En el peor momento de mi vida, hasta arriba de medicación para la depresión, sin salir de casa, costándome Dios y ayuda levantarme cada mañana de mi cama e intentar hacer algo aunque fuese mínimo… mi novio me propuso abrir la relación. 

Llevábamos varios años juntos, convivíamos desde hacía otros tantos, es cierto que estábamos en nuestro peor momento, principalmente por mi depresión, pero proponerme eso justo en ese momento… me dejó completamente descolocada.

Cuando me explicó los motivos por los que abrir la relación me dejó catatónica. “Necesitaba tener relaciones para no acabar en el pozo de la amargura”. Decía que llevaba demasiado tiempo esperando a que yo mejorase y que él también tenía necesidades. Y claro, si conmigo no podía ser, tendría que buscarlo fuera. Eso sí, recalcó que me quería y por eso no quería ser infiel, por lo que la única manera que veía era abrir la relación. 

En el momento que más apoyo necesitaba mi pareja planteaba buscar alternativas sexuales fuera de casa. Ver para creer. 

He de decir que pasé días pensando en ello, principalmente por su insistencia, porque aquello parecía que no se había quedado en un simple comentario al aire por si colaba… Yo estaba tan decepcionada y triste que no sabía qué responder. Llegó un punto en el que simplemente acepté, ya que no tenía fuerzas para discutir más. 

Cuando oficialmente abrimos la relación, todo empezó a torcerse. Pero no para mí eh, sino para él. Porque una vez tomada la decisión, pensé que si las normas eran las mismas para los dos, yo también podía conocer gente. 

Al principio ni siquiera iba con esa intención. Empecé a salir más porque llevaba meses encerrada en casa. Volví a quedar con amigos, acepté planes gran cantidad de planes y salidas y recuperé una vida social que prácticamente había desaparecido. 

La primera vez que conocí a alguien nuevo me sorprendió muchísimo, llevaba tanto tiempo sintiéndome invisible que no esperaba que nadie se fijara en mí. Después empecé a hablar con personas completamente distintas entre sí, con la que compartía aficiones, con las que éramos polos opuestos, gente divertida, gente interesante. Las citas fueron llegando y hubo un punto que necesité comprarme una agenda de nuevo. 

Llevaba tantos años sin ir de conciertos, salir a cenar entre semana, escapadas, conocer sitios nuevos… ¡y reirme!. Por fin volvía a reir. Y lo más importante, volvía a sentirme yo de nuevo. 

Mientras tanto, mi novio estaba teniendo una experiencia muy diferente. Al principio hablaba con mucha seguridad sobre todas las posibilidades que tenía. Después empezó a quejarse de las aplicaciones y a echarle la culpa al algoritmo. Unos meses después directamente evitaba sacar el tema. 

La realidad era que no se estaba comiendo ni un colín. 

Yo volvía a casa contando que había pasado la tarde con alguien o que tenía planes para el sábado y él llevaba semanas intentando mantener conversaciones que no llegaban a ninguna parte.

Hubo un momento en el que hasta me llegué a sentir culpable, pero por otra parte, había sido su idea y había insistido bastante, aunque ahora él quien se encontraba en el pozo de la amargura y yo no, todo lo contrario, había salido por fin de él. 

Lo más curioso es que cuanto mejor me encontraba yo, peor estaba él. 

Empezó a hacer comentarios sobre cerrar la relación, que si esto estaba afectando a la pareja, que no era lo que se pensaba cuando lo propuso… Pero lo que estaba claro que el problema no era la relación abierta o cerrada, sino que él creía que cada día estaría con una modelo diferente y al final fui yo la salía casi cada día. Y eso le jodía. Tuvimos que dejarlo. 

La relación llevaba tiempo funcionando mal y aquello simplemente terminó de demostrarlo. Yo seguí con mi vida y continué explorando cosas que había dejado de lado durante años y probando otras muchas nuevas. Desde que lo dejamos solo lo he visto en una ocasión y fue porque me apareció su perfil en Tinder. 

Obviamente deslicé hacia la izquierda.