He pensado mil veces que no encajaba en muchos sitios, pero a base de grandes esfuerzos, siempre he encontrado mi hueco: en el trabajo, en mi grupo de amigos, en clase de pintura… He soportado toda mi vida comentarios sobre mis rarezas. Mis rarezas. Para mí, preferir luz tenue en los espacios en los que me encuentro, usar cascos en lugares demasiado abarrotados, comer semana tras semana los mismos ingredientes, ser firme con mis decisiones hasta el final y ser una persona extremadamente autocrítica, no eran rarezas. Eran parte de mi personalidad. Y así lo había aceptado. Siempre había alguien con algo que decir sobre mi manera de hacer, pero nunca me había molestado demasiado.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo
Sin embargo, hace aproximadamente un año, conocí a alguien con quien estaba dispuesta a empezar una relación. Todo iba genial, pero cuando la cosa empezó a ponerse más seria y empezamos a compartir espacios de manera diaria, me di cuenta de lo mucho que me molestaban ciertas cosas que hacía: desde masticar, respirar fuerte, incluso la forma en la que se pasaba el cepillo por el pelo. Empecé a obsesionarme con cómo colocaba los platos en el lavavajillas y cómo guardaba su ropa en el armario. Me molestaba cada vez más, y lo que empezó siendo una relación bonita y cercana, se me estaba atragantando a niveles en los que no me apetecía ni ver a esta chica. Si no nos veíamos, no me exponía a este tipo de cosas molestas que, de verdad, me saturaban a niveles difíciles de explicar.
Se lo conté a mis amigas y ninguna, absolutamente ninguna, entendía lo que me estaba pasando. Nunca se lo dije a ella, pero terminé alejándome, porque estaba cansada de poner buena cara para que no se sintiese mal y de sostener algo que se me hacía insostenible. Fue entonces cuando decidí empezar terapia. Después de un largo recorrido y una buena cantidad de test a mis espaldas, mi psicólogo ha llegado a un diagnóstico: autismo enmascarado. A mis 25 años.
Esta es la primera vez que lo expreso fuera de consulta. Cuando me lo insinuó, rechacé tajantemente sus palabras. Incluso le taché de mal profesional. Con el tiempo, y con mucha lectura e investigación, he ido entendiendo. La de tiempo que llevo imitando comportamientos neurotípicos solo para encajar. La de tiempo que llevo forzándome, incluso hasta explotar. Todavía no tengo ni idea de cómo afrontaré esta nueva situación, pero lo que sí tengo claro es que voy a descubrir quién soy, sin máscaras.