No sé qué les dieron de comer a mi chico y a su hermano cuando eran pequeños pero  son dos de los tíos más guapos que he conocido en mi vida. Está claro que la belleza es  algo muy subjetivo, pero cuando vi por primera a mi novio me quedé muda. Se me  presentó una noche de fiesta y juro que el mundo se detuvo en el momento en que me  sonrió. Me puse nerviosísima, pero algo debí hacer bien porque a día de hoy, tres años  después, seguimos juntos. 

Supe que la cosa iba en serio cuando a penas un par de meses después de habernos  conocido quiso presentarme a su hermano mayor. Se llevaban un par de años y estaban  muy unidos, mi chico no hacía más que hablar maravillas de él. Que si le quería mucho,  que si era un tío súper majo, que si me iba a reír mucho con él,… Lo único que se le olvidó decirme fue que su querido hermano estaba como un tren, igual que él. Cuando por fin le  tuve delante estuve tentada de santiguarme allí mismo, porque ¡Santa María madre de  Dios! 

No se podía negar que el chaval estaba muy bueno, pero yo estaba (y estoy) enamorada  perdida de mi chico, así que nunca hubo nada raro por ninguna de las dos partes. Sin  embargo, el comportamiento de mis amigas con respecto a mi cuñado ya era otro cantar.  Después de conocerle, no perdían la oportunidad de pedirme que le invitase a tomar algo  con nosotras ni tampoco de pasarse «casualmente» por casa de mi chico cuando sabían  que su hermano estaría por allí.  

Los dos se lo tomaban con humor, pero en el fondo mi cuñado estaba encantado de  recibir tanta atención femenina. Por eso, cuando cumplió los treinta y decidió organizar un fiestorro por todo lo alto en la casa familiar, no dudó en invitarnos a mí y a todas mis  amigas. Aquel cumpleaños fue lo más parecido a estar dentro de La Casita de Bad Bunny. Música a todo trapo, muchísima gente perreando a muerte por todas partes y alcohol para dar y tomar.  

La verdad es que enseguida nos contagiamos del ambiente y aquí, una servidora, terminó pillándose una melopea curiosa. No estoy muy acostumbrada a beber, así que después  de cometer el error de intentar seguir el ritmo de mis amigas, no tardé mucho en  encontrarme mal. Tenía unas ganas terribles de vomitar, pero había una cola infinita para  entrar el baño. Mi chico me acompañó a la habitación de sus padres en la planta de  arriba, donde había otro cuarto de baño y cuando me encontré un poco mejor le dije que  me dejara un ratito sola. Sinceramente, me daba un poco de palo que me viera  vomitando. 

Por suerte, cuando lo eché todo, me sentí como nueva pero pensé que era mejor  quedarme cinco minutos más allí. Mientras me echaba un poco de agua en la nuca,  alguien entró en la habitación. Quien quiera que fuese no se enteró de que yo estaba allí,  y preferí que siguiera siendo así porque no estaba yo para charlar con nadie. Por las  voces, enseguida me di cuenta de que eran mi cuñado y una de mis mejores amigas.  Pensé en salir, pero justo escuché cómo se reían tontamente y, por el crujido de los  muelles, se tiraban en la cama. Y entonces, cometí el segundo error de la noche: no salir  de allí antes de que la cosa fuera a mayores. 

Y es que, decidí esperar un poco más creyendo que se darían cinco o seis besos y se  largarían. Sin embargo, cuando escuché a mi cuñado decir «me la pones muy gorda,  quítate el vestido», supe que estaba jodida. No, por favor, no quiero escuchar cómo mi  mejor amiga y mi cuñado se lo montan en vivo y en directo, pensé. Pero, ¿cómo iba a  salir de allí ahora? ¿Y si me veían allí cuando terminasen? ¡Iban a pensar que era una  pervertida! Decidí esconderme en la bañera, como si así fuera a dejar de oír a mi amiga  gimiendo como una loca y a mi cuñado gruñendo como un gorrino. 

A pesar de lo violento de la situación, tuve que taparme la boca para no descojonarme viva cuando escuché las cerdadas que se decían el uno al otro. Nunca hubiera imaginado  que a mi cuñado le gustara que le agarraran de las ciruelas mientras se corría pero,  francamente, preferiría haber vivido toda mi vida sin saberlo. Cuando terminaron y  escuché la puerta de la habitación cerrarse tras ellos, salí con cuidado para que nadie me  viera. Aquella noche no pude mirarles a la cara a ninguno de los dos. No por vergüenza,  sino porque me costaba horrores no reírme. 

Nunca le dije nada a ninguno de los dos por temor a que creyeran que me quedé ahí  escuchando todo como una voyeur, aunque sí se lo conté a mi chico que por suerte me ha guardado el secreto. A día de hoy, en la intimidad, seguimos llamando a su hermano «el  picha gorda».