Todo empezó un verano en el que me lie con un chico del pueblo. Nos conocíamos desde que éramos pequeños, ya que él vivía con sus padres en la misma calle que mis abuelos y yo pasaba en aquel pueblo todos los veranos desde que tenía uso de razón. Cuando éramos dos mocosos jugábamos juntos a todas horas, yo me pasaba la vida en su casa y él en la mía jugando al escondite o cualquier otra cosa, pero a medida que fuimos haciéndonos mayores, empezamos a juntarnos con otra gente y perdimos la relación.

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Un verano, muchos años después, cuando llegué a casa de mis abuelos, por poco me caigo de culo. Allí, en la acera de enfrente, estaba mi vecino, mi amigo de la infancia hecho todo un hombre. Nunca antes me había fijado en él en ese sentido, pero ahora no podía quitarle los ojos de encima: estaba guapísimo y me estaba mirando. Aquella misma noche, le conté a mis amigas con todo detalle sobre aquel breve reencuentro y me dijeron que a mi querido vecino los años le habían sentado tan bien que tenía a todo el pueblo detrás. Y como si nos hubiera estado escuchando, el chaval apareció de la nada y se acercó a saludarme. Que si cuánto tiempo, que si cómo estás, qué si qué tal te va la vida, que si dame dos besos. Sin saber muy bien cómo ni por qué, cuando quise darme cuenta estábamos apartados del resto, riéndonos, tomando una copa, recordando viejos tiempos y comiéndonos a besos.

Aquella semana nos liamos unas cuantas veces, luego las fiestas terminaron y cada uno volvió a su vida como de costumbre. Lo que viene siendo un rollete veraniego sin importancia, vaya. O al menos eso era lo que yo creía, ya que hasta el momento, para mí no había cambiado nada: ni nos habíamos enamorado ni pensábamos el uno en el otro de manera romántica ni nada por el estilo. El verano acabó y yo regresé a mis clases en la universidad, retomando mi rutina diaria. Y lo cierto es que la vida siguió su curso sin mayores sobresaltos hasta que una noche, meses después, recibí una llamada de un número oculto. Era la voz de una chica con acento del pueblo de mis abuelos que preguntaba por mí. «Cómo se puede ser tan guarra», me preguntó. Me quedé tan en shock que no supe qué decir y colgué.

Desde entonces, aquellas llamadas se repitieron casi cada noche. Al principio contestaba y me enzarzaba en discusiones con aquella desconocida que me llamaba para insultarme, pero finalmente opté por no descolgar. Nunca me dijo quién le había dado mi número, quién era ella ni por qué estaba tan molesta conmigo, simplemente se limitaba a llamarme de todo y a amenazarme. Intenté averiguarlo por mi cuenta, pero no llegué a ninguna conclusión más allá de saber que era del pueblo. Aquellas llamadas se alargaron durante casi seis meses, hasta que la situación se hizo tan insoportable y me generaba tanta ansiedad que tuve que cambiar de número de teléfono.

Sin embargo, aquella aparente tranquilidad no duró demasiado. A los dos meses me empezaron a escribir mensajes por redes sociales con la misma cantinela: insultos y amenazas veladas de cuentas que alguien se abría con el único fin de ponerme a parir. Era un infierno. A cada cuenta que bloqueaba, aquella persona se creaba cinco cuentas nuevas y volvía a empezar. Nadie del pueblo decía saber nada al respecto, tampoco mi vecino, quien me aseguró no tener ninguna ex novia celosa ni nada por el estilo que pudiera haberse vuelto un poco loquita con nuestro rollete veraniego. Los meses pasaron y aquello parecía no tener fin. Prácticamente cada día recibía cinco o seis mensajes de perfiles falsos. Estaba tan harta después de un año de insultos que terminé por eliminar mi cuenta.

Cada vez que pensaba que ya había pasado un tiempo prudencial, que aquella persona se habría cansado de mí y que podía volver a abrirme un perfil, volvía a la carga, como si me hubiese estado esperando. Que si eres una cobarde, que si qué ganas tengo de cruzarte la cara, que si eres una tal, que si eres una cual, que si das asco, etc., etc. Aquello se alargó durante casi dos años, hasta que un día me tiré un farol y le dije que acababa de denunciar los hechos a la policía y que pronto nos veríamos las caras. Aquella amenaza fue mano de santo. Desde entonces, nadie volvió a molestarme nunca más. A día de hoy sigo sin poder asegurar al cien por cien de quién se trata pero tengo mis sospechas de que, fuera quien fuese, estaba relacionada con mi vecino y su pasado. Por motivos bastante obvios tampoco he vuelto a cruzar palabra con él y lo que es más sospechoso aún, él conmigo tampoco.