Llegó a la empresa con una promoción de ventas para centros comerciales. En lugar de recibir llamadas desde la oficina o desde casa, se trataba de montar stands en ferias, centros comerciales y sitios así y “pescar” a la gente. Vendíamos seguros para una correduría y aunque se sacaba negocio -lo quieras o no, el seguro de autos es obligatorio y a todo el mundo siempre le parece que paga mucho- hacía falta seguridad, simpatía, desparpajo… y un poco de cara dura.
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De todo eso y en especial de lo último, Fran tenía DE SOBRA. Era robusto, ancho de espaldas y con una sonrisa pícara que me gustó desde el primer día. Llevaba toda la vida trabajando en seguros, sabía del tema y a mí me asignaron supervisarle a él y a otros tres más. Y como a mí a payasa no es fácil ganarme, el primer día de la formación entré en el sala y dije “soy la supervisora de ventas Delice, he cerrado más pólizas, hecho más presupuestos, detectado más fraudes y zampado más condicionados que todos vosotros juntos, capullos”. Sólo una no cogió el chiste-homenaje al Sargento de Hierro de Clint Eastwood, el resto se partieron de risa ahí mismo, pero él cogió y dijo “perdón, que aquí nadie se ha creído que va a poder escurrir el bulto porque el antiguo formador era una mariquita a punto de jubilarse que pasaba de todo, ¿eh?”, frase que, si habéis visto la citada peli, reconoceréis. Le señalé con ambas manos guiñando un ojo y ahí empezó la amistad. Una amistad que echaba fuego.
Los dos estábamos solteros y no buscábamos nada serio, sólo jugar. Supongo que por eso todo empezó tan deprisa. Éramos un vacile detrás de otro, una broma picante sin fin, podíamos acabar llorando y haciendo llorar de risa al cliente que se acercara al stand. Como en la empresa los rollitos así no eran bien vistos, cuando íbamos a la oficina disimulábamos un poco más, pero cuando estábamos en el stand, no teníamos límite. En dos semanas ya decía que “me acercaba a la parada del metro” y me llevaba a su casa… o al párking de su edificio, que la primera vez ni le dejé soltarse el cinturón. Así pasó lentamente el otoño y llegó la fiesta de Navidad de la empresa.
No me gustan las fiestas de empresa, siempre me busco excusas para ir, porque eso de compartir mesa con personas de las que depende tu puesto no me resulta precisamente cómodo. Y más en un ambiente como el de esa empresa, que estaba llena de arpías de ambos sexos, siempre ansiosos de que alguien -y más si era alguien que vendía- cometiese un error para ponerle en la picota. Sin embargo, a aquella sí fui. Porque iría él. Y aunque no pudiéramos hacer nada, oye, siempre quedaba el después. No obstante, tras un par de copas y una ronda de chistes verdes que nunca supe quién empezó, digamos que Fran no estaba dispuesto a esperar al “después”.
Ya con el baile empezado -sí, alquilaban una sala con cena y baile hasta medianoche, y encima todo canciones un tanto pasadillas de moda, Mocedades, Luis Aguilé, Juan Pardo y semejantes- me acerqué al baño para hacer un pipí, y apenas en la puerta, noto que alguien viene tras de mí. Me pego un susto de muerte, veo de quién se trata y sonrió, pero cuando le veo que cierra la puerta de los baños y echa el pestillo, niego con la cabeza, ¿se ha vuelto loco? Quizá, pero no tan loca como me volví yo al segundo siguiente, cuando literalmente me empotró contra la pared de azulejos, se abrió el pantalón y me subió el vestido.
De pie y sin mirar si había alguien en los cubículos o dejaba de haberlo, se me echó encima. En aquel momento, todo me importaba un cuerno, si nos veían, si se sabía, si nos pescaban… aquello era un calentón y lo demás tontería. Metió mano bajo las medias y tuvo que taparme la boca para que no gritase de gusto. Con la ropa bajada hasta las rodillas me embistió durante unos minutos que me supieron a gloria. No pudimos dedicarnos mucho mimo después, porque sabíamos que alguien podía querer entrar, así que nos recolocamos la ropa, me asomé a ver que no viniese nadie, y pudo salir. Un minutito después le seguí yo.
Nadie nos vio. Nadie sospechó nada. Nadie en el baño y nadie nos echó en falta. Sigo diciendo que aquello fue mi milagro navideño de aquellas fiestas. ¡Jingle bells, jingle bells, jingle all the way…!
Delice