LOS “ALIADES” DE SOFÁ

Vamos sobradas de mensajes feministas. El verbo “empoderarse” está ya un poco desgastado y, a mí, sinceramente, me da bastante pereza. Además, el feminismo es un movimiento muy transversal, donde caben muchas formas de pensar… y sí, a veces se pisan entre ellas como en rebajas.

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Cuando hablamos de las transversalidades del feminismo, en realidad queremos decir algo muy simple: no todas las mujeres viven lo mismo. Ser mujer influye, claro, pero no es lo único. También importan el dinero que tienes, de dónde vienes, tu cultura, si has podido estudiar o si tienes alguna discapacidad.

Por ejemplo, no vive igual una mujer con una vida cómoda que una mujer que ha tenido que migrar y tiene pocos recursos. Las dos pueden encontrarse con desigualdades, pero no son las mismas.

Esta forma de entender el feminismo, conocida como interseccionalidad, nos ayuda a ver la realidad con más matices. Nos recuerda que hay muchas maneras de ser mujer y que cada historia cuenta.

Y ahora, si me permitís, voy a hablar de mi libro.

La convivencia con hombres que se creen aliades da para tesis doctoral. Ese espécimen que te recuerda, con orgullo, que “él hace la compra cada día”, mientras tú, en un acto de magia invisible, limpias baños, organizas la ropa y gestionas la vida de toda la tribu. Y entonces llega la joya de la corona: “qué suerte tienes, te ayuda mucho”.

Perdona, señora: no me ayuda. Vive aquí. Funciona aquí. Come aquí. Ensucia aquí. Luego también le toca responsabilizarse aquí. Porque no, no soy yo la encargada oficial del peso mental y físico de esta casa, seamos dos o veinte.

 

Y aquí aparece otra subespecie fascinante: el aliade del sofá. Se declara feminista, cocina, limpia… todo muy bien hasta que llega Navidad y suelta en el grupo familiar el típico calendario de taller mecánico con señoras medio desnudas “en plan broma”. Y cuando dices que eso no hace gracia —especialmente si hay adolescentes mirando— te llaman exagerada. O peor: “feminazi”.

¿Feminazi? Perdona, ¿he invadido yo Polonia esta mañana y no me he enterado? No, cariño, eso no es una broma. Eso es un micromachismo de manual. Y una ya está hasta el kiwi de los micromachismos disfrazados de chiste de cuñado.

Mientras tanto, yo intento criar a hijos varones que tengan responsabilidad emocional, que se impliquen en casa como cualquier persona decente y que sepan detectar estas cosas sin hacerse los suecos. Básicamente, que no se conviertan en simios con WiFi. Porque luego no quiero verme explicando a mis hijas que lo que hacen sus amigos o novios “no es normal”, aunque “ayuden a fregar los platos”. No, eso no es ayuda, es corresponsabilidad.

He tenido discusiones —llamémoslas “diálogos intensos”— con mi pareja, criado en el clásico hogar donde mamá lo hacía todo y papá, con ir a comprar, ya tenía el cielo ganado. Ha tenido que aprender que los comentarios de ciertos miembros de su familia no son bromas y que no, no hacen gracia.

También ha tenido que asumir que soy una mujer autónoma, con criterio, curiosidad y ganas de aprender. Y que eso no viene con un pack de “modo complaciente activado”. Recuerdo una vez, en una cena, hablando de política, que me mandó callar porque “yo no sabía suficiente”. Me callé… pero solo un rato. La conversación posterior en casa fue lo suficientemente clara como para que no volviera a intentarlo jamás.

El feminismo está en expansión. Y sí, nosotras lo sostenemos, lo empujamos y lo explicamos. Pero quizá ha llegado el momento de hacer menos PowerPoint y más práctica.

En casa, alguna vez he hecho huelga de brazos caídos. Resultado: el caos. La casa colapsa, la ropa desaparece, los platos se reproducen en la pila como gremlins enloquecidos… eso sí, la nevera llena, porque él ha ido a comprar. Morir de hambre no vamos a morir, pero igual comemos con las manos porque nadie ha lavado un plato.

Así que, chicas, actuemos. Pongamos límites a esos “aliades” que, en el fondo, siguen siendo OnVres encubiertos. Que entiendan que no estamos aquí para sostenerles la vida mientras ellos se cuelgan la medalla.

Porque sí: movemos mundos. Decidimos cómo, cuándo y por qué.

Y si no lo aceptan… que se vayan con sus madres.

 

Parvaty