Siempre fui insegura. No de las que se esconden, o al menos no del todo, pero sí de las que no son capaces de mirar una foto en un mal ángulo sin llorar.
Crecí firmemente convencida de que era imposible —y lo que es más, improbable— que alguien se fijara en mí. Gustar, gustaban las otras chicas, las que no tenían que vivir a dieta y eran gráciles como un cervatillo. Por eso, cuando me fui a vivir a una residencia de estudiantes, pensé que, como mucho, sería la amigota del chico que me gustara.
Los mejores testimonios reales, ahora en whatsapp, pincha aquí
Tenía claro que me iba a gustar alguno. Yo era la más enamoradiza de todas, pero la diferencia es que no me permitía expresarlo, porque pensaba que me iban a rechazar y así me ahorraba hacer el ridículo.
Así que cuando Iván me besó una noche de fiesta detrás de unos árboles, pensé que había tomado algo más que alcohol y que me había confundido con otra persona.
Porque Iván era el chico más guapo que había visto en mi vida y no concebía que tuviera un interés al margen de la amistad en mí.
Y cuando quiso subir a mi habitación porque aquel día mi compañera de cuarto no estaba, tuve que preguntarle si de verdad estaba bien. Si no prefería pasar la borrachera y ya mañana veríamos. Pero él sonrió, se cruzó de brazos —aquellos brazos, dios mío, tatuados hasta la muñeca, entre los que yo llevaba meses queriendo estar— y me dijo que sabía muy bien lo que quería: a mí.
Y, a pesar de que al día siguiente me dejó bien clarito que no buscaba nada más que un rollo de fiesta y ocasional, me escribía a menudo para charlar, dar paseos o simplemente contarnos nuestra vida. Nunca un gesto de amor o cariñoso, pero tampoco una semana sin preguntarme cómo estaba.
A mí, la verdad, me hacía algo de daño que nunca quisiera quedarse una mañana conmigo, pero los viernes que dormíamos juntos me sabían a gloria.
Porque yo no quería ver que él nunca subía una foto juntos, ni tampoco que no me solía hablar demasiado en público, o que nunca me dio un achuchón espontáneo si había alguien delante.
Y lo peor: no solo no quería verlo, sino que además me esforzaba en poner más trabas aún.
No, no siento nada, me decía a mí misma todos los días.
No, somos solo amigos.
Hasta que a mediados de diciembre llegó mi compañera de cuarto. Era una chica encantadora, dulcísima y preciosa, que me cayó bien desde el primer momento.
Pero no fui la única: a Iván también le cayó muy bien.
Tanto, que cayeron juntos en mi cama porque la de mi compañera se había roto.
No dije mucho y me salí dándoles tiempo a que se vistieran, pero me negué en redondo a hablar con Iván.
Y él comenzó a salir de forma oficial con ella a los pocos días, inundando sus redes con fotos de su cara, con fotos de lo bien que se lo pasaban juntos y de lo enamorados que estaban.
Me hería como un puñal la certeza de que con ella sí, porque era guapa.
Iván seguía escribiéndome, preguntándome si no podíamos ser amigos, intentando coincidir en quedadas grupales, pidiéndome que lo esperara en la puerta mientras fumaba. Decía que no me quería perder.
Y fue un momento muy doloroso, porque entendí que, aunque yo le gustaba, la barrera de la superficialidad le había impedido admitir sus propios sentimientos.
Y no me quité culpa: no me perdono las trabas que yo misma me puse a la hora de sentir.
Tener un cuerpo gordo no solo te enseña a ocupar menos espacio físico, también emocional. A conformarte con migajas.
Y no debería.
Porque al final no se trata de si pegamos más o menos en una foto, sino de con quién nos sentimos en casa.
Y yo aprendí —tarde, pero aprendí— que nunca más quiero ser el secreto de nadie.
Porque la vida es muy corta para que te traten con discreción y no con adoración.
