Durante años pensé que tenía una tolerancia al dolor bastante normal: ni especialmente valiente ni especialmente quejica.

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Simplemente una persona funcional que, como la mayoría de las mujeres, había aprendido a convivir con ciertas molestias como si fueran mis vecinos.

El típico dolor que no te gusta tener, pero acabas asumiendo que forma parte del paisaje. Y si, los dolores menstruales eran uno de esos vecinos.

Desde adolescente me habían repetido exactamente las mismas frases: «Es normal» «A todas nos pasa» «Tómate un ibuprofeno» «Ya se te pasará…»

Así que hice lo que hacemos muchas mujeres: acostumbrarme.

Acostumbrarme a cancelar planes algunos días del mes. Acostumbrarme a doblarme sobre mí misma en silencio. Acostumbrarme a pensar que sufrir era una parte inevitable de ser mujer.

Hasta que un día fui al ginecólogo y no porque estuviera especialmente preocupada por el dolor. De hecho, fui precisamente porque pensaba que todo era normal, pero me tocaba hacer chequeo.

Durante la consulta empecé a describir algunas de las cosas que me pasaban cada mes: Le hablé del dolor, de las noches sin dormir, de los días en los que trabajar se convertía en una especie de deporte extremo.

Y de cómo llevaba años organizando mi vida alrededor de esos días porque ya sabía que mi cuerpo me iba a dejar fuera de servicio.

Recuerdo que terminó de escucharme y me hizo una pregunta muy sencilla:  ¿Y quién te ha dicho que eso es normal?

Me quedé en silencio, porque la respuesta era evidente: ¿Supongo que todo el mundo?

Entonces me dijo una frase que todavía recuerdo: «Que sea frecuente no significa que sea normal»

Y algo hizo clic en mi cabeza.

Porque de repente entendí cuántas cosas aceptamos simplemente porque les ocurren a muchas personas. Cuantísimas veces confundimos costumbre con normalidad y cuántas veces dejamos de buscar soluciones porque alguien nos convenció de que no existían.

Aquella consulta no solucionó todos mis problemas de golpe. No fue una escena mágica de película, pero sí cambió algo mucho más importante:

Cambió la forma en la que me escuchaba a mí misma.

Desde entonces he empezado a cuestionar muchas cosas que antes aceptaba automáticamente: El dolor, el cansancio, las relaciones, los trabajos.

Porque a veces las frases que más te cambian la vida no son las más profundas ni las más brillantes, a veces son las más simples:

«Que sea frecuente no significa que sea normal»

Han pasado años desde entonces y sigo pensando que es una de las ideas más útiles que me ha regalado nadie. Ojo, no solo para entender mi cuerpo, en general, para entender mi vida.

Porque hay muchas cosas que soportamos durante demasiado tiempo simplemente porque todo el mundo parece soportarlas.

Hasta que un día alguien te hace una pregunta tan sencilla que te obliga a verlo todo de otra manera : ¿Y quién te ha dicho que eso es normal?