Así es, amigas, esta es una de esas historias en las que la pasión desenfrenada durante el folleteo te acaba jugando una mala pasada.

Ocurrieron los hechos la noche del cumpleaños de mi chico, quien reúne las características de ser tan cochino como yo en la cama y de tener una puntería malísima, algo bastante sorprendente teniendo en cuenta los años que se tiró jugando al baloncesto.

Cuando dieron las doce de la noche en punto le felicité, le di su regalo, empezamos a darnos besos, una cosa llevó a la otra y acabamos comiéndonos el uno al otro, porque pocas maneras de celebrar nos gustan más que un buen polvo. Total, que yo, como novia amorosa y lasciva que soy, me arrodillé entre sus piernas, le bajé el pantalón y el calzoncillo, le miré a los ojos y empecé a chupársela como si no hubiera un mañana, en parte a modo de regalo de cumpleaños y en parte también porque es algo que me pone cachonda perdida.

No tardó mucho en empezar a poner los ojos en blanco, a jadear y a mover las caderas a mi compás mientras me agarraba del pelo, y yo empecé a tocarme también, pues de seguir así veía bastante probable que nos corriéramos a la vez.

Cuando él estaba a punto de terminar me pidió que abriera la boca y sacara la lengua, y yo, gustosa y complaciente, así lo hice. Empezó a tocarse frente a mi cara como tantas otras veces, con los ojos cerrados mientras sus sentidos volaban por el séptimo cielo.

Y de repente, cuando más cachondos estábamos ambos, yo también a punto de correrme, ¡PUM! se corrió, y, ¿adivináis qué? ¡Chorrazo directo en el ojo derecho!

Yo grité del susto, él paró, me preguntó si estaba bien, y ahí me veis a mí, correteando a ciegas y en pelotas por toda la casa para llegar al lavabo y lavarme el ojo, ¡madre mía, no sabía que eso podía escocer tanto!

Encima yo, que soy de ojitos sensibles y cada dos por tres estoy con conjuntivitis por culpa de la alergia y de las lentillas, ¡cómo para echarme cosas raras! Para colmo el muy capullo se partía de risa, ¡después de casi dejarme ciega!

Claro, es que según él, yo no me había visto a mí misma pegando brincos y alaridos con tremendo lefazo en el ojo, menuda imagen para enmarcar.

Que yo ahora con el tiempo me río, pero con lo agonías que soy ya me veía en urgencias explicando detalladamente el por qué de presentarme allí con el ojo rojo y supurando restos blancuzcos, suerte que tenía suero fisiológico y al poco de limpiarme a fondo sólo me quedaba una pequeña molestia.

Por supuesto ya le he dicho que de eso de cerrar los ojos cuando está a punto de correrse tras una mamada se vaya olvidando, que yo me niego a que me vuelva a dejar el ojo pipa por su falta de cuidado y su mala puntería. Y sí, se sigue riendo, pero lo cierto es que me he fijado y ahora, cuando se la chupo, tiene buen cuidado de llegar al clímax con los ojitos abiertos.