Entrado ya septiembre, llegaron mis hijos mayores de su campamento de 10 días. Hace años me parecía impensable que quisieran irse tantos días tan lejos, creí que no estarían preparados. Pero, sabiendo que yo en su momento no pude hacerlo y lo bien que se lo pasan, hace un año les propuse probar con la asociación en la que estuvo mi marido desde niño como acampado y de adulto como monitor hasta hace no tantos años. Se irían en esa ocasión menos días y si no estaban a gusto, iría a recogerlos sin problema.

Desde aquel verano de prueba no han personado ni un solo campamento. Se han ido hasta al de invierno en plenas navidades. Encontraron en ese grupo una vida en comunidad mucho más amable que la que viven en los coles. Se sintieron, por primera vez, totalmente a gusto entre iguales, y eso para unos niños autistas en plena adolescencia y preadolescencia es brutal.

Así que allí estoy cada poco rellenando solicitudes para que mis hijos vivan unas experiencias super enriquecedoras. Y este año, esperando a que llegase el bus, recordé aquel año en que esperaba en un lugar como aquel a que llegase el mismo autobús con gente muy similar (aunque algunos de los acampados de entonces son monitores ahora)… Pero yo a quien esperaba era al monitor.

Acababa de separarme de mi marido. Mucha gente no lo sabía todavía, aunque no lo escondía, tampoco es que hiciera un comunicado público, así que vecinos del barrio de mi madre de toda la vida, por ejemplo, no tenían ni idea de por qué estaba tanto últimamente en su casa.

El problema es que empecé una relación pronto, pues mi actual marido y yo éramos amigos desde la adolescencia y no dos desconocidos cuando, estando en mi momento más bajo, me enamoré perdidamente de quien había enjugado mis lágrimas tantas veces a lo largo de más de media vida.

Mis hijos lo adoraban y mi familia ya lo conocía, así que fue algo bastante natural. Pero todavía no estábamos preparados del todo para que la gente nos viera juntos, pues sabíamos perfectamente cuales serían los comentarios (que también sé los que vendrán aquí, no os preocupéis). Mi ruptura estaba reciente y, aunque mi ex sí estaba al tanto de todo, no me sentía con fuerza de ignorar los juicios de quien no me conoce de nada.

Y allí estaba yo, entre un montón de padres y madres ansiosas por recibir a sus criaturas y yo deseando que bajase aquel monitor que me había curado el corazón. Entonces, una de las mamás se me acercó por detrás y me preguntó si había enviado a mis hijos de campamento. Me giré y vi a una vecina de mi madre con cara extrañada, pues mis hijos eran muy pequeños por aquel entonces. Le dije que no, que había ido a ver a un amigo. Charlamos un poco de las cosas del barrio de siempre y, en cuanto pude, me fui a una esquina sola.

Obviamente, los monitores están totalmente atentos a que los niños se vayan con sus padres, pendientes de que no olviden nada en el bus, devolviendo medicaciones y contando a las familias las anécdotas a destacar de sus peques en ese tiempo.

Yo, discretamente, en una esquina, miraba a quien era mi novio entonces con unas ganas enormes de esconderme en su pecho. Estaban siendo momentos bastante complicados para mí. Compartía empleo precario con mi ex, recibía cada día miles de comentarios de lo mal que estaba llevando la separación, de gente que cree que una pareja con hijos nunca debe separarse… Si ya había sido una decisión difícil, revivirla cada día era una tortura y mi gran apoyo (además de mi familia) era él, y había estado 15 días fuera.

Cuando terminó con sus obligaciones con las familias, avisó a un compañero de que se iría un rato y vino corriendo a donde estaba yo. A pesar de nuestros ya pasados 30 años, nos sentamos en un muro entre dos edificios y nos abrazamos como adolescentes viviendo un amor furtivo.

Tras un rato diciéndonos cuanto nos habíamos añorado ese tiempo, nos besamos. Nuevamente nuestro espíritu adolescente nos poseyó y nos olvidamos de nuestro entorno mientras jugábamos con nuestras lenguas como hacía dos semanas que no habíamos podido hacer.

Entonces, uno de los monitores más jóvenes que sabía que él se había ido hacia esa esquina, se asomó. Tosió un par de veces y se rio de nuestras caras al vernos mirarle como así fuéramos ciervos a los que le dan las largas. Necesitaban de su ayuda para terminar de vaciar el material y lo estaban buscando.

Me dio una vergüenza enorme. Que me pillaran allí, escondida entre los edificios de un barrio de mi ciudad, morreando con un monitor…

Claramente aquel otro moni fue el primero en saber lo nuestro de su círculo social. Un mes después ya caminábamos de la mano por la calle, pero hasta entonces había sido todo secretismo y miedo.

Tras una charla con mi familia en la que me dijeron que no debía esconderme de nada, pues no estaba haciendo nada malo, toda aquella tontería se terminó y un año y medio después nos casamos. Pero todavía hoy seguimos recordando aquel campamento en que lo recibí como si fuera su amor secreto adolescente.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

Si tienes una historia interesante mándala a [email protected]