Hay familias despegadas y luego está la mía. Mi padre siempre ha sido un hombre serio y un poquito gruñón, pero en el fondo es un trocito de pan y una persona sensible y cariñosa que se desvive por nosotros. Y no es porque me ciegue mi amor de hija, sino porque es la verdad: siempre le falta tiempo para correr a ayudarnos y apoyarnos cuando le necesitamos, como cualquier buen padre que se precie. Nunca he podido entender cómo es posible que sus hermanos y él sean de la misma sangre.
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Esto no siempre fue así. Desde que eran unos críos hasta que falleció mi abuela, tanto él como sus seis hermanos y hermanas estaban mucho más unidos. Supongo que mi abuela era el pegamento que mantenía unida la familia y una vez que ella faltó, cada uno hizo su vida. Cabe decir que mis tíos siempre fueron bastante huraños y la muerte de su madre les hizo aún más ariscos y despegados. Soy consciente de que las comparaciones son odiosas, pero cuando yo era pequeña miraba a mi familia materna y es que no había color. Mientras ellos se llamaban casi a diario, mis tíos paternos podían tirarse meses sin dar señales de vida.
Si mantenían un mínimo de contacto era gracias a que mi padre hacía el esfuerzo por mantener a la familia reunida, pero sus intentos resultaron ser inútiles. Con el paso de los años, mis tíos dejaron bien claro que no querían saber nada de nadie. Y aunque no lo entendiera, me hubiera parecido perfecto de no ser porque en todo aquel asunto, también estaban mi abuelo y mi tía, que tiene una discapacidad intelectual. Dieron por hecho que mi padre sería el encargado de cuidar de ambos y desaparecieron del mapa.
Mi abuelo y mi tía vivían juntos y con la ayuda de mi padre, se apañaron bien durante años. En todo aquel tiempo, mis tíos se dejaron caer por casa de mis abuelos en contadas ocasiones: cinco minutos de cortesía y hasta dentro de dos o tres años. Ninguno se preocupó por ellos jamás, hasta que mi abuelo falleció. Al morir mi abuelo, mi pobre tía se quedaba sola en la casa, pero el hombre quiso dejarlo todo muy bien atado: le dejó una cantidad de dinero en herencia a mi tía para que pudiera vivir y para que mi padre pudiera contratar ayuda profesional.
De la nada, como una manada de hienas atraídas por el olor a carne, mis tíos volvieron a aparecer. Salieron de sus escondites y empezaron a visitar a su hermana como nunca antes lo habían hecho: le hacían regalos, llamaban por teléfono, la invitaban a comer… La pobre estaba encantada de recibir tanta atención, pero a nosotros todo aquel repentino amor nos olía a chamusquina. Aún así no tuvimos el valor de romperle el corazón y decirle que lo único que buscaban de ella era su dinero.
Una mañana de Nochebuena, mis tíos vinieron a recoger a mi tía para que pasara las fiestas en su casa. Mi padre creyó que lo mejor sería que mi tía decidiera. Ella quiso quedarse con nosotros y mi tío estalló, acusándonos de estar comiéndole la cabeza y de que nos queríamos quedar con el dinero para nosotros. Tuvieron una discusión terrible que terminó cuando mi padre le explicó que, al ser discapacitada, mi tía no podía mover ese dinero como ella quisiera, sino que era su tutor quien se lo gestionaba.
Fue automático: en cuanto supo que no podrían acceder al dinero libremente, dejaron de preocuparse por el bienestar de mi tía y todo volvió a ser como siempre. Ellos desaparecieron otra vez y mi padre continuó cuidando de su hermana como venía haciendo desde hacía años. Se desentendieron de ella completamente, como un juguete viejo y roto que ya no les servía. Aún así, mi tía es feliz ajena a todo el drama. Nunca hemos sido capaces de decirle la verdad.