Me encantaría poder decir que conservo unos recuerdos preciosos de mi infancia junto a mi padre, que me enseñó a montar en bici, que me ayudaba con los deberes, que me contaba cuentos y me arropaba por las noches o que hacíamos cosas divertidas los domingos. Pero lo cierto es que nada de eso sucedió nunca. Trabajaba, llegaba a casa, veía la tele, no movía un dedo, iba a lo suyo y mostraba una alergia casi mortífera a las emociones ajenas.
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Era un hombre huraño y muy cerrado al que le costaba mostrar sus sentimientos y que no sabía qué hacer con los de los demás. Desde que tuve uso de razón, vi a mi padre tratar a mi madre sin faltarle al respeto, pero sin la más mínima muestra de cariño; su relación siempre me pareció una pantomima. Sospecho que se casó con mi madre y me tuvieron a mí porque era lo que tocaba y listo; el amor paterno —o de cualquier tipo en realidad— era algo desconocido para él.
La relación que yo tenía con mi madre era mucho más bonita y cercana. Me encantaba pasar tiempo con ella y hacíamos un montón de cosas juntas, pero era ley de vida que yo fuera creciendo y haciendo mis amistades y, con los años, parara menos por casa. Me daba una pena terrible y me sentía culpable por dejarla sola, porque sabía que en mi ausencia la pobre no tenía con quién hablar y se pasaban los días cada uno en una habitación distinta, casi sin cruzar palabra. Así era su matrimonio: mi madre se desvivía por nosotros y mi padre, egoísta y misógino, pasaba de todo.
Por eso, cuando a mi madre le diagnosticaron una enfermedad degenerativa, supimos que estábamos solas frente a lo que estaba por venir. Cuando mi padre se enteró de la enfermedad de su mujer, se limitó a preguntar qué era «eso» y, cuando le expliqué que poco a poco iría perdiendo movilidad, él nos miró y se largó de la habitación sin decir una palabra, sin darle ni siquiera un maldito abrazo a mi madre.
Los meses fueron pasando y su estado de salud empeoró notablemente. Desde el principio fui yo quien se ocupó de llevar y traer a mi madre a las citas médicas pidiendo permiso en el trabajo, quien estuvo pendiente de que se tomara sus medicinas y, sobre todo, quien estuvo a su lado cuidando de ella en todos los sentidos. Sabía de sobra que siempre sería así, que mi padre no iba a mover un dedo, que nunca le vería llevándosela en la silla de ruedas a tomar un café y a charlar sobre cómo se sentía, que tampoco le llevaría el desayuno a la cama en los días malos, ni la bañaría, ni la vestiría, ni cambiaría un pañal jamás. No podía entender cómo podía vivir siendo testigo de cómo su mujer se iba marchitando y no dar ni la más mínima muestra de apoyo o de humanidad, como si aquello fuera un simple resfriado.
Pensaba que mi padre en el fondo no era mala persona, que, simplemente, le habían educado a la antigua de tal forma que mostrar sus emociones, ayudar en casa o querer a su familia eran cosas que consideraba destinadas a las mujeres. Pero cuando las cosas se pusieron feas de verdad y la enfermedad hizo de mi madre una persona totalmente dependiente, mi padre se marchó. Un día estaba en el salón viendo el fútbol como si nada y, al siguiente, había hecho la maleta para largarse de allí. Tuvo el valor de decir que no podía más, que le superaba ver cómo mi madre se moría poco a poco y que necesitaba su espacio porque iba a volverse loco. Cogí su maleta, se la tiré al rellano y le eché a empujones.
Aquella tarde mi padre murió para mí. Quise quitarme su apellido, pero la burocracia y el papeleo eran infinitos y al final opté por cambiar el orden, poniendo el de mi madre primero. Quizá para los demás fuera una tontería, pero no quería tener nada que ver con aquella persona. Mi madre y yo nos las apañábamos más o menos bien con mi sueldo, su pensión de minusvalía y con la ayuda de mi tía, que venía a echar una mano de vez en cuando las veces que yo no podía estar en casa. Sinceramente, no pensé en mi padre ni en cómo estaría ni una sola vez, me traía sin cuidado hasta que un día, mucho tiempo después, apareció en el portal.
Alguien le dijo lo que su hija había hecho con su apellido y no le hizo ninguna gracia. Me llamó desagradecida y me acusó de querer hacerle quedar como el malo de la película de cara a los demás, que la gente preguntaba y hablaba a sus espaldas. Yo le respondí que me había limitado a contar lo que había hecho y que, si eso le dejaba en mal lugar, no era nuestro problema, que él solito se había encargado de construirse esa imagen. Lo que más me dolió fue que por un segundo llegué a creer que venía para disculparse y admitir que no se había portado bien con mi madre. Fui tan estúpida como para pensar que aquel hombre tenía sentimientos, pero lo único que le importaba era su estúpido orgullo dañado.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.