaciones… mucho dinero invertido y, sobre todo, muchísimo tiempo.

Mis dos caballos, además, no llevan una vida convencional. Tuve la suerte de encontrar cerca de casa un centro hípico donde pueden vivir en semilibertad, en manada y con comida 24 horas. Conviven con otros siete caballos más —todos machos castrados— a los que llamamos cariñosamente La Boy Band. Viven en una zona de casi dos hectáreas que, cuando llueve, se convierte en un lodazal épico. Con el invierno que llevamos, en vez de montar a caballo parecemos luchadoras de barro.

Porque no todo es glamour.
Es barro.
Es sudor.
Es calor y moscas en verano.
Es un frío que te cagas en invierno.
Son pelos por todas partes.
Es olor… o peste (que yo ya no noto).

El mundo del caballo suele parecer un deporte elitista, pero la realidad es que la mayoría de personas normales hacemos auténticos equilibrios para poder cuidar de ellos como se merecen. Invertimos dinero, sí, pero sobre todo invertimos tiempo, presencia y compromiso.

A veces me los quedo mirando mientras pastan tranquilos, relajados, en paz, y pienso:
—Mira… allí va mi viaje al Caribe.

Y sonrío. Porque no lo cambiaría por nada.

Parvaty