Cuando conocí a Luis, lo primero que supe de él fue que tenía dos hijos… y que no formaban parte de su vida. Me lo contó sin rodeos, creo que fue en la primera cita. Yo le estaba contando que tenía dos hijas pero que prácticamente era madre soltera, porque el papá de mis niñas no quería hacerse cargo de ellas.

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Entonces me lo soltó: “Yo también soy padre, pero no tengo relación con mis hijos”.

Me quedé en shock. Lo primero que pensé fue que Luis era como mi ex, un desgraciado que no quería saber nada de sus hijos. Pero creo que me voy la cara que puse al soltarme aquel bombazo y me lo explicó todo.

Por lo visto, él y su exmujer se separaron cuando sus hijos eran pequeños. Ella se quedó la custodia y él visitas cada dos semanas y una pensión de alimentos que le pasaba religiosamente cada mes.

Durante los primeros años siguieron el acuerdo establecido. Pero cuando sus hijos tuvieron cierta edad (el mayor 18 y el pequeño 16 años) ellos mismos decidieron que no querían seguir yendo los fines de semana a casa de su padre.

Luis me contó que al principio insistió para que el pequeño, que aún era menor de edad, siguiera yendo, pero que se cansó de ver a su hijo siempre con cara larga en su casa, de que le diera malas contestaciones, y de ver que estaba incómodo. Así que le dijo que no volviera si no quería.

Él continuó pasando la pensión a su ex, porque los chicos aún estaban estudiando y era su deber como padre, pero poco a poco dejó de tener contacto con ellos. Nunca pasó nada malo, simplemente dejó de llamarlos por teléfono para tener conversaciones vacías. Se dio cuenta de que sus propios hijos no querían tenerlo en sus vidas y lo aceptó sin más.

Luis me gustaba. Era divertido, atento, sabía escuchar y tenía esa tranquilidad que a mí me faltaba. Pero esa sombra estaba ahí: un hombre que no tenía relación con sus hijos. No voy a mentir: me hizo dudar. Porque si alguien es capaz de desentenderse de sus propios hijos, ¿cómo se iba a comportar con los míos?

La relación fue avanzando y mis hijas conocieron a Luis. Y sin saber muy bien cómo, él se convirtió en parte imprescindible de nuestras vidas. Comenzamos a vivir juntos y Luis fue el padre que a mis hijas les faltó.

Se encargaba de llevarlas al colegio, a las extraescolares, a los cumples de los amiguitos. Jugaba con ellas, conocía sus gustos, la talla de sus zapatos, y, de vez en cuando, aparecía en casa con algún regalito para las peques. De hecho, estaba tan implicado en el día a día de mis hijas, que muchas personas que desconocían la historia daban por hecho que Luis era el padre de mis hijas.

Las niñas hasta lo llamaban papá. Al principio, pensé en corregirlas, pero realmente Luis era para ellas un padre.

Durante mucho tiempo me sentí la mujer más afortunada del mundo. Después de una separación complicada, había encontrado a un hombre que quería a mis hijas sin tener esa obligación.

Pero yo no podía evitar pensar en que aquel hombre tan maravilloso, que se había convertido en el padre amoroso que siempre deseé para mis hijas, tenía unos hijos a los que no veía hacía varios años.

Mientras él recogía a mis hijas del colegio, ayudaba con los deberes o se tragaba los festivales escolares, había dos chicos en algún sitio para los que ese mismo hombre había sido poco más que una transferencia bancaria mensual.

Durante años me repetí que no era asunto mío. Que cada relación paterno-filial es un mundo. Que seguramente su ex habría influido. Que las rupturas pueden convertir a cualquiera en una versión peor de sí mismo. Me construí un relato tranquilizador porque la alternativa era demasiado incómoda: aceptar que el hombre que estaba siendo un salvavidas para mis hijas había sido un naufragio para los suyas.

Al final creo que él encontró en mis hijas una segunda oportunidad para convertirse en el padre que debería haber sido la primera vez. Por lo que él cuenta, no fue un mal padre para sus hijos, simplemente se los dejó escapar. No supo mantener una buena relación con ellos cómo adultos, quizás porque no estuvo presente cuando eran niños.

Pero yo creo que nunca es tarde. Confío en que algún día los hijos de Luis sepan entender las circunstancias que llevaron a su padre a actuar de esa manera. Ojalá exista una reconciliación y quieran conocerme a mí y a las que ya son sus hermanas.