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7 dramitas que me atormentan cada vez que tengo que coger un avión

Últimamente vuelo con bastante frecuencia. Por placer (seee, gusto) y por trabajo también (nooo, coñazo). Cuando voy en avión me siento como el personaje principal de un videojuego (Mario Bros, por ejemplo, que es de mi quinta). Te pasas la pantalla si llegas a destino con el mismo número de ítems con los que saliste de casa incluyendo geles, cremas, utillaje para ponerse guapa, etc. y la policía de frontera no te ha eliminado del juego.

No tengo especial miedo a volar (me refiero a que el avión se estrelle y me quede como una pegatina en el suelo), aunque no os voy a negar que paso un ratito de angustia tipo… ¡solo tengo aire bajo los pies! Sin embargo, hay otras cuestiones que me generan más ansiedad, y quiero compartirlas con vosotras. Decidme si estoy loca, o a vosotras también os pasa:

Que mi maleta de mano no quepa en el compartimento superior del avión. Va en contra de mi religión pagar por facturar la maleta para ir y volver en el día. Incluso cuando viajo lejos y la maleta va incluida, en el viaje de ida llevo una mochila (no quiero que la maleta viaje tras de mí por aldeas eslovacas, gracias). Parece que todo el mundo piensa como yo, y tengo que ponerme pronto en la cola de embarque para que no me digan eso de “tu maleta viajará en la bodega”.

Los controles de pasaporte. Me pongo muy nerviosa, como si me buscara la Interpol. No sé si sonreír (en Cuba me dijeron, “no sonría, por favor”, ¿pero, ahora, o durante todo el crucero?) o ponerme triste. Ahora bien, hay países en los que da gusto que te chequeen el pasaporte y que un rubiales de 1,80 mínimo te mire fijamente a los ojos. ¿Habéis visto a los policías alemanes? ¡Deténgame señor agente!

 

Que me quiten la pinza de depilar al pasar el control de seguridad. ¿En qué mundo una pinza de depilar es un arma potencial? ¿Qué creen que puedo hacer con ella? ¿Amenazar al piloto con hacerle las ingles brasileñas pelo a pelo? No sé a vosotras, pero a mí, los cañones negros del mentón me aparecen de un día para otro y siempre intento pasar una de “estrangis”, al menos de las viejas que no agarran mucho.

Tener que ir en bus al avión. Añádele a mi angustia por meter la maleta arriba, un viaje en autobús de pie, con un hombre trajeado sujetándose a la barra de arriba con su alerón a la altura de mi nariz (que, por la mañana bueno, pero en el último vuelo del día es duro) y los giros y frenazos inesperados, haciendo equilibrios para sujetar el equipaje y que no salga disparado hiriendo a otro pasajero. Un cuadro, vamos.

Tener hambre durante el trayecto o las escalas. Mi primogénito por un mini-paquete de Pringles y una coca-cola.

Los contorsionistas del desembarque. ¿Qué me decís de la gente que se pone de pie doblada de cuello para arriba pensando eso da derecho a salir antes del avión? Vamos a ver, vas a salir detrás de mí porque estás en la fila 31 y yo en el 25 y el desembarco es por la puerta delantera. Así que no te destroces las cervicales.

Que no llegue mi maleta. Cuando no me queda más remedio que facturar equipaje sufro un momento final de tensión extrema antes de llegar a destino. Me pongo frente a la salida de las maletas. Miro fijamente la cortinilla sobre la cinta transportadora. Y empiezo una conversación interna: Que la siguiente sea la mía, por favor. Ésta no es. Que la siguiente sea la mía por favor. Esta tampoco. Ahora viene la mía. Una guitarra. La siguiente es la mía seguro. Una tabla de surf. Espera, ¿Dónde está mi móvil? Rebusco en el bolso, no está. En la chaqueta, está aquí. Miro la cinta de nuevo. Y corro para alcanzarla.

Ane Emille

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