No sé en qué momento la sociedad se ha vuelto tan superficial que casi no queda nadie que no se hayan retocado una cosa u otra. No estoy en contra de las operaciones estéticas, pero creo que antes de estas deberíamos plantearnos muchas cosas. Me operé de muy jovencita, recién había cumplido diecinueve años. Ahora, veinte años después, no lo habría hecho. Creo que con esta edad estamos sometidas a los cánones de belleza impuestos y parece que no tengamos valor si no estamos dentro de ellos.

Mis amigas hacía años que se habían desarrollado, pero a mí no me crecía el pecho. Un poco más tarde que a las demás, sí me creció, pero una talla 85 no me parecía suficiente a pesar de estar delgada y bien proporcionada. Les dije a mis padres que tenía muy claro que iba a operarme en mi mayoría de edad. Ellos no me pusieron ningún inconveniente porque me veían sufrir por mi complejo, y a la que cumplí los 18 me regalaron la operación de pecho. Lo pienso ahora y creo que mi regalo debería haber sido un viaje o algo menos superficial, pero en esos momentos tanto ellos como yo teníamos claro que era lo que más feliz podía hacerme. Buscamos entre los mejores médicos, o los que creíamos que lo eran y nos decidimos por uno. Mi madre pensaba que con una 95 tendría más que suficiente, pero yo le decía que, ya que entraba a quirófano, quería un pecho más llamativo.

El posoperatorio fue duro y doloroso, pero cuando pasó, mi autoestima creció porque tenía el pecho que siempre había deseado tener. Atraía la mirada de los hombres, más de lo que nunca había hecho, y mis escotes eran exagerados y pronunciados. Los años fueron pasando y mi mentalidad cambió, no sé si maduré o cambié de estilo, no sé bien cómo podría explicarlo, pero empecé a ver cuerpos con pechos más pequeños, y me empezaron a parecer elegantes y naturales. 

De repente, me di cuenta de que cada vez estamos más sometidos a la presión estética y que yo lo había estado muchos años. No solo me operé los pechos, me puse labios y me retoqué los pómulos. Me di cuenta de que me parecía a otras tantas mujeres que se estaban haciendo los mismos retoques que yo y que la belleza natural que veía en muchas chicas ya jamás podría ser la mía. No es que de pronto me diese cuenta de que lo bello es lo natural, sino que empecé a sentirme una persona superficial y sin personalidad que se había ido retocando todo aquello que se había puesto de moda. 

 

Hace años que no me pongo ácido en los labios ni en los pómulos, empiezo a tener arrugas y me niego a ponerme bótox. Pero mis pechos serán así siempre, me han ocasionado dolores de espalda, y son mucho más incómodos para dormir. La ropa creo que me quedaba mejor al tener poco pecho y no puedo ponerme escotes porque los veo exagerados. Pero lo que más me apena de haberme operado, no es nada de todo esto. Es saber que cedí a la presión estética, a creer que gustando más a los demás podría gustarme más a mí misma. 

Ahora soy madre de una niña y evidentemente respetaré sus decisiones, pero le inculcaré desde pequeña que ella es preciosa tal y como es porque lo realmente bello de una persona va mucho más allá de un físico. Me sorprende ver a tantas adolescentes enseñando sus cuerpos en redes sociales en nombre de la libertad feminista cuando creo que el feminismo debería ir mucho más allá, al final, enseñar el cuerpo con poses eróticas sigue alimentando la industria masculina y sigue siendo una victoria para el patriarcado más que una liberación de la mujer porque esta puede sentirse libre con su cuerpo, siendo el cuerpo que sea y sin tener que necesitar la aprobación masculina a través de likes en redes sociales solo por enseñarlo.

 

Anónimo

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