Mi cuerpo, mi templo. Adoro esta frase, pero la verdad es que mi templo a veces es un poco…como decirlo sin ofenderlo -porque en realidad lo quiero- un poco ñosqui. Que si una alergia por aquí, que si una intolerancia al gluten por allí. Nada, cosillas, pero que te desmontan un poco el ritmo de vida. La cuestión es que, siempre he andado un poco justilla de sangre: hemoglobinas bajas, ferritinas tontas, pequeñas grietas estructurales en un edificio que se supone bastante habitable. Que iba trampeando, sobre todo en los embarazos. 

Analíticas y comentarios:
—«Uy, estás un poco baja de hierro».
Como quien te dice que te falta perejil en el arroz, pero no, señora, me falta vida. Siempre con frio, helada hasta los huesos, que una compañera siempre se reía y me decía que era una mujer de poca virtud. ¡LO QUE ME FALTABA ERA SANGRE!  Hasta que una noche: patapam! Ya hacía un ratillo que me encontraba raruna, pulsaciones aceleradas bombeando en todo el cuerpo, una especie de medio sudor frio, algo que no era normal. Pero como mi buen padre me inculcó la idea de que durmiendo los males se te pasan, pues yo, disciplinada, decidí morirme educadamente después del capítulo.

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí

 Al levantarme del sofá me dirigí a la cocina a tomarme un vaso de agua, previo al pipi nocturno y la lavadura correspondiente de mi dentadura cuando noto que hay un fundido en negro y pienso: me voy a desmayar. Y tal dicho, tal hecho. Me da tiempo a medio apoyarme en la pared para no pegarme el ostión de mi vida contra el mármol y me desmayo haciendo un ruido estrepitoso. A lo que mi CasiMarido grita un ¿QUÉ HACES?

 Pues nada, cariño. Ensayando mi muerte…

En cuanto llega y me ve tirada en el suelo casi se desmaya él. Me levanta, mis pulsaciones están un poco mejor, le digo que estoy bien que la gente se desmaya (me mira raro) y nos vamos a dormir. Así que como al día siguiente me encontraba bien, me dispongo a ir a trabajar. Hablando por WhatsApp con un grupo de amigas, una de ellas que es enfermera, me pregunta si estoy chalada que la gente no se desmaya y me mandan a urgencias. Diagnóstico: síncope por anemia.
Ingreso. Pruebas. Miradas largas. Silencios incómodos. La palabra que nadie pronuncia pero que flota en el ambiente como un pedo caro: tumor. 

¡PUES NO AMIGAS! Todo limpio. Alta, hierro y a casa. Fin de temporada. 

Me levanto un día en modo:
—¿Vivo en Matrix? ¿Soy Trinity o solo me estoy muriendo otra vez?

Me muevo como si la gravedad hubiera decidido ensañarse conmigo personalmente. Aviso al CasiMarido y me voy a urgencias porque esto ya me huele a secuela innecesaria.

Les enseño mis analíticas y me ingresan tan rápido que ni tiempo me da a hacerme la mártir. Me dicen que no saben cómo he llegado conduciendo cuando debería estar arrastrándome por el arcén como una figurante de The Walking Dead.
Y yo, flotando en mi globo mental, pensando:
—Pues chica, porque aún no estaba muerta. Detalle.

Me miran el historial y vuelta a empezar con las pruebas, temiendo otra vez lo peor. Deciden transfundirme hierro directo en vena, porque en cada analítica se muestra más mi anemia. Y venga anemia y venga pruebas. Al final deciden hacerme dos transfusiones de sangre. Aquí paréntesis: que te metan sangre ajena es muy perturbador. Yo me sentía una mezcla entre Edward Cullen, Drácula y yo misma en versión barata. Dos personas distintas dentro de mí. Como un piso compartido, pero en vena. Yo pidiéndole matrimonio a mi CasiMarido con una bata que enseñaba todo el culo, llena de tubos, mis hijos en plan “que dramática eres”, mi padre pobre hombre pasillo arriba pasillo abajo, ataque de ansiedad en el tubo ese de la resonancia…En fin, drama’s queen total, porque mi sangre iba desapareciendo. Estuve a punto de llamar a Mama Odie de Tiana y el sapo para que quitara el mal de ojo.

Y ahí ya estábamos todos cagados… no, cagadísimos. Pero todo vuelve a salir bien.

Conclusión médica final:
—Chica, te estás desangrando con tu menstruación.

Perdón.

¿Mi regla?
¿La misma regla que yo defendía en Instagram con compresas de tela, copas reutilizables y rompiendo tabués?

Tengo que ser sincera: yo siempre he sido un poco “hierbas” con esto de la menstruación. y colgar fotos en Instagram un poco sangrientas bajo el hashtag #menstruoluegoexisto (que nadie se me ofenda si no menstrua, que existe igualmente) había sido uno de mis pasatiempos favoritos para desatar mi creatividad. Así que me plantan en silla de ruedas delante de una señora ginecóloga que me dice que me quiere poner un DIU. No “te propongo”. No “podemos valorar”. No: ¡HAY!

Mi útero se encoge, mi cerebro entra en modo secta mis reglas, mis normas y yo me niego a hormonarme.
Yo. La bruja de la sangre menstrual.
La regadora de macetas con regla diluida.
La fotógrafa conceptual del coño reivindicativo.

¿YO UN DIU?
¿YO, TRAICIONANDO A MI ÚTERO?

Respuesta de la doctora, con la dulzura de una lápida recién pulida: Entonces prefieres morir. Porqué vas a morir. Tu cuerpo no va a aguantar. 

Obviamente aquí mis conjuros menstruales se caen como un castillo de naipes y bajando las orejas cual perrito, me ponen el DIU.

¿Como acaba esta historia? NADIE me explicó que aquello dolía como si Satanás te hiciera un piercing en el útero con un destornillador oxidado durante 48 horas. Yo pensaba que estaba pariendo un transformer hormonal. Ni en mis partos en casa sufrí tanto.
Claro, porque en los partos, al menos, te llevas un bebé.
Aquí solo te llevas dolor… y un plástico salvavidas.

Llevo 3 años con él puesto y obviamente mis sangrados son extremadamente esporádicos, aunque siguen siendo abundantes cuando llegan (igual una vez al año), mi hierro esta acomodado; tampoco para tirar cohetes, pero bien. 

Así que este es el resumen resumido de porqué me taponaron la chirla para que no me muriera, y con eso también acabaron mi proceso artístico de fotos sangrientas.  ¡Aun así, si sois morbosas podéis visitarlas en Instagram usando el hashtag!

Parvaty