En mi grupo de amigas somos más o menos todas de la misma edad. Y la Biología, que es muy de hacer de las suyas, ya nos está metiendo en la cabeza el temita de la maternidad. Y todo porque Claudia, que es la más echada para adelante en todo, fue la primera en quedarse embarazada y hace poco que ha tenido a una bebita preciosa. Además de Claudia, hay dos chicas más que están embarazadas y una que dice que se pone en breve a ello. A mí, por ahora, no me ha dado muy fuerte, así que estoy en un “wait and see”.
El otro día, después de varios intentos, conseguimos quedar todas para desayunar. De esos desayunos que empiezan con un café y siguen con “fíjate la hora que es, vamos a tomar un vermut”. Y de ahí, a comer una paellita al puerto. De esos desayunos que te llenan la vida.
Con tantas horas, tuvimos tiempo de ponernos al día y de repasar recuerdos y vivencias conjuntas con las que siempre nos reímos. Y luego, con el café de la sobremesa, salen ya los temas reflexivos Bueno, pues ese día salió uno que me dejó tirando a ojiplática.
Resulta que tengo varias amigas convencidas de que tener hijas es mucho mejor que tener hijos. No por nada relacionado con la maternidad, la educación o el vínculo afectivo. No. Porque aseguran que los hombres, llegado el momento, desaparecen de su familia de origen. Y la mayoría estaban de acuerdo con esto. La cosa es que parece que mis amigas no quieren hijas. Quieren una garantía de visitas futuras.
Para apoyar su teoría daban ejemplos de sus propias familias o de familias cercanas.
Las hijas llaman o visitan casi a diario a las madres, recuerdan cada cumpleaños y cita importante y se encargan siempre de organizar las comidas familiares. Según ellas, si una comida familiar ocurre es porque alguna mujer la ha convocado.
En cambio, los hijos, llaman poco a su madre y aparecen en las fiestas cuando ya está todo organizado. Algunos aparecen por Navidad para confirmar que siguen vivos. Una amiga nos dijo que cuando su tía quiere saber qué es de la vida de su primo, mira Instagram. Que saca más información de ahí que de las escasas llamadas que recibe.
Al parecer, los hombres no pierden a su familia. Simplemente olvidan dónde la dejaron.
Una hija adulta llama, pregunta, organiza. Un hijo adulto responde a un WhatsApp tres días después. Una de mis amigas sostiene que su hermano mantiene el contacto con su familia mediante un emoticono de pulgar arriba cada dos semanas. Y con eso ya siente que ha cumplido.
El tema fue degenerando, porque, a ver, todavía no han nacido los niños, excepto la bebita de Claudia (¡que es una bebita!) y ya están imaginando quién las visitará, quién las llevará al médico, quién organizará la Navidad…
Ni siquiera hablaban de elegir colegio, pero ya estaban preocupadas por quién les llevaría sopa cuando tuvieran setenta años.
Supongo que, en el fondo, hay algo cultural, pues muchas veces son las mujeres las que mantienen las relaciones familiares, organizan encuentros y sostienen vínculos. Pero tampoco debemos olvidar que cada persona es un mundo. Yo tengo un primo que es el alma de todas nuestras fiestas familiares y suerte tenemos de él.
Creo que ninguna madre debería tener hijos pensando en quién la visitará dentro de cuarenta años. Pero si escucho a mis amigas, parece que están invirtiendo en compañía futura. Al final no sé si prefieren tener hijas por cariño o por estrategia.
Yo sigo pensando que da igual tener hijos o hijas. Lo importante es educarlos bien.
Aunque, después de escuchar a mis amigas, si dentro de cuarenta años me traen sopa cuando esté enferma, prometo no preguntar si fue por cariño o por estrategia.
