Hace un tiempo conocí a una chica que desprendía alegría allá donde fuera. No teníamos un trato directo, pero sí coincidíamos con frecuencia en los mismos círculos.

Ella me caía muy bien y me encantaba oírla hablar de música. Es su pasión y claramente entendía muchísimo de lo que hablaba. Yo me descubrí dando una oportunidad a géneros musicales que jamás habrían llamado mi atención gracias a ella, pero es que la veía hablando con tanta pasión que hacía que me gustase antes de oír nada.

Seguimos un tiempo esta extraña relación en la que nos veíamos solo de casualidad, pero ahora teníamos nuestras redes sociales. Allí fue donde vi de pronto una desaparición que, de no haber sido por su cuenta de Instagram, no me hubiese llamado la atención.

Ella era muy activa en redes. Subía canciones nuevas cada día en stories, publicaba fotos preciosas de las vistas de su casa, de ella misma siempre sonriente… Y de pronto, nada.

Se me hizo extraño, pero quien era yo para preguntar.

Una semana más tarde la vi. Seria, ojerosa, con los ojos rojos de llorar, intentando sonreír mientras peleaba con la comisura de sus labios que no le dejaban fingir. Me acerqué a saludarla y vi los restos de su alegría y gentileza apagarse en sus ojos. Ella quería, pero algo dentro no la dejaba.

No supe qué hacer. El inexplicable cariño que yo le tenía no justificaría mi genuina preocupación, pues no correspondía con el tipo de relación que teníamos, así que no pregunté ni ofrecí nada por no parecer una cotilla en busca de información, pero os puedo asegurar que me preocupaba de verdad.

La vi en redes en un evento público al que fue de invitada como experta en un género musical. No era ella. Aquella figura no era siquiera la sombra de la preciosa mujer a la que acostumbraba a ver en redes hablando de nuevos compositores.

No fui la única que lo notó y vi a personas indiscretas preguntar en público qué le pasaba o si estaba bien. Yo me sentí mal y le escribí por privado. Quería ofrecerle mi abrazo, pero sin ser invasiva, pero que supiera que podría contar conmigo, pero por qué habría de hacerlo, pero… Pero, pero… Lo hice. Le escribí y me alejé un poco.

Un tiempo después un conocido común pasó a ser amigo suyo cercano. Con un poco menos de vergüenza le hablé de mi preocupación por ella y de la impotencia que sentía al ver que alguien tan maravilloso hundirse de pronto y no poder hacer nada, pues al fin y al cabo yo no era nadie para ella y mi cariño era solo por admiración y terceras personas.

De pronto un  día algo cambió. Sus fotos no eran como antes, pero volvía a haber fotos. Vi alguna publicación que me hizo entender (a mí y a todas las que hemos tenido a alguien al lado empeñado en apagarnos y que al irse dejan la más absoluta oscuridad) que estaba saliendo del agujero, entendiendo que aquello que le pasó (fuera lo que fuera) no había sido justo, pero que quedarse anclada ahí no le aportaría nada.

Y, sin más, todo aquel brillo que tenía, esa luz propia con la que parecía brillar meses atrás se multiplicó, pasó de ser alegría a ser felicidad real. Su gesto relajado transmitía una armonía que se me hacía familiar. Me recordaba a cuando quien es hoy mi marido me miraba y me decía “Tienes paz en los ojos” y yo pensaba en cuanto me había costado salir de la tormenta. Era esa, esa clase de mirada, la de quien sabe que viene de lo más oscuro y ahora no solo sabe que puede comerse el mundo, sino que ya lo está haciendo.

La vi viajar, la vi reír a carcajadas y la vi permitirse emocionarse, que es algo tan difícil a veces cuando vivimos con esa presión en el pecho…

Hace poco pude hablar en privado con ella, pero en persona esta vez. Le dije cuanto me había preocupado y cuanto me alegraba de verla así ahora. Ella me dijo que tenía razón en mis sospechas, alguien la había roto. Yo no quería información, al menos no más de la que ella quisiera realmente quisiera darme.

La oía hablar y me parecía estar viviendo un déjà vu. Las mismas sensaciones, experiencias similares con los mismos resultados y al final… Alguien dispuesto a ser esa persona normal, generosa, pero nada increíble en realidad, que te ofrece una mano y, sobre todo, te ofrece un espejo. Ese en el que puedes verte no con tus ojos sino con los del resto. Ese que te muestra que tienes mucha ayuda, pero que en realidad no la necesitas. Ese que te muestra la parte de ti que la impostora que llevas dentro esconde. Entonces te ves y sabes que toda tú eres válida. Y es cuando coges esa mano, no para que te saque del hoyo, sino para que te acompañe en este nuevo camino donde te sabes capaz.

Igual de inexplicable mi preocupación de entonces que mi alegría de ahora, pero es que hay personas que se hacen querer aun sin pretenderlo y haber estando al tanto de su evolución me hace sentir una profunda empatía.

Solamente espero seguir viéndola sonreír en persona o en sus redes y poder alegrarme de cada uno de sus logros, pues creo que alguien tan transparente y con una bondad tan grande solamente merece que le pasen cosas bonitas.