Mi hijo cumple tres años a finales de verano y, de momento, no tiene la más mínima intención de hacer sus necesidades en el orinal. A mí me da igual, cada niño tiene su ritmo. El problema es que en septiembre empieza en el cole “de mayores” y ya noto la presión.

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Los comentarios de la gente están ahí, acechando. Que si aún va con pañal, que es muy grande ya. Que si lo que tienes que hacer es ponerle a ratitos en el orinal y recompensarle con algo cuando haga pis. Que si mi hijo con dieciocho meses se quitó el pañal él solito y nunca se hizo pis encima.

Ya sabéis como es esto, todo el mundo opina, todo el mundo es experto en crianza. Menos tú, que eres la madre y no tienes ni idea.

¿Sabéis lo peor de todo? Que tengo otro hijo de siete años y ya pasé por esto. Pero aún así vivo con el miedo de que este llegue a la universidad aún con pañal. Y todo por culpa de los opinólogos que te hace dudar de ti misma, de tus capacidades, te hacen sentir hasta mala madre.

Con mi hijo mayor ya cometí el error de quitarle el pañal, de obligarle a sentarse en el orinal, para nada. Y lo único que conseguí fue ir detrás del niño con una fregona para recoger el pis del suelo. Al final, un buen día, el niño solito decidió que le molestaba el pañal y que no lo quería. Y desde ese día hizo sus necesidades en el orinal o en el váter.

El pañal de noche se lo seguía poniendo, pero se levantaba seco. Así que me la jugué, se lo quité y con tres años recién cumplidos ya no llevaba pañal ni para dormir.

Con mi segundo hijo dije que no iba a cometer los mismo errores, que él niño seguro que se querría quitar el pañal cuando estuviera preparado. Pero me está pudiendo la presión.

Hay un dato que provoca que las situaciones sean distintas.  Mi hijo mayor nació en abril, iba a entrar al cole con casi tres años y medio. Pero este es de finales de agosto, entrará en el cole con tres añitos recién cumplidos. Y hay mucha diferencia. Las que sois madre lo sabéis, que no es lo mismo un niño nacido a primero de año que a últimos.

Al final en los colegios los agrupan por año de nacimiento, pero cuando son tan pequeños las diferencias en la madurez se notan muchísimo. Yo veo niños nacidos en enero en la escuela infantil que le dan mil vuelta al mío en cuanto a lenguaje, autonomía y, por supuesto, control de esfínteres.

Da igual todo eso porque septiembre está a la vuelta de la esquina y a mí todo esto me está generando un agobio horrible. Porque siento que hay una cuenta atrás.

Como si septiembre fuera una especie de examen oficial y mi hijo tuviera que llegar preparado sí o sí.

A la profe del colegio le va a dar igual que mi hijo sea de los pequeños de la clase, lo que quieren es que vayan sin pañal porque ellas no están allí para cambiar pañales. Te lo dicen así. Pero mi hijo es muy pequeño y me aterra que se haga la caca encima, me llamen para que yo vaya a cambiarlo, me pille trabajando y tarde una hora en llegar al cole.

Porque es así, en muchos coles si tu hijo se hace caca, las profes no los cambian, llama a los papás. Y tu hijo con una plasta en el culo hasta que tú llegues. 

Lo que pasa es que vivimos obsesionados con adelantar etapas. Queremos niños autónomos rapidísimo porque el sistema necesita que lo sean. Porque las ratios son enormes. Porque las profesoras no pueden ocuparse individualmente de veinte niños pequeños con escapes constantes. Y lo entiendo. De verdad que lo entiendo.

Pero una cosa es entenderlo y otra muy distinta es añadirnos a la madres más carga mental. Convertirnos en una locas obsesionadas con quitarles el pañal a nuestros hijos, aunque los niños no estén preparados para ello.

Si el mío es de agosto y yo estoy que me subo por las paredes, no me quiero ni imaginar las mamás de niños nacidos en noviembre o diciembre. Os mando un besito y mucho ánimo.

Ojo, que soy la primera interesada en que deje el pañal, porque se me va un dineral todas las semanas en comprar pañales, que no son baratos. 

Así que aquí estoy. Sentando a mi hijo en el orinal en algunos momentos del día. Aunque crea firmemente que no sirve de nada. Intentando no agobiarme demasiado. Y recordándome a mí misma que, antes o después, aprenderá. Igual que aprendió a caminar o a hablar.

Porque no conozco a ningún adulto sano que vaya con pañal al trabajo porque su madre no consiguió quitárselo antes del colegio.