Mi chico y yo llevamos juntos cuatro años. Todavía estamos enamorados como el primer día, incluso diría que más. Hemos tenido altibajos sexuales, pero en general nos hemos mantenido muy activos en ese terreno. Pero es que últimamente, no sé si será el calor o la proximidad del verano y las vacaciones, pero estamos desatados.
Los mejores testimonios directos en tu móvil, es privado
Desatados al nivel de adolescentes megahormonados que están viviendo su primer amor a escondidas de todos. Nos magreamos a todas horas (¡como si no viviéramos juntos!), cuando estamos con otra gente nos buscamos con las manos, con la mirada, con los gestos; si estamos en la misma habitación no podemos estar separados o sin rozarnos; si estamos en lugares diferentes no paramos de escribirnos diciéndonos lo que nos gustaría estar haciéndonos el uno al otro… En fin, que estamos muy acalorados. Y lo estamos aprovechando bien, porque sabemos qué estos picos pasionales no duran eternamente, estamos acumulando sexo para cuando la rutina venga y nos tranquilice.
El caso es que, en esta vorágine sexual que nos traemos, nos ponemos al lío en cualquier sitio. Y nos ha dado por hacerlo en lugares públicos, eso sí, yo soy muy vergonzosa así que cuidándonos muy mucho de que no haya nadie en los alrededores. Como tenemos casa en el pueblo, el campo se ha convertido en uno de nuestros lugares predilectos: uy, esa piedra tiene forma de cama; uy, que ramas tan mullidas; uy, qué escondite más bueno detrás de esos árboles… Y entre todos los lugares que nos ofrece el campo, el mejor y más agradable ahora que comienza el calorcito es el río.
El fin de semana pasado nos fuimos al pueblo y a pasar el día al arrullo del agua corriente del río, con los árboles mecidos por el viento. El paraje ideal para ponernos románticos. El caso es que cogimos la manta de picnic,a sandía y las tortillas y nos fuimos a mi rincón favorito del río. Nos bañamos, aunque el agua todavía está bastante fría, la sensación es reconfortante y estimulante, justo lo que necesitamos para entrar en materia… Unas carreras por el prado verde, unos juegos acuáticos, salpicaduras por aquí, salpicaduras por allá, unas carreras hasta la otra orilla, unos picoteos debajo del agua, unas cosquillas con los juncos… En fin, que cuando por fin salimos del agua estábamos más calientes que el termómetro estos días, así que empezamos a pensar cuál iba a ser el escenario de nuestros escarceos.
Yo ya he dicho que soy muy vergonzosa, pero es que además estamos en el río de mi pueblo. Me da pánico pensar en que alguien nos pueda ver, me reconozca y me llamen fresca o me saquen cantares (como se dice por aquí). No sé si sabéis lo que es ser famosa en un pueblo pequeño, pero yo no os lo recomiendo, como se suele decir: pueblo pequeño, infierno grande. La cuestión es que yo no quería arriesgarme, pero la urgencia de la carne no me dejaba pensar con claridad.
Finalmente no pudimos más y nos fuimos a la búsqueda del lugar para pecar. No nos complicamos demasiado, porque ya estábamos que no podíamos, así que nos escondimos detrás de unos árboles desde donde creíamos tener la visión de todos los alrededores para asegurarnos que no había nadie que nos pudiera ver. Allí estábamos, dale que te pego, desfogando toda nuestra pasión a «escondidas» del mundo, raspámdome la espalda con la corteza de los árboles y clavando los pies en el suelo para no caerme (nada cómodo, pero muy urgente), cuando se pronto empiezo a notar algo húmedo entre las piernas, algo más allá de la humedad propia de esta situación, me refiero. Era demasiado, caliente. Me extrañó y mi chico me mira como diciendo ¿qué te pasa? Hasta que por fin me toco el muslo empapado, me miro la mano y se la enseño a mi chico. Nos pusimos a reírnos como condenados.
¡Me había bajado la regla en plena coyunda! Fue tan graciosa la situación después de tantas precauciones, ires y venirse que se nos bajó el calentón de una; aunque una hora después nos volvió…