Desde que tengo memoria, recuerdo con muchísimo cariño a mi abuelo llamándome «mi gitana». Supongo que porque todo lo relacionado con esta etnia le fascinaba sobremanera y porque, por otra parte, siempre he sido la típica chica de piel morenita y pelo negro hasta la cintura. Mi abuelo se llevaba genial con todas las familias gitanas del pueblo, que le adoraban a su vez. Así que, a pesar de ser payos de los pies a la cabeza, hemos vivido ese mundillo calé muy de cerca. Tan de cerca que alguna vez han llegado a confundirme con una gitana y a discriminarme por ello.

Más testimonios reales en whatsapp

Cuando iba al colegio tenía mi propio grupito de amigas. Sin embargo, era una niña muy extrovertida y al final terminaba haciendo amistad con todo el mundo. O casi todo el mundo, porque sólo había un niño que no quería tener nada que ver conmigo. Se negaba a ser mi pareja en los juegos del recreo o en las actividades de educación física, nunca me dirigía la palabra, se marchaba cuando me veía llegar… Era como si mi presencia le molestara, o incluso como si le diera asco, a pesar de que yo no había hecho ni dicho nada para que me tratase de aquella forma. Tuvieron que pasar bastantes años hasta que comprendí por qué le caía tan gorda.

Lo más curioso es que, una vez llegados al instituto, tampoco pude librarme de él. Volvíamos a coincidir y él seguía en sus trece: me lanzaba miraditas cargadas de desprecio por los pasillos, se negaba a sentarse a mi lado en clase y las poquísimas veces que me dirigió la palabra lo hizo sin ni siquiera mirarme. Cuando eres una adolescente siempre buscas encajar y yo, por suerte, nunca tuve problemas para hacer amigos. Sin embargo, no podía evitar preguntarme qué tenía yo de malo, qué había en mí que le despertaba tanto coraje. No era una chica gordita, ni delgada, ni muy fea ni muy guapa, no era muy alta ni muy bajita. Era una niña del montón. Lo que más me chocaba era que aquel chaval fuera tan encantador con el resto de la clase y con el mundo en general. Es decir, no es que fuera un imbécil y un chulo redomado por norma general, sino que, sencillamente, se convertía en un abusón sólo conmigo. Pero supongo que para evitar conflictos, nunca me atreví a preguntarle qué le pasaba conmigo desde que éramos dos críos. Y así fueron pasando los años, hasta que la época del instituto llegó a su fin y tocó entrar a la universidad. No volví a verle hasta pasados unos cinco o seis años, aunque como os podéis imaginar, no le eché de menos ni un poquito durante todo ese tiempo.

Estaba cenando en un restaurante con unas amigas con la idea de ir a tomar algo después, cuando una de ellas nos dijo que unos compañeros de trabajo se iban a pasar. A todas nos pareció genial, a mí sólo me pareció buena idea hasta que reconocí a uno de ellos. Era el mismo chico que me había tratado con tanto asco durante toda nuestra vida escolar, sólo que ahora, de la nada, me estaba dando dos besos la mar de simpático. Pensé que aquel repentino interés se debía a que no me había reconocido, pero en seguida me saludó por mi nombre y se puso a preguntarme qué tal me iba todo después de tantos años sin vernos. Nunca había entendido nada respecto al comportamiento de aquel tío, pero en ese momento, mucho menos.

No quise aguar la fiesta, así que le contesté por educación y luego fingí que no existía. Pero al rato volvió a la carga, intentando jugar la carta de los viejos recuerdos de la infancia. Les dijo a todos entre risas que habíamos sido compañeros de clase aunque nunca fuimos amigos porque cuando era un chaval pensaba que yo era de una familia gitana. Ahí lo comprendí todo. El problema no estaba en mí, el problema lo tenía él en su cabeza. Todos aquellos años me había estado discriminando en base a una estúpida idea xenófoba que, por otra parte, no tenía sentido ninguno porque además, yo era paya. Y ahora el tío estaba ahí de nuevo, riéndose después de reconocer que me había hecho el vacío durante años por pensar que yo era gitana.

No sabía qué era peor, si el simple hecho de que me despreciase casi toda mi vida o que lo hiciera bajo la premisa de que los gitanos eran una especie de lacra que había que evitar a toda costa. Para mí, la noche terminó poco después. Pagué mis consumiciones y me largué a casa. Nunca más volví a saber de él, a pesar de que, durante un tiempo, mi amiga y él fueron compañeros de curro. Es curioso, pero cuando supe el motivo por el cual el muy personaje me tenía tanto odio, fue él quien pasó a darme asco a mí.