Relato ficticio.
Ya sabéis que “pueblo chico, infierno grande” y no, no me refiero a la historia del año 97 de Televisa protagonizada por Verónica Castro, que vamos, este culebrón también es de telenovela pura y dura.
El caso es que yo vivo en una aldea perteneciente a un pueblo de sierra precioso y conozco a todos los habitantes del pueblo, más o menos porque no llegamos a los dos mil en el censo.
El problema llegó cuando después de haber estado fuera, estudiando en internados y trabajando en Madrid, el hijo pequeño de una reconocida familia, regresó a su pueblo natal. Para mi fue amor a primera vista, aún lo recuerdo, era invierno, llevaba un jersey blanco al cuello, unos vaqueros muy ajustados y botas marrones, una barba de varios días y olía… pfff no lo puedo describir.
A lo pronto pensé que era un turista, y de inmediato se lo conté a mi amiga, pero cuando lo vimos, me dijo, amiga, ese no es para ti. Y yo en plan… oye que no seré un monumento, pero estoy muy bien. Hasta que me dijo quiénes eran sus padres y mi estómago se arrodeó por completo.

El caso es que tampoco le fui indiferente, pues allá donde íbamos y nos lo encontrábamos cruzábamos algunas palabras. Un día, en el cumpleaños de mi amiga, nos envió con el camarero del bar donde celebrábamos una botella de champán. A raíz de eso, comenzamos a hablar por redes sociales, vamos, que me enamoré a más no poder de él.
Hace unas semanas, mi amiga se casó, los padres de su chico son amigos de los padres del guapo y estaban invitados a la boda, igual que mis padres, que son parientes de mi amiga, es lo que tienen los pueblos…
En la iglesia ya nos tiramos varias miradas y algún mensaje que otro por WhatsApp, al igual que en la copa de espera, que no podíamos evitar dejar de mirarnos, la tensión iba en aumento, igual que la tensión arterial de mi padre y el suyo al ver que habían caído cerca uno de otro en el salón. Nosotros nos sentamos con los amigos, la gente joven, y él se aseguró estar en frente de mí, lo que no le hizo de pizca de gracia a mi padre, que me insistió para que me cambiara, pero le tuve que poner un alto para que no arruinara la boda de mi amiga.
Entre cervezas, vinos y poco comer por su presencia, el alcohol fue haciendo mella en mi sangre y después de que los novios terminaran de bailar, me agarró de la mano y me sacó del jardín donde todos se encontraban ya en un avanzado estado de embriaguez y jolgorio. No hacía caso omiso cuando le pedía que se detuviera pues nos podían ver.
Sin pensárselo entró en el despacho del dueño del salón, se quitó la corbata y desabrochó un par de botones de la camisa. Me juró que no podía contenerse más y que se moría de ganas por bailar conmigo. Mi cuerpo era un flan sin molde, me había ruborizado de tal forma que no sabía qué responder. Me tomó por la cintura y me dejé llevar. Estuvimos mirándonos un buen rato, ambos nos estábamos conteniendo, pero no fuimos capaces y nos dejamos llevar por lo que sentíamos. Allí mismo, en el comodísimo sofá, por cierto, apagamos el fuego que nos venía consumiendo desde que lo vi por primera vez en invierno.

Al día siguiente, quedamos en la provincia para hablar, no somos culpables de la mala relación entre nuestros padres. Nos bajamos a la playa y pasamos un par de días como si de una luna de miel se tratara. Que sí, que nos cagamos de miedo pensando en enfrentar todo lo que se nos viene encima, pero no estamos dispuestos a sacrificar lo que sentimos.