Estoy flipando aún por lo que me ha pasado y quería compartirlo con vosotras. Hace un año entraron a robar a mi casa. Pura casualidad: dejé las llaves a la vista en el coche aparcado, lo abrieron, las cogieron y, al mirar la documentación de la guantera, sacaron la dirección de mi casa. En ese momento no había nadie y entraron. Fue una de las peores sensaciones de mi vida, si no la peor: sentir mi intimidad invadida de esa manera.

Entre otras cosas, se llevaron mi joyero. No es que tuviera grandes cosas, sólo las típicas, pero sí que dentro de ese joyero estaba un broche de plata que me dio mi abuela y que yo guardaba con mucho cariño. Era mi amuleto. Se llevaron algo de oro y algunos relojes, pero, aunque el valor económico del broche era mínimo, fue lo que más me dolió perder con diferencia.

Mi madre, sabiendo lo que significaba para mí, me dio otras cosas suyas: un nuevo broche, un abanico y un colgante, por darme el gusto de que tuviese algo de mi abuela de nuevo. Porque, recurrentemente, me acordaba de aquel broche y me invadía una pena muy grande.

De esto hace dos años.

Hace un par de semanas, en la puerta del cole de mis hijos, me acerqué a refugiarme del calor a la sombra de un árbol y empecé a hablar con una mujer a la que había visto en alguna ocasión. No la conocía, aunque, por su edad, creo que va a recoger a un nieto más que a un hijo. Tuvimos una conversación trivial sobre el calor, y de pronto me preguntó si me podía decir una cosa.

Le contesté que sí, sin imaginarme qué iba a decirme. Me dijo que veía a mi lado a una presencia de mujer, muy brillante, mayor. Que iba acompañada de otra, una amiga suya, que si podía ser mi abuela. Le dije que sí, que yo siempre la sentía cerca. Me la describió perfectamente, y añadió que la otra mujer era su amiga María. Yo le dije que no conocía a ninguna María en la vida de mi abuela, y ella me respondió tajante que sí, que ya me enteraría, pero que claramente era su amiga y se llamaba María.

Me dijo que mi abuela quería decirme algo. Sus palabras textuales fueron:
“Me dice tu abuela que estás mal porque has perdido algo suyo, un amuleto o algo así. Quiere que te diga que no te preocupes, y que tu nuevo amuleto se encuentra entre las cosas nuevas que te han dado suyas.”

No necesité pensar mucho para saber que se refería al broche. Le dije que no lo había perdido, sino que me lo habían robado, pero que sí, que era algo que tenía muy presente y que me causaba mucha tristeza.

Me insistió: “¿Te han dado cosas nuevas suyas?”. Le dije que sí: otro broche, un colgante y un abanico. Me dijo que el colgante era mi nuevo amuleto, y que me dejara de tristezas por el anterior.

Me quedé en shock. Fue una conversación de 3 o 4 minutos, no más. Salieron los niños del colegio y esa mujer se perdió entre la gente.

Cuando llegué a casa y le conté lo ocurrido a mi madre, no daba crédito. Al rato me acordé de lo que me dijo sobre la amiga María. Al escuchar su nombre, a mi madre se le cambió la cara y se le saltaron las lágrimas. Resulta que María había sido como una hermana para mi abuela, su amiga íntima, pero murió hace muchos años. Yo nunca la conocí, así que ni siquiera me sonaba su nombre.

Esa mujer, os aseguro, no podía saber nada de todo esto. Ni de María, ni del broche, ni del dolor que me causaba su pérdida, ni de los objetos nuevos que había recibido. Por más vueltas que le doy, no me queda otra que creerlo. Y lo cierto es que, desde entonces, siento paz. Paz respecto a la angustia con la que vivía por la pérdida de mi broche.