Curiosamente, siempre fui de las primeras de la clase y, a lo largo de mi vida, he formado parte de ese grupito tan odiado por todos y más conocido como las «empollonas». Me encantaba estudiar, es un hecho. No por recibir sobresalientes y que todos supieran lo lista que era, sino porque me hacía sentir muy bien conmigo misma, porque aprendía mucho de todo.
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Cuando llegué al instituto me dije a mí misma que tenía que hacer amigas, que no podía pasarme la vida jugando a la Play yo sola en mi habitación. Así que decidí que interpretaría el papel de mi vida: el de una chica con buenas notas pero con un puntito contestón y rebelde. Todo por no volver a estar sola de nuevo. Por suerte, en bachillerato todo se puso un poco más serio. Pude volcarme en mis estudios sin que nadie se riera de mí. Terminé con una nota altísima que me permitía acceder a la carrera que me diese la gana. Pude haber estudiado Medicina, pero decidí que el grado de Historia era lo que verdaderamente iba a hacerme feliz.
Como os podéis imaginar, estudiar Historia era pura vocación. Sin embargo, cuando me gradué me di con la cruda realidad laboral en todas las narices. Más allá de algún trabajillo en museos mal remunerado, no encontré mucho más. Para mi desgracia, no pude dejar mi trabajo como dependienta en unos grandes almacenes. Aquel empleo que tanto odiaba, que juraba que era temporal, iba a ser mi única fuente de ingresos durante muchos años más. Y ahí me vi, atrapada en un empleo que odiaba, sin posibilidad real de dedicarme a aquello en lo que me había formado con tanto mimo.
Y en esas estaba cuando una tarde fui a casa de una amiga a comer. Ella vivía en un piso precioso con su marido y su hija de cuatro añitos. Me puse a jugar con la niña y ella me dijo que de mayor quería ser doctora. Por supuesto, yo la animé. La niña corrió a decírselo a su padre y este, ni corto ni perezoso, le dijo: «Sí, hija, tú estudia algo que merezca la pena, que te paguen bien, no como a la amiga de mamá, que mira la pobre cómo tiene que trabajar de cualquier cosa porque lo que ella estudió no sirve de nada». Lo dijo frente a mí.
Para rizar el rizo, me pidió disculpas «si sus palabras me habían ofendido», pero que según él, la gente que estudia Historia, Bellas Artes o Filosofía viene a ser una panda de fracasados. Mientras él podía pagar un piso y vacaciones, yo tenía que sobrevivir a caballo entre estudios y un trabajo de mierda. Razón no le faltaba en cuanto a que mi estilo de vida no era tan holgado, pero ¿en qué punto podía afectarle a él mi poder adquisitivo? ¿Era él feliz lamiéndole el culo a sus jefes en la oficina, creyéndose mejor que nadie por llevar un traje de mierda y gastar todas las reservas mundiales de gomina? Ciertamente no se lo pregunté porque no era de mi incumbencia. Pero supongo que siempre ha habido clases de gente y gente con clase. Una vez terminada la comida más larga e incómoda de mi vida, me fui a casa sin tomar postre ni café. No quería pasar ni un segundo más en aquel lugar.
Mar Martín