Hace cinco años decidió comprarme un piso con mi pareja. Bueno, “comprar un piso” suena muchísimo más glamuroso de lo que realmente fue, porque el piso estaba hecho absolutísimamente polvo. Así que nos tocó invertir tiempo, imaginación y muchas ganas en una reforma low cost que, amigas, se ha alargado cuatro años enteros.
Porque claro, una quiere una cocina de Pinterest y un baño de revista, pero luego miras la cuenta bancaria y recuerdas que no eres la hija de Amancio Ortega ni te acaba de llegar una carta diciendo que eres la princesa de Genovia. Así que hemos reformado el piso con paciencia, saliva y aprovechando ofertas del Leroy Merlin como si nos fuese la vida en ello.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
En 2025 por fin pudimos mudarnos a nuestro pisito. Todo era idílico. La convivencia genial, el reparto de tareas domésticas equilibrado, los vecinos majísimos y la urbanización era súper tranquila. Sí, “era”.
Poco después de mudarnos, la adorable señora del piso de abajo vendió su vivienda a lo que parecía una pareja joven encantadora: tres peluditos, un niño de unos cuatro años y vibra de gente con la que acabar compartiendo cervezas en verano. Qué ingenua fui.
Al principio todo bien. Saludaban, eran agradables. Comentábamos cotilleos de la urbanización y parecía que todo fluía estupendamente. Hasta que la purpurina dejó de brillar.
Cuando ella se va a trabajar, él se pasa el día entero gritando. Pero gritando muchísimo. Le grita al niño, a la televisión, a la vida en general. Ha habido veces en las que vecinos de otros bloques le han pedido que baje el volumen porque, literalmente, se escucha desde fuera de la urbanización. Spoiler: no se lo toma bien.
Su respuesta siempre es empezar a gritar todavía más fuerte. En una ocasión mi pareja estuvo a punto de bajar porque la situación era bastante heavy, pero tuve que frenarlo porque ese hombre tiene una agresividad que da bastante miedo cuando está solo. Y por si eso fuera poco, nuestro despertador diario a las siete y media de la mañana son ellos gritándole al niño para que se vista e irse al cole.
Mi pareja trabaja a turnos, así que imaginad la fantasía que supone llegar de noche, acostarte reventado y media hora después escuchar el festival de gritos en Dolby Surround desde el piso de abajo.
Actualmente, la limpieza del bloque la hacemos entre los vecinos porque nos quedamos sin fondos después de una reparación bastante gorda en la macrocomunidad. Y oye, dentro de lo malo, todos colaboran bastante. Si una bolsa gotea, se limpia. Si alguien ensucia, lo recoge. Bueno, todos no.
Ellos no solo no colaboran, sino que además parecen tener una cruzada personal contra la higiene comunitaria. El ascensor después de que lo usen siempre está lleno de pelos y babas de perro. Y ojo, no tengo nada contra los peluditos; en el bloque hay muchísimas mascotas y jamás pasa esto con nadie más. Además, la pared junto a su puerta está completamente negra de los perros restregándose. Otra cosa que, casualmente, solo pasa en su puerta.
Y sin haber tenido jamás un problema con ellos, un día dejaron de saludarnos de golpe. Así, sin más. Hablando con otra vecina descubrimos que también le habían dejado de hablar a ella. Su comportamiento cambió radicalmente y ahora parece que viven enfadados con el mundo entero.
Pero espera, que aún queda una última sorpresa: mi adorable vecino de abajo es músico. O bueno… aprendiz de músico. Porque después de haber sido flautista, ha decidido aprender a tocar la trompeta. Y amigas, permitidme deciros que todavía no se le da especialmente bien.
Así que gracias a nuestros nuevos vecinos convivimos diariamente entre gritos, pelos de perro en el ascensor y conciertos de trompeta desafinada.
El dulce sabor de la independencia.