No sé si habéis tenido alguna vez esa sensación, de que no te apetece el sexo con tu pareja aunque si tengas ganas de tener un orgasmo.
Más historias locas en whatsapp, es PRIVADO
A mí mi marido no me gustó nunca, no sé ni por qué me casé con él, supongo que porque era el novio de toda la vida y era lo que tocaba. En mi casa habían sido estrictos con estos temas, el primero que te toque ese ya te lo quedas, y lo único que consiguieron fue condicionarme a una vida en pareja con la que ya no estuve a gusto prácticamente desde el primer día. Nunca tuve un orgasmo con él mientras lo hacíamos. Siempre dejaba que él se corriera y ahí ya se había acabado el tema, tampoco él se preocupaba de que yo disfrutara, ni yo le reprochaba, puesto que cuando antes acabara mejor y cuantas menos quejas menos atención poníamos sobre el tema.
Una vez al mes era lo que estipulamos como una frecuencia “soportable”, avalada por el hecho de que él trabajaba fuera y muchas semanas ni nos veíamos. En una pareja sana eso hubiera sido un hecho que hubiera intensificado los escasos momentos de convivencia, pero fue totalmente lo contrario, el desamor creció y las excusas también.
Que no me gustara hacerlo con él no significaba que no me gustara el sexo, aunque todo lo que aprendí fue fuera de casa. Yo era una mujer atractiva, no me faltaron pretendientes, alguno de los cuales acabó siendo amante. Mi primer orgasmo haciendo el amor lo experimenté en un hotel unos tres años después de estar casada. Evidentemente, con otro hombre.
Así era mi vida, mi otra vida. Plena cuando estaba sola y vacía cuando él llegaba a casa.
Como el sexo era tan nefasto, ni nos nutríamos con películas pornográficas, revistas, situaciones excitantes, o juguetes eróticos, todo era básico y primitivo. Deprimente.
Pero yo tenía un pequeño vibrador. Mis amigas me lo habían regalado en mi despedida de soltera como broma pensando que no lo usaría pero por hacer la coña. Qué ocurrencia. Era blanco, pequeño, de textura gomosa suave y con forma de ratoncito. Con cola y todo. Y sus ojitos y sus orejitas. Una cucada. Aprendí a dejarme llevar por mi instinto natural y disfrutar del sexo, aunque fuera en solitario y más de una tarde me daba un capricho.
El tema es que empecé a encontrarle el gusto a jugar con el ratoncito justo en el momento en que mi marido marchaba de casa. Eso es lo que realmente me daba morbo. Sabía que llegaba la hora de irse y ya pensaba en lo que me “deparaba el destino”. Esperaba a que se fuera por la puerta, sentía como bajaba el ascensor y cuando estaba segura de que ya se había alejado mínimamente, yo rescataba a mi Sr. Pérez particular y me regalaba un momentazo, pero así, en plan “jódete, que yo me lo paso bien igual”. Yo no sé si me excitaba más el acto mecánico en sí o el hecho de que lo decidía yo y decidía que prefería sin él. Que mejor sola que mal acompañada.
PD: todo esto lo cuento como mujer divorciada que después de mucha terapia ha aprendido a buscar lo que realmente merece en la vida y que aunque sigue teniendo algún ratoncito en la mesilla, también se da alegrías de carne y hueso satisfactorias.
Envía tus movidas a [email protected]