Que nadie piense que vengo a justificar la pillería, porque no es así. Todos sabemos que uno tiene que ser responsable para con sus estudios y no andar fumándose las clases. Pero también es cierto que, cuando uno lleva una media de ocho, pues oye, empezar un poco antes el fin de semana, tampoco es para rasgarse las vestiduras. 

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Estaba en el instituto, era ya primavera, venía el puente de mayo, sin clase ni lunes ni martes, y hacía un día fantástico. No apetecía nada tirarse las dos últimas horas después del segundo recreo tomando apuntes de Historia y Latín, lo que apetecía era tirarse uno en el césped del parque y mirar pasar las nubes. Sonó la campana del recreo y, ya a punto de salir, me llegó uno de los habituales del club de rol, que llevaba todo el día con una bolsa del Corte Inglés de la que nos había dicho que nos hablaría “después de clase” y me aconsejó que me llevara la mochila y la carpeta, y dijo lo mismo a otro par del aula. Puesto que el profesor era el primero que se largaba volando apenas sonaba la campana, nadie nos dijo ni media de a dónde íbamos con las mochilas. Salimos por la puerta principal, donde sabíamos que no habría nadie (el conserje pasaba kilo y medio de todo) y nos llegamos al parque que rodeaba el instituto. 

 

Una vez allí, sacó de la bolsa la caja de un juego: Die siedler von Catan (Los colonos de Catán, que llegaría a España años más tarde). El compañero tenía -aparte de pasta- un tío casado con una alemana que vivía en Berlín y que era todavía más frikazo que él (de casta le viene al galgo). Por lo visto, aquel juego no sólo apasionaba a su pariente, también lo consideraba instructivo, así que le había regalado una copia y se había asegurado de traducir todo lo traducible, a fin de que pudiera jugar con amigos. 

A mí aquello de “juego instructivo” me recordaba a los juegos de Educa, que de “juego” no tenían nada y eran un caso clarísimo de publicidad engañosa, así que no lo miré con muy buenos ojos, pero nuestro amigo nos aseguró que lo había jugado y que era la pera, adictivo como nada, y… bueno, que si nos apetecía darle una patada a las dos últimas horas de clase y probarlo antes de irnos a casa a comer. 

Aquí vamos a reconocer una cosa: la aureola de santa siempre la llevé de lado. Quiero decir que proyecté la imagen de serlo de cara a la galería porque era práctico, pero no era la primera vez que algún viernes me tomaba una hora o dos libres. Nos instalamos en un lugar más o menos llano del césped, pusimos libros como base y empezamos a jugar. Hay que decirlo: ni diez minutos de juego y estábamos todos enganchados como a una tragaperras, era relativamente fácil y muy dado al pique de conseguir más y más, comerciar, yo necesito madera, pues te doy a cambio piedra, pero quiero tres por dos… y en esas estábamos cuando sonó una explosión que nos dejó sin aire. 

Miramos al instituto y vimos una de las ventanas de nuestra clase que estaba sin cristal y salía humo blanco. En aquél momento, que la ETA todavía estaba en lo suyo, lo primero que nos vino a la cabeza es que había sido un atentado. Recogimos a toda velocidad y corrimos a ver qué había pasado, si había heridos, si… Qué raro, no salía nadie. ¿No deberían sacarlos a todos? Sólo unos minutos después, con el cambio de clase, vimos salir a nuestros compañeros y nos contaron lo sucedido. 

Había reventado un radiador. Como hacía calor, no había nadie sentado cerca, y menos mal, porque soltó agua muy caliente y la fuerza del estallido reventó el cristal. El humo que habíamos visto, era vapor de agua. Claro, el profesor de Historia les dejó salir, pero sólo al pasillo, que no era grave, y por el estilo las demás clases, dado que no había pasado nada horrible. Visto lo visto, y antes de que nadie notara que estábamos en el patio, nos eclipsamos discretamente y decidimos que mejor terminar la partida ya el sábado en el club. 

Salvo una chica que recibió salpicaduras que no le hicieron ningún daño, nadie se llevó más que el susto, pero yo sí que solía sentarme junto al radiador (no por nada, sino porque también al lado estaban los ventanales: cuanto más cerca de ellos, menos reflejo cegador en la pizarra), así que sí que podría haberme herido de estar en mi sitio, pensé más tarde. Mirándolo así, no dejéis que nadie venga a deciros que una de las desventajas de hacer pellas, es que puedes correr peligro estando fuera: a veces, uno corre más peligro dentro. 

Delice.