Aunque suene a American Pie, en mitad de un polvo nos dimos cuenta de que mi chichi hizo el vacío y nos vimos con un atasco que ríete tú de la M30 en hora punta. Pero empezaré por el principio. 

Salía con un chico que compartía piso con un amigo. Una tarde fui a su casa y nos encerramos a su cuarto. Sin tener muy claro si el compañero estaba o no, nos pusimos a darle al tema. Lo que pasó a continuación aún me asombra. Yo no sabía que se te podía hacer el vacío en la vagina tan fácilmente, porque no noté nada raro durante el polvo. 

Con el paso del tiempo lo comenté con algunas amigas y me dijeron que igual es que tenía poca lubricación o que entró mucho aire, en fin, ambas opciones son posibles, el caso es que cuando el chico intentó sacar el pene eso no salía. No solo no salía sino que además me dolía, lo notaba muy agarrado a las paredes y la sensación de fricción era muy desagradable. 

Le pregunté si tenía lubricante en la habitación y me dijo que no. Ahí empecé a ponerme nerviosa y eso solo empeoraba las cosas. Por su parte, él tampoco es que estuviera tranquilo. Aunque ya se le había bajado bastante la erección, no estaba del todo flácida y con el tamaño y la forma que tenía era muy difícil sacarla. Después de varios intentos a lo bruto, llegamos a la conclusión de que quizá hubiera hecho vacío (hasta entonces todo había sido “Ah uh duele duele socorro”) y empezamos a pensar con lógica.

Primero intentó meter un dedo para romper el vacío, pero estaba muy seco y me dolía mucho. Ante la falta de lubricante, pensamos en asomarnos al baño, que era la puerta contigua a la habitación, para husmear en el mueble a ver si el compañero tenía o si había algún tipo de crema que nos sirviera. Pero claro, había que salir al exterior de esa guisa, poca broma.

Él estaba de pie y me tenía apoyada sobre el escritorio, lo que le permitía una cierta movilidad en comparación conmigo que parecía una cucaracha bocarriba. Nos vestimos como pudimos: nos pusimos ropa por arriba y él se subió los pantalones hasta donde le alcanzó (no se los había bajado demasiado). El problema es que me veía saliendo al pasillo con el culo al aire, así que se nos ocurrió coger una sudadera suya, la más amplia que encontramos, y atármela a la cintura. Con lo grandota que era la sudadera apenas se me veía carne, podría llevar debajo unos shorts que se vería igual. Sí, en mitad de aquel marronazo, me preocupaba que el compañero de piso me viera el culo, son incongruencias de la vida.

Ir al baño fue toda una odisea y eso que eran literalmente dos pasos. Menos mal que el chico estaba fuerte, así que me encaramé como si fuera un koala y me llevó en brazos, literalmente era la única manera. Rebuscó en el armario del baño, pero no encontró nada apto, ni siquiera aceite de bebé o crema hidratante, a esas alturas me estaba planteando hasta el jabón de manos. Justo volviendo del baño escuchamos la puerta de la calle que se abría. Yo por poco no me infarto. El compañero y yo no nos llevábamos especialmente bien, así que la idea de que me encontrara así no me entusiasmaba. Le hice un gesto a mi chico para que se diera prisa, pero aquello parecía una prueba de Humor Amarillo, así que tampoco es que pudiera correr. Nos pilló.

“Nos ha surgido un problemilla técnico”. 

El chico nos miraba perplejo. Me miraba a mí, miraba la sudadera atada a la cintura y luego miraba a su amigo. Así en bucle. Nosotros nos habíamos quedado petrificados en el suelo como si su amigo fuera la muñeca de El juego del Calamar. 

“ACEITE DE OLIVA”. Aún no sé qué me poseyó, pero grité eso y el chico, con tal de quitarse de en medio, se fue corriendo a la cocina. Al segundo volvió con una botella de aceite de oliva virgen extra, se la tendió a mi chico y dijo:

“Prefiero no saber nada. Avisadme solo si hay que ir a urgencias.”

Volvimos al dormitorio y con mucho cuidado embadurné toda la zona en aceite. Con ayuda de mis dedos, que eran más pequeños, acabamos rompiendo el vacío y a punto estuvimos de llorar de la alegría porque ya nos veíamos en urgencias con ese percal. 

Ahora me da la risa de acordarme de la cara que puso el amigo, siempre lo achaqué a la escena surrealista que le habíamos regalado sin comerlo ni beberlo. Lo que yo no supe hasta que me pude vestir bien es que, en mitad de todo aquello, yo llevaba la cara de Darth Vader en el culo con el lema “Come to the dark side”.

 

Ele Mandarina