Un chico se puso a llorar mientras lo hacíamos porque echaba de menos a su novia
La edad mínima a la que puede interesarme un hombre son unos 4-5 años menos que yo. Si son más pequeños no me motivan, porque me siento demasiado mayor y los veo más como unos hijos. Pero ese día no sé qué me pasó por la cabeza, o por ahí abajo, quizás, que decidí romper mi propia norma y probar a conocer a uno que era 10 años menor que yo. Aunque, como podéis imaginar, esta iniciativa sale mal y sí, tuve que hacer finalmente de madre.
En mi defensa diré que tenía 23 años y un trabajo estable, asimismo seguía estudiando. ¡No era un chavalín recién salido del instituto! Y tengo que reconocer que tanto físicamente como con la conversación, este chico parecía más mayor. Me agradó mucho su aspecto, que viviera solo fuera de su ciudad, que tuviera metas relevantes en la vida y estuviese luchando por ellas… Además era simpático y me gustaba cómo intentaba ligar conmigo, aunque fuese un pelín torpe. Así que quise darle una oportunidad y dejé que su edad no fuese un impedimento para conocernos mejor.
Todo iba bastante bien, y yo cada vez estaba más dispuesta a comerme mis palabras y lo que fuese necesario. Así que le invité a seguir con la charla en casa, con unas pizzas. Obviamente yo no quería cenar, lo que quería era darle la señal, la oportunidad y el lugar para que se lanzase. Me hacía gracia ponerle a prueba y comprobar si era capaz de superar esos nervios que tenía y dejarme sin palabras. Pero cenamos, claro que cenamos. El chico no movía ficha y yo me impacientaba.

Fueron varias horas de conversación, en las que hablamos de un millón de cosas. Desde que solamente había tenido una novia estable en su vida y con la que lo había dejado hacía un par de meses, hasta de sus fantasías sexuales. Por supuesto, una de ellas era hacer un trío y yo le comenté que a mí también me gustaría. Y, por fin, supongo que impulsado por haber entrado ya en temas subidos de tono, se atrevió a besarme. Bueno, a besarme, a meterme la lengua y las manos directamente por todos lados, casi sin respirar. Pero no estaba nada mal, la verdad.
Fuimos al dormitorio y allí empezamos a quitarnos la ropa mientras seguíamos devorándonos. Pintaba bastante bien y me estaba excitando mucho. Pero cuando ya retozábamos desnudos, empecé a notarle como agobiado, y también desinflado. Intenté tranquilizarlo bajando el ritmo, pero ya no tenía erección, su boca temblaba haciendo pucheros y sus ojos brillaban con alguna lagrimilla. Paramos y me tumbé a su lado, mientras le acariciaba, para preguntarle qué le pasaba. Eso no hizo más que empeorarlo y se puso a llorar abiertamente, no acertaba a decir ninguna palabra. Tras unos segundos así consiguió serenarse y me pidió perdón. Le abracé y le recosté sobre mi pecho.

Más calmado, pero todavía compungido, se puso a hablarme sobre su novia. Me dijo que estaba hecho un lío, que creía que no quería estar con ella, pero que no era capaz de dejarla. Se había mudado fuera de su ciudad solamente para poder distanciarse, pero la chica no era consciente de que la relación se había roto. Él tampoco se atrevía a cortar del todo, según me dijo, porque su abuela le tenía mucho cariño a su novia y no quería darle el disgusto. Entiendo que para él era una situación complicada y dolorosa, pero yo me estaba viendo a mí, desnuda aunque ya nada caliente, con un chaval gimoteando sobre mi pecho porque echaba de menos a su novia.
Nos quedamos así un buen rato, mientras yo le consolaba y le aconsejaba sobre cómo no hacerle más daño a ella. Le sugerí que se tomase un tiempo antes de intentar volver a acostarse con otra mujer. Me dio las gracias, se vistió, volvió a pedirme perdón, y se marchó. No sé si se iría con la lección aprendida, más confuso o más desahogado, pero yo sí que me quedé prometiéndome que nunca más volvería a intentar nada con un chico tan joven.
AROH