Hasta que conocí a este tío siempre me había quejado de que los hombres no sabían o no querían escuchar. Según mi triste experiencia hasta el momento, todo cuanto les contaba, por un oído les entraba y por otro les salía. Desde cómo me había ido el día, pasando por todo aquello que me preocupaba, hasta cuál era mi película o mi canción favorita. Ya podía decírselo veinte veces que daba igual. De hecho, creía firmemente que si querías contarle un secreto a alguien, un hombre era la mejor opción disponible porque no te iba a escuchar o, porque en cuanto terminases de confesar, ya lo habría olvidado.

Pero todo cambió cuando este chico apareció en mi vida. Nos conocimos en un viaje de trabajo cuando mi empresa organizó una formación en otra comunidad autónoma. Empleados de todas partes del país asistían al evento, así que el tren se llenó de otras personas de la empresa procedentes de otras ciudades y que, como yo, iban a la dichosa cita. El viaje era largo pero no me importó. Y es que el camino se me hizo bastante más ameno gracias a un compañero muy mono que conocí durante el trayecto. No hay mal que por bien no venga, si me preguntan.

Cuando llegamos a nuestro destino, ya habíamos cogido bastante confianza y no nos separamos en toda la formación. Era un chico encantador y me pareció que había un poco de tonteo en el aire, cosa que pude terminar de comprobar cuando, una vez terminado aquel tostón, me propuso ir juntos a cenar y a tomar algo. Al día siguiente volvíamos a tener cursillo temprano, pero pudieron más las ganas de seguir conociéndole que pensar en el madrugón y el cansancio de mañana. Fuimos a un restaurante precioso y cuando terminó la noche pensé que, por primera vez, había conocido a un tío que sabía escuchar.

Me impresionó la atención que ponía a mis palabras y cómo parecía recordar después todo lo que le había contado. Tuve ganas de besarle toda la noche, pero supongo que el hecho de estar acompañados por un par de compañeros que se pegaron a nosotros como lapas, me frenó en seco. Mi gozo en un pozo, tan sólo quedaba un día por delante, ya que después cada uno volvería a su ciudad. Ya pensando que mi oportunidad se había esfumado por completo cuando me dijo que quería invitarme a comer, pero que aquella vez le gustaría disfrutar mi compañía a solas. Tuve que contenerse para no ponerme a dar palmas allí mismo.

Cuando llegó la hora, resulta que el restaurante no cogió bien nuestra reserva y no pudimos sentarnos a comer. Decidimos que lo importante era la compañía, que podíamos ir a cualquier otro sitio y pasarlo genial igualmente. Lo malo es que a aquellas horas y siendo fin de semana, encontrar un hueco libre resultó ser misión más que imposible. Cansados de dar vueltas, terminamos entrando a un centro comercial dispuestos a entrar a cualquier sitio que pudiera llenarnos la barriga, aunque no fuera el colmo del romanticismo. Contra todo pronóstico, lo pasamos de maravilla en una hamburguesería y acabamos besándonos antes de pedir el postre.

Después de saciar nuestro apetito y comernos a besos, quisimos dar una vuelta por las tiendas. Entramos a una perfumería y nos separamos; mientras yo fui directa a la sección de maquillaje, él se fue a probar perfumes. Cuando ya nos cansamos y nos disponíamos a salir de la tienda, empezó a sonar la alarma anti robo y supe que algo no iba bien cuando le vi la cara. Se puso rojo, blanco, morado y de todos los colores. Antes de que pudiera reaccionar, apareció un trabajador de seguridad y nos pidió que le acompañásemos. Yo me moría de vergüenza a pesar de que no había robado nada en toda mi vida y aquel día no había sido una excepción. Sin embargo, mi querido acompañante tenía la mano muy larga.

Había robado un perfume. Un perfume que hacía tan solo unas horas le había contado que adoraba pero que no había vuelto a utilizar porque era muy caro. Se deshizo en disculpas con el personal de la tienda y conmigo, diciéndome que nada más ver el frasco se había acordado de lo que le había dicho y que no pensó que fuera a pasar nada. Para un tío que me escucha… Pero ojo porque aquí no acaba la historia, y es que le avisaron de que, o pagaba o llamarían a la policía, pero aquí mi amigo no tenía dinero suficiente. Tuve que pagar yo el maldito perfume que, tal y como ya sabía, costaba una pasta, para que pudiéramos largarnos de allí.

No nos dirigimos la palabra en todo el camino de vuelta a casa, fue el trayecto en tren más incómodo de toda mi vida y, lógicamente, no he vuelto a saber nada más de él. Lo bueno de toda esta historia es que, a pesar de que a mi cuenta bancaria le duele aquel gasto imprevisto, ahora huelo de maravilla.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.