Tengo 65 años, dos hijos que me dan la vida y me la quitan a partes iguales, un marido depresivo que me la amarga y que es un mueble y una nieta que me tiene loca y me da toda la vida que me quitan entre todos los demás.
Mi nieta viene por parte de mi hijo y de mi nuera, que no me traga. No me traga a mí, ni a su madre, ni a su padre, ni a su hermana…quiero decir que no es la típica rivalidad suegra-nuera, es que en general no es una persona ni muy agradable ni muy flexible. Aún así, le tengo que agradecer que haya espabilado a mi hijo y haya conseguido sacarle de casa y hacerle un hombre de familia y sobre todo le agradezco a mi nieta, que es el regalo más grande que me podía dar.
Nunca hemos tenido demasiada relación, ellos van a su bola. Pero desde que se quedó embarazada, empezaron a tirar un poco más de mí. Yo me emocioné, porque como viven en mi ciudad y no en la de los padres de ella, (además de que se lleva mal con ellos) y no es que vayan sobrados de dinero, sumando dos más dos me dije: van a tirar de mí y yo voy a pasar mucho tiempo con mi nieta. Se me hacía la boca agua.
Y al principio fue así, tiraban de mí para todo y yo dejé de trabajar para cuidar a mi nieta más feliz que una perdiz. Sin embargo, con el paso de los meses les fui notando cada vez más raros y distantes (más de lo que era habitual), hasta que un día me dice mi hijo que se van a vivir al pueblo de ella, a trabajar en la empresa del suegro. Me quedé pasmada, ¡pero si no se hablaba con sus padres y ahora se van a vivir con un bebé a su casa y a trabajar los dos en la empresa del padre! Me pareció una locura y así se lo dije, además, para hacerlo tenían que dejar los dos sus trabajos aquí. Por supuesto no me escuchó y se fueron.
Mientras se asentaron estuvieron bien, todo eran lisonjas y facilidades para que mi hijo se sintiera a gusto. Me llamaba y le notaba que estaba feliz. Me habré equivocado, pensé, me alegro. Pero no, no me había equivocado. Al tiempo, las llamadas fueron cada vez más espaciadas y el tono de mi hijo cuando me hablaba era de una amargura profunda, me recordaba a la manera en que su padre hablaba cuando comenzó con la depresión y me empezó a dar muy mala espina.
Cada vez le notaba peor. Así que tomé la determinación de ir a verlos, cosa que me había sido prácticamente prohibida. Cuando llegué al pueblo fui a la casa, allí no había nadie, fui a la empresa y pregunte por mi hijo, pusieron cara rara y me mandaron al bar. Allí estaba él, solo, sentado con la cabeza gacha delante de un café. Salió corriendo y no quiso hablar conmigo. La camarera me contó que se pasaba el día allí, que solo consumía un café o dos y ni siquiera se los bebía, que no hablaba ni se relacionaba con nadie e insinuó que mi nuera era un mal bicho que se pasaba el día a la gresca con sus padres.
Conseguí encontrarle en una plaza e intenté hablar con él, fue en vano. Ahora sí, estaba repitiendo el patrón depresivo de su padre. Me di cuenta de la jugada que había hecho mi nuera: lo había llevado a su terreno, le había dejado sin trabajo, sin padres, sin red de amistad, solo y aislado; y ahora él se veía atrapado allí, con una hija a la que no podía dejar y con una vida llena de tristeza y amargura. Me aterró verle así, llamé a su hermana y entre las dos conseguimos que, al menos, reaccionara y dejara de actuar como una ameba.
Ahora estamos intentando que vaya al psicólogo y buscar la manera de que vuelvan a venir a nuestra ciudad, cerca de su red y de su familia. Si no somos capaces de conseguirlo nos hemos planteado irnos a vivir nosotros al pueblo de mi nuera, llevarle la red allí. Por él y por mi nieta.