Tengo treinta y dos años y trabajo como administrativa en una empresa de logística.
Entro a las ocho, salgo a las cuatro y media, como delante del portátil y ficho con una tarjeta gris que tiene restos pegajosos que no limpio nunca.
Gano 1.480 euros al mes, tengo catorce pagas y vacaciones en julio o agosto. Lo escribo así, con números y datos concretos, porque esa es exactamente la forma en la que ahora funciona mi vida. Ordenada, medida y completamente hueca.
Antes de esto escribía. No me gustaba escribir como un pasatiempo, escribía de verdad. Cobrando.
Hacía teatro breve, relatos, textos para pequeñas compañías y lo que me echaran. Los miércoles por la noche iba a un taller en el Raval y los domingos corregía textos en una cafetería que ya ni existe. De vez en cuando me salía algún trabajo divertido como discursos de boda y otras veces algunos muy emocionales, como despedidas en el tanatorio.
Vivía con miedo al dinero, sí. Cada mes era una sorpresa y vivía a la espera del imprevisto que me iba a descolocar los gastos. Nunca me fue posible ahorrar y por supuesto no podía tener lujos. Pero también tenía una energía que ahora ya no reconozco.
Cuando terminé una residencia creativa, me ofrecieron renovar, pero el sueldo era una mierda y no había garantías. Quizás duraba dos meses, cuatro o ninguno. A la vez, una amiga me pasó el contacto de su jefe, porqué sabía que siempre iba hasta el cuello. Buscaban a alguien responsable, fácil de tratar y con ganas de quedarse estable en una empresa y crecer.
Yo estaba cansada de no saber si podría pagar el alquiler el mes siguiente, así que acepté el trabajo de manera temporal, hasta que me recuperase un poco, para luego volver a escribir. De eso hace siete años.
Al principio me fue muy bien. Me compré un colchón bueno, dejé de compartir piso con desconocidos, me apunté al gimnasio (fui dos meses), empecé a dormir bien y a comer mejor. Me decía que ahora, sin la angustia económica, volvería a escribir en nada. Pero llegaba a casa agotada mentalmente y solo tenía ganas de meterme en la cama. Lo fui posponiendo siempre por cansancio, el cansancio de no hacer nada que importe.
Mi escritorio ahora está lleno de post-its con tareas importantes pero ridículas. Llamar a proveedores, revisar albaranes, enviar excels, escribir correos…
En el cajón de abajo tengo una libreta de anotaciones que no abro desde 2021. Siempre me digo que volveré a escribir un día, pero ese día no llega nunca. Y cada día que no llega, estoy un poco más triste.
Hace dos meses me escribieron de una compañía pequeña. Habían leído algo mío antiguo y querían que adaptara un texto para una lectura dramatizada. Pagaban poco. Muy poco. Pero cuando leí el correo sentí algo que hacía mucho que no sentía. Me puse hasta nerviosa. No respondí hasta tres días después, para decirles que no tenía tiempo.
Esa noche lloré en el baño sin saber muy bien por qué.
No odio mi vida. Eso es lo jodido. Si la odiara, sería más fácil cambiarla.
Pero la mía funciona. Y funciona tan bien que me ha ido sometiendo despacio. Nadie te avisa de eso cuando eliges estabilidad y tranquilidad. Nadie te dice que el precio puede ser dejar de reconocerte y perderte en una rutina que encaja con la sociedad y el sistema, pero no contigo.
Echo de menos trasnochar por algo que me importe. Echo de menos preocuparme por un texto, no por un Excel mal enviado. Echo de menos sentir que lo que hago tiene alguna relación conmigo, imaginarme a la persona al otro lado leyendo mis palabras y sintiendo algo. Pensar, ordenar y aclarar ideas frente al papel.
Tengo treinta y dos años y no sé si volver atrás es posible. Pero sí sé una cosa con claridad: Toda decisión tiene un precio. Y mi precio fue elegir no escucharme.
Ahora siento un arrepentimiento que no es abstracto ni romántico. No está presente en la primera fila, se pierde en mi rutina funcional, que se encarga de ocupar mi cabeza con otros quehaceres prioritarios. Pero tampoco desaparece. Está en mi agenda, en mi horario, en mi cuerpo cada mañana cuando ficho y pienso: esto no era.