Llevo más de treinta años organizando bodas. Treinta. Tres décadas viendo de todo: novias que se desmayan por llevar el corsé muy apretado, suegras que parecen sacadas de El Exorcista, novios que desaparecen cinco minutos antes de entrar al altar, invitadas que llegan vestidas de blanco y con tacón de aguja solo para joder… En fin, que pocas cosas me sorprenden ya.

O eso pensaba. Hasta que llegó ella.

La becaria.

O, mejor dicho, “Wedding Operations & Customer Experience Manager”, según su propia descripción en LinkedIn. Porque claro, poner “becaria” no quedaba tan potente para su branding personal.

Llegó ofreciendo café… y terminó quitándonos la silla

Entró como entran las tormentas: de golpe y sin aviso. Taconazo, blazer oversize, sonrisa de falsa humildad y ese discurso tan suyo de “vengo a aprender de vosotras, porque sois unas cracks” mientras nos miraba de arriba abajo evaluando hasta el color de nuestras cutículas.

El primer día nos trajo café. El segundo empezó a corregir cómo colocábamos los centros de mesa. El tercero, directamente, cuestionó todo el sistema de trabajo que llevamos aplicando desde que las invitaciones se hacían en imprenta con plomo.

«Perdonad, chicas, pero es que este protocolo está desactualizadísimo». «¿De verdad seguís haciendo las reuniones con las parejas en persona? Es que eso es cero escalable». «No entiendo por qué hacéis vosotros los paneles de distribución de mesas. Lo suyo sería subcontratarlo, pero bueno…»

Lo peor no era ella. Era la jefa

Porque claro, tú piensas: “Bueno, es una niña. Se le bajarán los humos. La jefa le pondrá en su sitio”. JA.

La jefa, que ya tiene un pie en la jubilación y el otro en las fotos del viaje a Benidorm, le dio carta blanca desde el día uno. «Déjala, que sabe mucho de redes». «Enséñale cosas, que al final estas chicas jóvenes vienen con otra mentalidad”. «Ay, cómo me recuerda a mí cuando empecé…»

Perdona, Mariló, tú cuando empezaste no le gritabas a nadie por el orden del almacén ni decías que el lazo de la silla no alineaba con la sostenibilidad del evento.

Y así empezó el show

A la segunda semana ya hacía las entrevistas con las novias. A la tercera cambió el proveedor de flores porque «no era estéticamente instagrameable». A la cuarta, le dijo a una compañera —que lleva aquí desde que se casaban nuestros propios padres— que “tenía que adaptarse a la nueva metodología de trabajo, que si no, se quedaba obsoleta”.

Todo eso mientras subía historias a Instagram desde el baño de la oficina con el filtro de glitter.

La vimos pasar de «hazme fotocopias, porfa» a «necesito que tengáis los timelines del evento listos antes del briefing con la pareja». De “no quiero molestar” a “tienes que revisar tu actitud porque bloqueas el flujo de trabajo”. De “chicas, gracias por vuestra ayuda” a “me lo llevo yo, porque es que si no, no queda bien”.

Y lo más triste… es que la jefa se lo permite

Nosotras aquí, con nuestros sueldos estancados desde que Amparo se casó en el 98, sacando bodas adelante con hilo, cola caliente y mucha paciencia… y mientras tanto, la becaria hace y deshace como le da la gana.

Nos cambió las tipografías del catálogo. Nos prohibió poner manteles con caída porque “lucen anticuado”. Nos vetó los centros de flores redondos porque “son muy 2015”. Y lo peor: propuso que la empresa dejara de regalar el ramo de la novia. Que es, literalmente, una tradición de la casa desde hace más de 25 años.

«No tiene sentido regalar nada. Eso devalúa el producto”. Perdona, Clara. Lo que devalúa el producto es tu existencia.

Lo que antes era un trabajo, ahora es una guerra fría

Vas a encender la cafetera y ya no sabes si es café… o cianuro. Nos cruzamos por el almacén con sonrisas tensas, “buenos días” que suenan a “ojalá te tropieces con la alfombra del salón de banquetes”, y correos pasivo-agresivos donde todo es “para agilizar procesos”.

Y mientras tanto, la jefa en su nube de “yo ya estoy para jubilarme”, haciéndose la loca mientras la otra nos pasa por encima en tacones, con la agenda llena de tareas que no son suyas y un discurso de “es que aquí nadie se adapta al cambio”.

¿Y ahora qué?

Ahora… pues ahora nos miramos las unas a las otras con esa complicidad silenciosa de quien sabe que, cuando esta criatura se estrelle —porque se va a estrellar—, aquí estaremos nosotras recogiendo los restos del ramo, del photocall y de la dignidad de esta empresa.

Porque sí, cariño. Tú eres becaria. Pero nosotras somos las que hacemos que esto no se hunda.

 

(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.