Después de dos años siendo madre, cuatro años estando casada y siete años con pareja, he vivido todo lo habido y por haber con mi suegra.

Desde que puse un pie en la casa de mi marido noté que no terminaba de encajar. Veía a mis otras amigas emparejadas con una relación fantástica con sus suegros, y me daba envidia. Nunca me invitaban a comer. Nunca se interesaban por mí. Nunca me hacían sentir como una más. Me sentía excluida y esa sensación fue a más.

Cuando mi pareja y yo decidimos casarnos, todo fueron pegas. Mis padres se alegraron muchísimo por la boda, pero mis suegros no. Lo primero que dijeron fue “no vamos a poner ni un duro”. Lo segundo fue “estáis locos, lleváis sólo tres años”. Lo tercero fue “al final acabáis divorciándoos”. Sobra decir que yo no tenia intención de que ellos pagasen nada, pero bueno, dejaron muy claras sus intenciones.

La boda (y los preparativos) fueron bastante agridulces. Mi suegra intentó boicotear todas y cada una de las decisiones. Al final el día de mi boda estuve más pendiente de que ella no se quejase que de disfrutar.

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Cuando me quedé embarazada pensé que se suavizaría la cosa. Error. Pasé un embarazo bastante complicado y ella sólo aumentó el estrés. Después, tras nacer mi hijo, empezó a excederse, a intentar controlarlo todo y a cuestionarme como madre.

Yo llevaba siete años acumulando mala hostia, pero siempre había intentado mantener la cordialidad. Sabia que el día menos pensado estallaría. Total, que en junio mi marido y yo empezamos a planificar las vacaciones y mi suegra (una vez más) empezó a tocarme los ovarios. En ese momento miré a mi marido y me di cuenta de la amarga realidad.

La culpa no era de mi suegra por ser una gilipollas maleducada, sino de mi marido por no pararle jamás los pies.

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Cuando tuve esta revelación hablé seriamente con mi marido. Le dije que yo no iba a tolerar ni una falta de respeto más de su madre, y que tampoco estaba dispuesta a aguantar como el vivía la situación como un muñeco pasivo. Que o hacia algo, o yo me piraba. Mano de santo, chicas.

Mi marido le dijo lo que debió decirle la primera vez que me faltó al respeto, y desde ese día no ha tenido ninguna subida de tono más. Obviamente la relación no es amigable. Sé que no me aguanta, pero por lo menos no me suelta las burradas que me soltaba antes.

Con esto quiero dejar claro algo para todas las chicas que vienen al foro a quejarse de las suegras. Vosotras jamáis vais a poder frenar la situación en solitario. Vuestras suegras no van a recapacitar un día por arte de magia y pensar “ay, pobrecita mi nuera, voy a tratarla con amor y cariño”. Lo que hace falta es que vuestra pareja tome cartas en el asunto, porque es su madre, no la vuestra.

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