Hace poco he sido víctima de una maquinaria capitalista salvaje que no puede ser buena para la salud mental. Entiendo las artimañas actuales del marketing y la necesidad de acaparar la atención y causar un impacto en un mundo saturado, pero hay cosas que superan todos los límites.
A principios de mayo me avisaron de que salían las entradas para el concierto de Bad Bunny y yo quería ir con una persona de mi familia, que es muy fan y este año cumple sus 18. Me registré en Live Nation para poder acceder a la preventa, un día antes de la puesta a la venta general, y estuve pegada al ordenador esperando resultar agraciada.
Aquel día no hubo suerte, aunque el “bueno” de Bad Bunny avisó en plena venta de que habría más conciertos para que nadie se quedara sin verlo. Ante tales anuncios, el “hype” subió y la web petó. A mí me metieron en una cola virtual durante horas y, para cuando pude acceder a la venta, ya no había entradas. Al día siguiente sería.
El viernes lo volví a intentar a través de Ticketmaster en coordinación y comunicación directa con dos amigas que también querían conseguir entradas. Las salas de espera virtuales abrían 45 minutos antes del inicio de la venta, y se establecieron diferentes tramos horarios para ir lanzando las de cada concierto. Fue un caos. En medio de la jornada se fueron anunciando nuevas fechas de concierto, lo que implicaba más tramos horarios abiertos y taquillas virtuales abiertas para conseguir entrada.
Entré en todas las salas con los 45 minutos de antelación de rigor, muy pendiente de la hora de inicio para que me metieran en la cola virtual. Pese a ello, creo que lo más cerca que estuve de la “taquilla” fue en el puesto 15.000. Esperé, esperé y esperé en cada ocasión, a veces haciendo colas simultáneas, y fue para nada. Cuando lograba entrar, las entradas que yo me puedo permitir estaban ya agotadísimas.

Los precios dinámicos y la reventa
Ocho horas seguidas pasé entre salas de espera y colas virtuales, intentándolo y volviéndolo a intentar. El mismo viernes por la noche ya no quedaban entradas en el rango de 89 a 179 €, al menos, que yo encontrara (y buscar busqué bastante).
Las únicas que quedaban disponibles eran las llamadas entradas Platinum, un invento de esas mentes de la industria que demuestran una codicia que no deja espacio a un mínimo de ética. Esta artimaña vergonzante consiste en sacar un número de entradas a precios dinámicos. Cuando seleccionas entradas tipo Platinum, el sistema te ofrece una única opción que tú decides si quieres pagar o no, con un precio prefijado que se regula según oferta y demanda. Yo he llegado a tener la oportunidad de comprar dos entradas Platinum a 500 € y, minutos más tarde, las mismas para el mismo concierto a 1.200 € entre las dos.
No hay posibilidad de elegir asiento en esta categoría Platinum de la que hablo, y las entradas etiquetadas en esta categoría están repartidas por todo el estadio. Se puede dar el caso de que compres una entrada Platinum por 300 € para ver el concierto en una zona que, inicialmente, era de las más económicas (por ejemplo, 120 €).
Para elevar más el nivel desquiciante que alcanza todo esto, la organización de los conciertos ha permitido que se compren hasta 8 entradas de una vez. La propia Ticketmaster favorece la reventa. Menos de una semana después de iniciar la venta de entradas abrió la opción “Fan to Fan”, con la que cada cual podía vender entradas a un 20% más de lo que las compró, como máximo, a través de la propia Ticketmaster. A día de hoy, tanto Ticketmaster como Ticketswap y la denunciada Viagogo venden cientos de entradas.
La organización ya ha anunciado varios “Sold out”, pero no. Entradas sí que hay. Muchas, además. Lo que pasa es que están a precios que la mayoría de jóvenes no se pueden permitir, que son los que más siguen a Bad Bunny. Dejamos para otro día el debate de cuánto dinero merecen que te gastes los artistas de este tipo.

Esto tiene que ser denunciable
No sé si será denunciable, ilegal o alegal, pero, como mínimo, es muy poco ético lo que han hecho tanto la organización de los conciertos de Bad Bunny (con la connivencia del artista, probablemente), Live Nation y Ticketmaster.
Han retenido nuestra atención durante horas, anunciando de forma progresiva nuevas fechas de concierto ya previstas en los momentos justos, aumentando el entusiasmo.
Han motivado que nos sintamos estúpidos por no conseguir un simple par de entradas en un listado de 12 conciertos en estadios de fútbol, habiendo cientos de miles de entradas disponibles.
Nos han hecho perder tiempo y energía intentando conseguir entradas cuando, en realidad, la maniobra estrella de los precios dinámicos estaba orquestada desde el principio.
En definitiva, hemos sido víctimas de una dinámica de venta propia de un capitalismo salvaje que juega con el dinero y la ilusión de millones de personas que solo quieren disfrutar de un concierto. Es vergonzante, absurdo y de una catadura moral a la altura de la Fosa de las Marianas.
Sigue y va a seguir sucediendo con los artistas de talla internacional que visiten España. Ellos mismos y el séquito de depravados que los rodean saben jugar con el famoso miedo a perderse algo (FOMO) y a quedar fuera de la conversación o la tendencia del momento. Quizás quienes vamos peinando canas estamos a salvo, pero los más jóvenes no.
Para ilustrar que esto es una cuestión de ética, cito un ejemplo como el de Manuel Carrasco. Las entradas a sus conciertos son nominativas y, para cambiar el nombre, tienes que mover Roma con Santiago. Así se disuade a los desaprensivos de la reventa. Si compras la entrada de un concierto de Manuel Carrasco es porque tu único interés es ir a disfrutar de su música, punto.
Lo que aquí escribo no va a detener ciertas prácticas ni cambiar nada en absoluto, probablemente. A Ticketmaster y su monopolio se la sudan las denuncias de la OCU, cuanto más lo que tengamos que decir nosotros, consumidores insignificantes y sin identificar en una masa etérea y carente de juicio. Pero siempre es buen momento para recordar que no tienen vergüenza y apelar al criterio de cada cual. Estamos haciendo famosos y muy ricos a la gente incorrecta.