El síntoma que más se asocia con todos los ciclos de la menopausia, son los sofocos. Nadie nos habla de los cambios de humor repentinos, como si fueras Géminis con ascendente Géminis. Ni de que la paciencia, se va de vacaciones o igual se jubila, porque no sé si algún día volverá . Esta revolución hormonal, me está pegando fuerte, tanto, que hay amigas que ya no me soportan. Y esta parte revolucionaria de la que os hablo, piensa: que se jodan, ellas se lo pierden. 

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Todo empezó hace unos años, no sabría decirte exactamente cuántos, pero cuentan las expertas, que todo empieza 10 años antes de que se te vaya la regla definitivamente. Muchas veces ni nos damos cuenta, porque vivimos tan disociadas de nuestro cuerpo con el día a día, que no nos paramos a escucharlo ni a sentirlo. 

Empecé a tener reglas muy locas con 39 ó 40 años, me venía tres veces al mes o no me venía en 3 meses. Al principio lo relacionaban con las enfermedades crónicas que tengo, que si afecta a todos tus sistemas, que si analíticas por aquí, que si los estrógenos tal, y la progesterona bien, el cortisol en una montaña rusa… 

Así estuve bastante tiempo, hasta que un día empecé a llorar de la nada. 

Estaba en la cola del supermercado y me invadía algo que no sabía qué era. Y allí estaba, ojiplática, con una barra de pan, unas cervezas sin alcohol, un brócoli y con el depósito de lágrimas apunto de explotar. 

Me empezaron a caer las primeras, justo con el “pip” del cacharro que escanea los productos y cuando fui a pagar con la tarjeta, aquello ya eran las cataratas del Niágara. 

La cajera con cara de pena, me dio el ticket y me dijo: Que tengas un buen día. Supongo que no se encuentra cada día alguien que llora cuando tiene que pagar, aunque ganas no faltan, con la subida tan bestia de los precios de los alimentos. Pero ese es otro tema. 

Otro día, en una comida familiar, me di cuenta que mi rabia crecía incontrolablemente, por una conversación sobre el feminismo, que estaba ocurriendo entre dos de los machos alfa que había en la mesa. Tengo que aclarar, que mi actitud ante esas circunstancias, durante toda mi vida anterior era bastante pasiva, siempre evitando discusiones, pasando desapercibida, no contestaba porque creía que no tenía nada que decir… mi función en las comidas familiares era reír la gracia y al acabar, salir corriendo de ese lugar.

Por eso me sorprendió tanto el contestar de manera tan tajante, contundente y con ejemplos claros, de que lo que estaban diciendo era puro machismo, disfrazado de discurso casposo de carajillo. Menos mal que en ese momento tenía a mi hija al lado y entre las dos los dejamos tirados en la lona del ring. Entre mis hormonas menopáusicas y las suyas adolescentes, hicimos una pelea verbal épica, digna de “street fighter”, con “ayuken” incluido. 

Y ahora llegó el momento de las amigas. 

Mis eurillos me ha costado, aprender a poner límites y hablar con asertividad, porque siempre era la que lo hacía todo por agradar, porque me aceptaran, por pertenecer a algo, pero lo hacía desde la sumisión y el silencio. Ahora sí, cuando llegó la Peri (vamos a llamarla así cariñosamente a la perimenopausia) ni asertividad, ni límites, ni hostias, me convertí en un tiranosaurio Rex hambriento de justicia. 

Si alguna me mentía y me enteraba , fuera. 

Si alguien me hacía buena cara y detrás me criticaba, fuera. 

Si otra me ponía excusas baratas para no quedar, le saltaba con el: –Desde que tienes novio, parece que el resto del mundo ya no te importa. Paso de gastar energía en esta relación que no cuidas. Chao. 

Y si me enteraba que alguien trataba mal a mis hijos, bueno, bueno, bueno .. aquí se me hinchaban los ojos, se enrojecían, las venas del cuello se inflamaban, me salía humo de la cabeza, los puños se cerraban a lo Mazinger z y las eliminaba hasta de mi lista de contactos. 

Hoy, con casi 50 añitos, después de varios años luchando con este instinto de mujer sabia a base de golpe de hormonas, veo la vida con calma y sosiego. 

Analizo las circunstancias desde otra perspectiva, dejo pasar unos días antes de hablar, valoro lo importante de esa amistad y si nos aportamos, pues hay que luchar por ella y controlar las hormonas con un látigo si hace falta. 

Eso sí, no me toques las palmas que me conozco ,jeje

 

Raquel Romarís