Una seguidora me preguntó hace tiempo si podría modificar un poquito su historia para poder compartir con la gente la parte más emotiva de su vida. Es algo que termino haciendo casi siempre que cuento historias vuestras pues, si no las contáis vosotras, es precisamente para que la gente que os conoce no sepa que sois vosotras. Así que, aunque algunos datos están cambiados, voy a contaros una de esas historias que me tuvieron con el pañuelo en la mano unos días mientras preparaba este relato.
Marta es una chica de 35 años. Ella creció en un hogar que describe como feliz. Era la mayor de 3 hermanos a los que les llevaba 6 y 7 años respectivamente. Su madre siempre la hacía rabiar diciendo que tardaron tanto en ir a por una hermanita porque tenían que recuperarse de la lata que ella les había dado. Su padre, sin embargo, siempre le decía que tuvieron que pensárselo mucho porque les parecía imposible querer tanto a otra persona como la querían a ella.

Su hermana mediana siempre estaba pegada a su madre y su hermano pequeño desde siempre fue muy independiente, pero ella siempre siempre tuvo una debilidad especial por su padre, que era totalmente mutua. Aunque sus padres siempre dijeron que los querían a los tres por igual y aunque ella adore a su madre, la relación con su padre era otra cosa. Era como si sus corazones estuvieran cosidos y no les hiciese falta hablar para saber lo que escondían dentro.
Su hermana fue la primera en irse a vivir por su cuenta. Así como cumplió los 18, habiendo terminado un ciclo medio y trabajando en lo que iba encontrando, quiso irse a vivir con unas amigas que estaban estudiando todavía. Ella siempre había sido un espíritu libre.
Marta, por otro lado, terminó la carrera, el máster y, aunque había empezado a trabajar, no tenía prisa por irse todavía. No tenía pareja y su vida era muy tranquila, así que esperó a haber ahorrado y a poder tener un trabajo mejor antes de abandonar el nido.
Cuando Ángel (su pareja) y ella decidieron irse a vivir juntos, ella tenía ya 28 años. Le daba pena pensar que ella y su hermano se fueran a independizar en el mismo año y sus padres pasaran de ser 4 a 2 en tan poco tiempo, pero es ley de vida y aunque viviesen separados, seguirían estando unidos.
Cada domingo los 3 hermanos iban a comer a casa. No era una norma, pero poco a poco fueron coincidiendo allí hasta hacerse tradición. Ángel y el padre de Marta se habían entendido genial desde el principio de la relación y tenerlo allí cada domingo significaba que entendía la importancia de la familia para Marta y era muy buena señal.
Marta y su padre, además, iban juntos a la biblioteca una vez por semana para llevarse cada uno el libro que el otro le recomendaba. Ellos dos eran un pequeño club de lectura extraño. Tenían tanto en común…
Cuando Marta y Ángel se casaron, su padre fue el padrino de boda más orgulloso del mundo. Irradiaba felicidad por las cuatro esquinas y nadie pudo contener las lágrimas cuando hizo un brindis agradeciendo a Ángel ser el compañero perfecto para su pequeña. Se abrazaron ambos y lloraron de emoción y cariño.
Nadie podía esperar que un año más tarde, ese orgulloso padrino de boda, iba a pasar por una larga y muy dolorosa enfermedad que le llevaría a transformar su cuerpo en la sombra de lo que había sido, su alegría se había apagado y, aunque intentaba brillar para su familia, aquel tumor lo apagaba cada día más y más rápido hasta dormirse para siempre en un sueño eterno que al fin le dejaría dejar de padecer dolor.
La etapa de la enfermedad fue larga, dolorosa y desesperante para toda la familia, aunque obviamente, más para él. Constantes ingresos en los que toda la familia se turnaba para no dejarlo solo, largos tratamientos que lo dejaban echo polvo y decenas de citas médicas que arrebataban a cada paso un poquito más de esperanza.
Sin embargo, él siempre lo afrontó con toda naturalidad. Decía que esa tortura era el pago que debía dar al universo por haber tenido una vida tremendamente feliz. Y la realidad era esa, nunca habían tenido serios problemas de dinero ni de salud; sus tres retoños habían podido hacer de sus vidas lo que desearon siempre y seguían unidos a ellos a pesar de tener sus vidas. Su mujer y él siguieron enamorados como sólo las personas que entiendes el trabajo y compromiso que conlleva conservar el amor tantos años pueden hacerlo. Por todo esto él decía que le tocaba pagar la cuenta y que la pagaba con gusto para hacer que su querida familia no se quedase sin él de un día para otros, sino que pudieran sentir el relativo alivio que se siente cuando la vida duele más que la muerte, la sensación reconfortante de saber que alguien que sufría, ya no lo hace. Creía que era un tiempo de descuento, un tiempo para despedirse…

