Mi nombre es María y tengo 67 años. Acabo de jubilarme y mi sensación de vacío es muy grande. Creí que la jubilación sería descanso, pero el silencio de la casa pesa más que cualquier jornada laboral. Porque en esta casa ya no está Mario.

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Me casé muy jovencita con Mario, yo con 19 y él con 20. Crecimos juntos, aprendimos juntos, nos aparecieron las canas casi sin darnos cuenta. Siempre nos llamaron “María y Mario, el matrimonio del nombre igualito”, y a mí me hacía gracia esa coincidencia que parecía un guiño del destino. 

En el año 2004, cuando no había estas cosas de los foros, Google y WhatsApp, o no accesibles para todo el mundo (lo desconozco), no teníamos cómo buscar información que no fuese yendo al especialista. Mario llevaba unos meses con fuertes dolores de espalda. ¿Será inflamación? Ibuprofeno. ¿Solo dolor? Paracetamol. Así durante meses. Él era muy dejado y cabezón con el médico, fue por insistencia mía que acabamos yendo. Yo veía cómo se llevaba la mano a la zona lumbar al levantarse, apretaba los dientes al girarse en la cama y pegaba berridos al intentar levantar las bolsas del super. 

Fuimos primero al médico de cabecera, el cual le dio un buen rapapolvos por haber tardado tanto en ir y automedicarse. “Si la espalda o cualquier parte del cuerpo duele un día o dos, vale, cuando durante más de 6 meses estás automedicándote cada día, no.” Hizo análisis, hizo pruebas, pasó a especialistas… nada se veía claro. Algo entre los huesos de la columna se dejaba ver en el TAC, unas protuberancias entre las vértebras. (si mezclo algún concepto, disculpadme, hace más de 20 años de esto). Aparentemente era trabajo del traumatólogo. 

Por suerte en aquella época las listas de espera eran más breves y teníamos cita en menos de un mes. Cada día era una cuesta arriba, pero la cita se adelantó. El médico leyó los papeles, vio las radiografías, los resultados de pruebas… y pidió una más, una gammagrafía. No nos explicó mucho y tampoco teníamos cómo saber, así que allá fuimos a hacerla. 

El resultado: cáncer metastásico muy avanzado. Solo dos opciones: aceptar el tratamiento y que tardase más en irse, o dejarse ir con tratamiento para el dolor. No pudimos pronunciar palabra. Yo solo lloraba y gritaba, él estaba inmóvil. Salimos de la consulta con la promesa de acudir al día siguiente. 

Esa noche dormimos muy abrazados, sin un centímetro de nuestro cuerpo que no se tocase. No podía imaginarme que se fuera. Él se iría con dolor y yo me quedaba sola, era insoportable solo pensarlo. Decidió llamar a sus padres y hermanos y contarles lo sucedido.

Todos lo animaban a hacer el tratamiento. Yo no me creía con el derecho de opinar, el dolor lo estaba sufriendo él. 

Decidió iniciar el tratamiento y en menos de una semana ya lo estaba recibiendo. Mario vivió 4 meses más y los aprovechamos como pudimos. 

Desde el día de su funeral dejamos de ser María y Mario “el matrimonio del nombre igualito”. Me pasé meses sin lavar las sábanas porque tenía la sensación de que conservaban su olor. A día de hoy no he lavado la última camisa que se puso porque todavía conserva su aroma. La cama cada día se me hace más grande. 

Mucha gente me dijo que todavía era joven para encontrar a otra pareja, pero no, no me interesa lo más mínimo. No es mi Mario, mi marío, como le bromeaba yo. Llevé el luto durante muchos años, así lo sentía. Hoy visto de colores, como a él le gustaba, pero ese dolor no se irá jamás. 

El mayor dolor de cabeza que he tenido estos últimos 22 años es que, al mínimo dolor de lo que sea, voy corriendo al médico. Y así se lo recomiendo a todo el mundo. Porque a veces un simple dolor de espalda no es solo un dolor, y la vida puede escaparse de nuestras manos mientras creemos que solo necesitamos un ibuprofeno más. 

 

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