El nacimiento de mi primer hijo provocó un cambio en mi vida. Un cambio radical. La primeras semanas de vida del bebé, mi marido y yo íbamos como zombis, sin saber muy bien lo que estábamos haciendo.

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Dejamos de salir con amigos, nuestros horarios cambiaron y tuvimos que adaptarnos a esa pequeña criatura que habíamos traído al mundo.

Cuando vimos un poco la luz, porque nuestro hijo ya era más independiente, decidimos que era el momento de ir a por el hermanito.

Yo pensaba que como ya era madre, tener un segundo bebé me iba a resultar sencillo. Que ya estaba de vuelta de todo. Pues no. Llegó mi segundo hijo y me llevé un palo. El caos fue aún mayor que con mi primer hijo.

Ahí fue cuando entendí aquello que me decían del niño trampa. Mi primer hijo era un bendito comparado con el segundo. No dormía, lloraba constantemente y en el único sitio que se calmaba era en mis brazos, por lo que yo he estado casi dos años sin poder hacer nada de nada, con el niño en brazos todo el día.

Ahora que tiene dos años y medio, que estamos en proceso de quitar el pañal, de quitar el chupete y el septiembre irá al cole de mayores, a mi querido esposo se le ha ocurrido la brillante idea de ir a por el tercero.

Y el problema no es el tercer hijo. El problema es que el primero y el segundo ya los estoy criando prácticamente sola.

Mi marido dice que exagero. Que él también hace cosas. Y sí, claro que hace cosas. Juega con ellos. Les pone dibujos mientras yo preparo la cena. Se los lleva al parque el sábado por la mañana para que yo “descanse”, aunque normalmente aprovecho esas dos horas para limpiar la casa sin que nadie me desordene detrás. A veces baña al pequeño. Incluso presume delante de la gente porque cambia pañales.

Pero la realidad es otra bien distinta. Yo dejé de trabajar cuando nació mi segundo hijo, porque mi trabajo no era compatible con la crianza de dos niños. Por lo que me he ocupado, casi en exclusiva, de la casa y de los niños. Mientras, mi marido que trabaja sus ocho, nueve o diez horas fuera de casa, llega a casa y ya está todo hecho. Sólo tiene que cenar y acostar a los niños.

Y ahora, que ya empezaba a salir de ese bucle de pañales sucios, virus de todo tipo y noches sin dormir, pensé que era el momento de volver al mercado laboral. De buscar un trabajo para traer un sueldo a casa, para sentirme más independiente, para salir de casa y hablar con perdonas adultas durante cuatro horas al día. Porque más de media jornada no voy a poder trabajar si tengo que seguir ocupándome de todo. Esos eran mis planes.

Pero mi marido tiene otros planes, quiere ir a por la niña, me dice. Y yo me niego en rotundo.

Y no es que no quiera. Me encantaría tener más hijos, ser familia numerosa. Pero otro hijo más supone también más trabajo para mí. Y más carga mental.

Porque al final soy yo la que sabe cuándo hay que pedir cita al pediatra. La que recuerda qué hijo necesita ropa nueva porque ya le sobresalen los tobillos del pantalón. La que se despierta por las noches cuando tienen fiebre. La que prepara mochilas, revisa deberes, compra regalos de cumpleaños para los compañeros de clase (O hace bizums, que ahora se lleva más) y sabe que el martes hay que llevar una cartulina verde al colegio porque lo dijeron hace dos semanas en un grupo de WhatsApp de padres.

La realidad es que yo no “ayudo” con los niños. Yo soy la responsable principal de sus vidas. Y si ya es agotador con dos, no me quiero ni imaginar con tres.

Y esto no va de decir que sea mal padre. Porque no lo es. Quiere a sus hijos con locura. Juega con ellos. Se preocupa por ellos. Pero querer mucho a tus hijos no significa estar asumiendo la misma carga que asumo yo.

Así que no, gracias. Dos niños me parece perfecto. Madre de varones. Boy Mom. Abuela paterna seré algún día. No necesito la niña.

No puedo traer más hijos a este mundo. Y no es por razones económicas, que también, es mi salud mental. Porque mi cabeza no da para ocuparse de un niño más.