Un día se despertó y besó a su mujer con toda la pasión que sus flaquezas le permitieron. Dijo sentir cómo su amor le llenaba la parte que la salud había dejado libre. Pidió a su mujer que llamase a “los niños”. Apenas podía respirar y se había negado a volver al hospital. Sabían que era cuestión de tiempo.
Tras comer todos juntos alrededor de la cama de su padre, él pidió que le dejasen dormir un rato solo. Llamó a Marta antes de que saliera y le pidió que se quedase con él un momento. Estando solos, su padre le cogió las manos y, dejando entre ellas un sobre cerrado, le susurró “Espero que puedas perdonarme”. Ella escondió el sobre en el bolsillo de su pantalón y le besó la frente de su padre diciéndole que nada que él pudiera haber hecho necesitaba una disculpa. Él suspiró y se durmió.
Ella no se movió de allí. Un rato más tarde llamó a su madre y hermanos, pues su padre parecía estar soñando. Todos lo rodearon y lo cotaron de alguna manera buscando hacerle sentir acompañado. Ángel apoyaba su mano en la rodilla de su querido suegro que no hacía tanto tiempo lo abrazaba orgulloso. Así partió al descanso más que merecido, rodeado del amor de una familia que lo adoraba.

Pasaron días hasta que la madre de Marta tuvo fuerzas de recordarle que tenía una carta de su padre sin leer. Ese día había sido demasiado intenso para recordar aquel sobre. Su madre pidió estar presente cuando lo leyera y Marta acudió a la casa que la vio crecer para leer las últimas palabras que su padre quiso decirle.
Una larga carta llena de cariño y culpa le esperaba dentro de aquel sobre. Su padre le contaba cuanto amó a su madre desde el primer momento y cómo ella se movía en su interior desde antes de que él pudiese conocerla.
La madre de Marta se había quedado embarazada de un novio que tenía desde hacía tiempo, el cual había huido despavorido el mismo día en que supo que su novia esperaba un bebé. El padre de Marta había conocido a su mujer cuando ella estaba embarazada de 4 meses. Ella puso muchas trabas a la relación, pero él le juró que aquel bebé le llamaría papá y él presumiría orgulloso de su parecido, aunque fuera en el blanco de los ojos.
Su padre confesaba haber conocido el más puro amor incondicional el día de su nacimiento y cómo ella había sido la manera perfecta de unir a sus padres.
Nunca habían planeado mentirle, pero no encontraban el momento de contarle la verdad. Eran tan felices y tenían tanto miedo de que ella lo tomase mal que lo habían ido dejando pasar hasta que ya no tenía sentido. Pero su padre, al saber de su inminente partida, sintió la necesidad de confesarle a su hija la verdad para que supiera que ella había sido la niña más esperada que se pudiera imaginar, pues supo de su existencia desde antes de amar a su madre y que seguramente su enamoramiento repentino viniera por saber que su pequeña estaba allí con ella.

Su madre la miraba tensa, esperando una reacción. Marta sólo podía llorar y llorar por pensar que su padre hubiese sentido la más mínima culpa por haber sido un hombre maravilloso y haber demostrado que para ser padre no es necesario que la genética entre en juego. Las dos mujeres se abrazaron y lloraron durante largo rato. Esa tarde Marta le contó a su madre que estaba embarazada y que, si era niño, le pondría el nombre de su padre.
Un tiempo después la madre de Marta preguntó si querría saber quien era su verdadero padre. Ella le dijo “Sé quien es mi verdadero padre, se llamaba Roberto y murió cubierto de amor hace poco”. Y así se zanjó para ella la historia de un poco hombre que utilizó a su madre, pero que, claramente, le hizo el mejor de los favores, dejando sitio para aquel hombre maravilloso que ahora las cuida desde las estrellas.