El día que encontré al casero curioseando dentro de mi piso de alquiler
Nos remontamos a mi época universitaria. Conseguí plaza en una facultad que estaba en otra Comunidad Autónoma. Aunque conseguí una beca, estudiar fuera de casa tiene un coste elevado y no me pude permitir una residencia. Con ayuda de mis padres, decidí alquilar un piso completo y subarrendar las habitaciones para costearme la vida lejos de casa.
Conseguí dos compañeras de piso: una con novio estable de visitas recurrentes que prácticamente se convirtió en el cuarto en discordia, colaborando desde el primer minuto en los gastos derivados de su constante presencia entre nosotras; y la otra, contraria a la primera, con una extensa y ajetreada agenda social que nos convertía el piso en una rave cada vez que tenía ocasión.

Por “culpa” de esta chica, en nuestro piso siempre había desconocidos. No era de extrañar encontrarte un día a cuatro maromos disfrutando de un partido de fútbol y, al siguiente, a tres chavalas comiendo unas pizzas en pleno cotilleo. El ir y venir de gente se volvió algo rutinario hasta el punto en el que dejé de fijarme quién estaba en casa: les ofrecía un saludo general y me encerraba en mi habitación. Una habitación que, a propósito, era la mayor de las tres y contaba con cama de matrimonio. Estoy segura de que podéis deducir qué ocurría más veces de las que me gustaría reconocer: mi compañera aprovechaba mi ausencia para usar mi cama con sus conquistas cuando me ausentaba del piso. En su defecto, usaba la habitación de la otra, que contaba con cama nido.
El desconocido que resultó no serlo
Una vez, volví a casa antes de tiempo porque me encontraba un poco mal y no tenía cuerpo para aguantar más horas en clase. A duras penas, conseguí subir las 5 plantas sin ascensor y arrastrarme hasta mi cuarto para descansar. No me percaté en ese momento de que la llave no estaba echada y yo me tranqué desde dentro como acostumbraba.
Escuché un ruido en una de las habitaciones, pero no le di importancia. Vivir con otras dos compañeras, una de ellas bastante salvaje, me hizo relativizar cualquier ruido que, en el pasado, me hubiese hecho llamar a la policía. Marché directa a mi habitación pero, antes de cerrar la puerta, retrocedí sobre mis pasos porque algo en mí, llámalo X (o conocimiento del horario universitario de mis compañeras de piso), me hizo sospechar de que algo raro pasaba y necesitaba saciar mi curiosidad. Pensé que sería la del novio estable, disfrutando de alguna hora libre; o la de las fiestas inventándose esa hora libre. Pero ni la una ni la otra. Un señor abandonaba a hurtadillas la habitación de la compañera del novio estable en dirección a la calle.

“¡Un ladrón!”, pensé. Y me quedé bloqueadísima en mitad del pasillo. Tenía miedo de que me fuese a dar un zurriagazo o me violara, yo qué sé. No fui capaz de reaccionar. El individuo quiso marcharse, pero se encontró con la puerta cerrada con llave. Se puso nervioso y, entre que se rebuscaba los bolsillos, notó mi presencia inmóvil en el pasillo. ¡Qué puto miedo! Pasó por mi mente ponerme a gritar y encerrarme en mi habitación, pero mi versión más ‘Wonderwoman’ se encaró al tipo.
A medida que me acercaba a él gritándole todo tipo de improperios, pude reconocerlo. Era el imbécil que me había alquilado el piso. Ese cabrón conservaba una llave y estaba entrando a sus anchas como si aquella siguiese siendo su casa.
Las visitas “de vez en cuando”
Entablamos una acalorada discusión. El tipo se intentaba defender diciendo que ya había tenido malas experiencias con otros inquilinos y que solo se pasaba “de vez en cuando” a revisar que el piso se encontraba en buen estado. Me contó que fue alertado por los vecinos de las ruidosas fiestas de mi compañera y amenazó diciendo que no tenía derecho a subarrendar, que saldría perdiendo si llamaba a la policía, pero la llamé. Ok, vale, yo no tenía derecho a subarrendar el piso, pero él tampoco a meterse en la vivienda “de vez en cuando”.

La policía no resolvió nada, mientras que nosotros -pese a que parezca increíble- conseguimos llegar a un acuerdo. Rehicimos el contrato: él nos devolvió las llaves; y la chica del novio estable y yo nos buscamos otra compañera de piso. Una vez finalizó el año académico, nos largamos de allí.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.