Buscar trabajo se ha convertido en una mezcla entre reality show, prueba de resistencia a nivel olímpico y ritual de humillación colectiva. Y todo ello aderezado con frases motivacionales de LinkedIn dichas por gente que probablemente encontró empleo en 2014 y desde entonces vive del “si quieres, puedes”.
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Aquella mañana lluviosa —rarísima en Andalucía, aunque este invierno parecía Londres— estaba haciendo lo de siempre: InfoJobs, Indeed, Adecco y, cómo no, LinkedIn. Ese lugar extraño donde antes había profesionales compartiendo experiencias y ahora solo hay coaches de vida, publicaciones escritas por ChatGPT y gente fingiendo que trabajar doce horas al día es un sueño. Y, entre tantas cosas sin sentido, apareció la oferta. Una consultora de igualdad buscaba a alguien para elaborar material didáctico. Encajaba perfectamente con mi formación, con mis intereses y, sinceramente, con mis ganas desesperadas de encontrar algo decente. Era en mi ciudad, parecía una señal divina. Mandé el currículum y, para mi sorpresa, aquella misma tarde me llamaron. Querían entrevistarme el lunes. Recuerdo la felicidad que sentía ese viernes lluvioso, yo ya me había montado la película entera en la cabeza.
La entrevista fue rara desde el principio. Llegué diez minutos antes —porque aunque sepamos que eso da igual, seguimos haciéndolo para presumir de nuestra flamante puntualidad— pero en esta ocasión, me hicieron esperar fuera porque “todavía faltaban diez minutos”. Fuera llovía, así que preferí esperar en la misma planta en la que se encontraba la oficina. Total, sólo eran diez minutos, pasarían volando. Y así fue. Al llamar, me abrió la directora de la oficina, la cual me iba a realizar la entrevista. Era una mujer seria, directa y con esa energía de persona que no pierde el tiempo ni pretende caer bien. Me explicó el puesto y cuanto más hablaba, más sentía que por fin aparecía algo hecho para mí. Y la entrevista salió bien. Muy bien. Lo cierto es que expresarme es mi punto fuerte. Sé vender mi perfil sin parecer una vendehumos de manual. Y se notaba que les estaba gustando. Tanto, que al llegar a casa me llamaron otra vez: había pasado a la siguiente fase.
La siguiente fase, cómo no, consistía en trabajar gratis. Tenía que redactar el prólogo de una guía para un cliente real. Lo hice. Lo envié. Y poco después me volvieron a llamar. Al parecer otra candidata había plasmado mejor las ideas, pero yo comunicaba muy bien y tenían otra vacante perfecta para mí: formadora en igualdad. Ahí ya me terminé de ilusionar.
Me enviaron unas diapositivas, me citaron en un instituto privado a casi cuarenta kilómetros de mi casa y me dijeron que querían verme “en acción”. Lo que yo entendí como una prueba acabó siendo directamente una ponencia real delante de alumnado real. Gratis, por supuesto. La directora ni apareció. Solo estaba otro formador que luego le daría feedback sobre mí. Y entre conversación y conversación me soltó un detalle maravilloso: el puesto implicaba desplazarse constantemente, no había coche de empresa y la gasolina corría por tu cuenta. Ya el trabajo no parecía tan ideal como al principio. Aun así hice la ponencia porque quería ver cómo terminaba todo y poder dar la oportunidad a la directora de que me explicase las nuevas condiciones.
La ponencia fue bien. Tanto que de camino a casa volvió a llamarme para decirme que había gustado muchísimo. Pero entonces llegó el giro. Me comentó que el siguiente fin de semana tenían un evento de dos días y esperaban que yo lo cubriese. Le expliqué que no podía y que, además, esa no era exactamente la vacante por la que había empezado el proceso. Me colgó. Y un minuto después me volvió a llamar furiosa para decirme que entonces se quedaban con la otra candidata. Fin.
Aquella empresa consiguió gratis un prólogo y una ponencia completa. Y yo conseguí una lección acelerada sobre cómo algunas empresas utilizan discursos feministas, sociales o de “igualdad” para maquillar condiciones laborales lamentables. Porque sí, hay algo especialmente irónico en que te exploten precisamente quienes luego dan charlas sobre derechos laborales, igualdad y ética profesional. Con el tiempo descubrí que la empresa tenía bastante mala fama: desplazamientos eternos, gasolina no pagada, horarios imposibles y categorías laborales más bajas para ahorrar costes. Así que sí. Esta que os escribe fue timada en nombre de la igualdad.