Hoy, en segundas partes, vengo a contaros otra de mis aventuras de niñera. Ya habían pasado varios años desde mis primeros pinitos en el mundo. Ya me había mudado a Reino Unido, ya tenía mi trabajo y era un adulto medio funcional. ¡Y menos mal! Porque mi yo de 14 años no habría sobrevivido a esta familia. O, mejor dicho, a esta madre.

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Todo empezó un sábado por la tarde aburrida en casa, sin planes y mirando varios foros que solía frecuentar. Normalmente, me apuntaba a alguna quedada que surgiera para visitar un museo, ir de paseo, ir al pub, hacer un picnic, o lo que surgiera.

Pero, esta vez, vi un anuncio de una mama desesperada buscando una niñera para sus dos criaturas. Trabajo sencillo. Una mañana de 8 a 12. Un rato al parque para que salieran de casa y listo.

Cuando llegué allí y llamé a la puerta, resultó que ella no estaba en casa, ya se había marchado. Me abrió la puerta la hija mayor, de siete años. Esa debió de ser mi primera red flag. ¿En serio dejas a tus tres hijos, de 7, 4 y 2 años solos, a la espera de que una desconocida que te ha contactado por internet aparezca y se encargue de ellos? Porque a mí me habían hablado de dos críos, pero, o me perdí el capítulo de barrio sésamo, o allí había tres críos. La llamé como 572 veces, pero debía de tener el móvil en silencio desde el 2004, porque ni respondió ni me devolvió la llamada.

Ninguno había desayunado, el más peque ni siquiera estaba cambiado del pañal de por la noche, y ninguno sabía quién era yo ni qué hacía allí. Improvisé algo de desayuno, y, tras decidir que sacarles al parque en pijama era excesivo incluso para Londres, me dediqué a investigar los armarios para encontrar algo que ponerles.

Los detalles sobre cómo eran los niños me los ahorrare, pues eran niños y se comportaban como tal. No es lo importante en esta historia. Pero, de alguna manera, sobrevivimos la mañana, y a las 12 estábamos en casa esperando a mamá.

Las 12.30, la 1, las 2…esos críos ya me miraban como diciendo o nos das de comer o te comemos a ti, así sin asar ni nada.

¿La madre? Seguía sin dar señales de vida.

Saqué de nuevo mis dotes de detective, y encontré cosas en la cocina como para poder hacer unos macarrones con tomate. Cominos, y el peque se quedo dormido en el sofá mientras el mediano se puso una película en la tele con una facilidad que me hizo pensar que ese crio había visto más películas que yo en toda mi vida, y la mayor me pidió jugar con ella a deletrear.

Y así pasaron las horas. Las 2, las 3, las 4, las 5.

Preocupadísima por lo que pudiera haber pasado, me puse a valorar mis opciones. No sabía el apellido de la madre, tenía una idea aproximada de los nombres de los críos (por como los pronunciaban debían de ser africanos o algo así), y ya. Ni contacto del padre (que por lo que me contaba la cría, sabía que existía pero que no vivía allí), ni contactos de emergencia, ni manera de salir de allí. O me quedaba esperando, o llamaba a la policía.

A las 7, el teléfono de la casa sonó. Contesté, y un hombre se me puso a hablar en francés. Lamentablemente, mi francés ya no era tan bueno y solo atinaba a entender ¿quién cojones eres tú? Al rato, cambió al español y ya, mas calmado, me preguntó que quien era yo y qué cojones hacia en su casa.

Casi no me dejaba ni contestar. Ese señor parecía que estaba entrenado por la mafia para hacer preguntas. Aunque, si de repente, yo llamo a mi casa y un desconocido me contesta que esta cuidando a mis hijos, igual le haría las mismas preguntas.

Tras varios ¿Dónde está mi mujer? No lo sé.

¿Con quien se ha ido? No lo sé.

¿A que hora vuelve? No lo sé.

¿Y por qué estas tu en casa en lugar de la au pair? No lo sé.

Esas cuatro preguntas se repitieron en bloque por lo que pareció una eternidad y, tras hablar un rato con su hija mayor colgó sin ni siquiera despedirse. Pero como por arte de magia, dos minutos mas tarde la mujer entraba por la puerta, con el pelo mojado, oliendo a aceites esenciales, y con cara de no haber roto un plato en su vida.

Ni siquiera se disculpó. De hecho, estaba hasta enfadada por que le había ido con el cuento a su marido. Perdona, pero me has abandonado con tus hijos mientras te has ido a vete tu a saber donde y no has dado señales de vida, ¿qué narices esperar que yo haga? Total, que le exigí 100 libras, en vez de lo acordado por el tiempo extra, me los pagó, y creo que no he bloqueado a alguien tan rápido ni en mi pleno auge en Tinder.

No supe nunca qué pasó con ella, ni con esos niños. A mi dramática interior le gusta pensar que la mujer estaba teniendo un sórdido romance con un vikingo empotrador y de ahí vino el secretismo y la desaparición, pero creo que eso nunca lo sabremos.

Eso sí, mis días de niñera terminaron allí.

Andrea M.