Víctor es “el mejor amigo de toda la vida” de mi marido. Yo no puedo ni verlo en pintura. Creedme que si existiese un manual de aprovechados, saldría en la portada. Es de los que solo aparecen cuando les conviene… y mi marido como siempre es el tonto que le facilita todo. 

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El patrón es fácil de seguir. Víctor solo se acuerda de mi marido cuando tiene un problema o una necesidad. No se que le pasa a mi coche, necesita noseque pieza en la impresora 3D, un sitio donde aparcar… y bueno, también de vez en cuando para dormir en nuestra casa cuando tiene un vuelo. Todo perfectamente organizado con la misma naturalidad que si nos estuviera haciendo un favor a nosotros. 

La joya de la corona ocurrió en la cabalgata de Navidad. Como mi marido tiene una finca cerca del centro, Víctor se acordó de ella para aparcar. 

En la llamada: 

—¿Toño, estás por casa? ¿Vas a la cabalgata? 

—Sí, pero ya estamos saliendo 

—Oye ¿puedo aparcar ahí? 

—Sí claro, pero estamos por salir tío. 

— Nada, ya llego, espérame ahí. 

Literalmente entró al momento en el que colgó la llamada. Como si la finca fuese suya de toda la vida. Bajamos todos a la cabalgata y cuando elegimos sitio, Víctor suelta: 

—Bueno, yo os dejo que he quedado. 

Y yo en plan “Perfecto, ocupas el sitio de aparcamiento y luego te piras. Gracias, campeón”. Mi marido solo sonríe y se despide. Y yo tomo nota mental de lo jetas que pueden ser algunos “amigos”. 

Luego está la impresora 3D. Cada semana Víctor tiene un encargo nuevo: una figurita que ni sabe para qué es, un repuesto imposible, un invento… Mi marido lo hace, porque puede y porque le gusta hacer experimentos en la impresora y es “una excusa para usarla”. A mi lo que me cabrea aquí es que no pregunte cuanto cuestan los materiales (a parte que también nos cuesta en la factura de la luz). 

Pero lo que ya me revienta es cuando mi marido le pide un favor a él, porque la cosa cambia:

—Hoy no puedo, estoy muy liado. 

—Estoy enfermo. 

—No me va bien… 

Juro que me enveneno. El mismo tío que demanda favores nunca está disponible para devolverlos. Mi marido se encoge de hombros. Yo me reafirmo. Víctor es un jeta y mi marido tonto de remate. 

Y lo de los vuelos es otro clásico. Víctor se queda en nuestra casa la noche antes, duerme en una de MIS habitaciones, desayuna en MI casa, y ya está listo para que le llevemos al aeropuerto, recogerlo después y todo lo demás. A veces incluso junto con la pareja de turno. Todo perfectamente planificado, como si nuestra casa fuera parte de la logística de Iberia. Pero cuando somos nosotros los que nos vamos de viaje, Victor jamás está disponible para ir a regar las plantas y sacar al perro. 

— Buf tío es que esta semana estoy fatal de salud. 

— Nos vamos aún para la siguiente. 

— Es que no creo que me recupere, perdona eh. 

También se acuerda de mi marido para otras tantas cosas que a nosotros nos cuestan dinero y él se lo ahorra. Si hacemos una fiesta en la finca siempre sabe cuándo hay algo o alguien del que se puede aprovechar. Mágicamente aparece “en casa” en el momento exacto, sin comida ni bebida pero dispuesto a arrasar con todo. 

A veces me muerdo la lengua de pura incredulidad. Pero el colmo es que mi marido no se enfada, ni lo ve como un abuso. Solo dice: 

—Bueno, Víctor es así, lleva siéndolo toda la vida. 

Y yo ahí pensando: “Sí, es así… un caradura y tú le consientes todo”. Porque lo de Víctor no es solo aprovechado, es un experto en entrar en tu vida y salir cuando le da la gana, dejando a todos los demás haciendo malabares a su alrededor. Y yo mientras observando y renegando en secreto, porque con Víctor no hay tregua… pero tampoco lo hay con mi marido. 

 

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