Esta turbia historia que data de mis tiempos de tierna y angelical juventud se remonta a mi primer año de universidad, ese curso emocionante en el que acabamos de cumplir la mayoría de edad y ya nos creemos adultos y de vuelta de todo, sumando a esto la sensación de libertad que nos da el contraste del cambio del instituto a la uni.

Habíamos formado la típica pandi que no paraba de organizar planes: sobre todo, juergas nocturnas, qué os voy a contar yo a los que hayáis vivido también esta experiencia. Teníamos confianza, nos divertíamos, nos pegábamos unos fiestones importantes… vamos, lo típico. Pero hubo una ocasión en la que aquello se nos fue de las manos:
En el grupo se había creado una parejita que a esas alturas del curso ya era más que estable: conocían a sus respectivas familias, iban siempre juntos a todas partes…
Los dos eran activos, alegres y participativos y se encargaban de organizar la mayor parte de los cotarros a los que luego todos los demás nos uníamos. Y aquella vez no fue la excepción.

Aunque ambos vivían aún con sus padres, ese fin de semana la chica se quedó sola en casa y aprovechó para organizar un fiestón más. Y allá que fuimos todos de cabeza, claro.
La noche empezó como siempre, aunque desde el principio todo era distinto: la chica se había currado un ambiente extremadamente étnico, casi rozando lo irreal, desde la música, la decoración de la casa, hasta las bebidas que no eran las típicas. Lo más “normal” que allí se nos ofreció era absenta. Con eso os digo tó.
No nos pareció extraño en ningún momento: la chica se auto llamaba bruja desde que la conocíamos y estábamos acostumbrados a muchas de sus estravagancias que además nos solían divertir.
Esa noche pues, una vez más, jóvenes e incautos, todo nos pareció la mar de original y no dudamos en integrarnos alegremente en el ambiente.

Al principio, todo transcurría con la normalidad de siempre: nuestras típicas risas, conversaciones, bailes. Pero al cabo de un rato, nuestros sentidos parecieron empezar a distorsionarse: lo que veíamos, lo que notábamos, todo lo que percibíamos parecía haber cambiado y nos sentíamos como si estuviéramos en otro plano, en una dimensión irreal que experimentábamos de forma natural y sin prejuicios.
Comenzamos a jugar al típico “beso, atrevimiento o verdad” y la cosa empezó a ponerse calentita: los inocentes besos iniciales, las confesiones y los tocamientos dieron paso, sin recordar exactamente cómo se llegó a eso (tengo que admitir que a partir ese momento tengo una laguna enorme en mi memoria) a una escena propia de cualquier peli erótica en la que todos nos besábamos con todos, nos acariciábamos, nos abrazábamos y descubríamos y recorríamos nuestras desnudeces.
Digo película erótica y no porno directamente porque fue curioso cómo aquella “orgía” improvisada no desembocó en sexo completo: en todos los casos, se estuvo lejos de llegar a la penetración, y solo recuerdo a un par de personas (¡ALERTA SPOILER: la organizadora del evento!) dando y recibiendo sexo oral. Eso fue lo máximo que allí ocurrió. De hecho, dudo mucho que alguno de los allí presentes acabase la experiencia en un orgasmo. Pero cada uno de nosotros, independientemente de nuestras orientaciones sexuales, se enrolló con todo el resto de los integrantes del grupo, más de manera sensual que con excitación sexual en sí.

Era la primera vez (y supongo que la última para la mayoría, al menos para mí) que sentía un impulso o una atracción hacia personas de mi mismo género. Parecía como si de pronto no existiesen filtros entre nosotros, como si no existiesen distinciones a la hora de disfrutar de nuestros impulsos más instintivos.
No recuerdo cuánto duró aquello ni cómo acabó exactamente la noche. Pero al lunes siguiente, cuando nos volvimos a encontrar todos en clase, casi no nos podíamos mirar a las caras del pudor que sentíamos, ya sin el estado de consciencia alterado de la otra noche.
De hecho, quitando algún comentario puntual esa misma mañana entre risas nerviosas, ya no volvimos a hablar del tema y continuamos nuestra amistad y nuestra vida social con la normalidad con la que la habíamos llevado hasta entonces.
Solo una persona se fue de la pandilla: la chica organizadora de la fiesta, cuando lo dejó con su pareja. Y en un par de semanas, la empezamos a ver paseando de la mano de otra chica, también de la misma universidad.
Y ahí empezaron nuestras sospechas. No teníamos ni idea de su gusto por las mujeres y de pronto nos dimos cuenta de que ella, además de organizar la fiesta, había actuado de forma muy activa durante todo el tiempo de «acción» aquella noche, casi llevando la batuta de todo el percal. Y ahora veíamos también que era la que más se había dado el lote con las otras chavalas, casi rozando el baboseo de tan intensa. De hecho, prácticamente había estado huyendo de los tíos todo el tiempo.
Esas sospechas nunca las llegaremos a corroborar: pero ¿quizás nos había drogado a todos echando algo en las bebidas para conseguir cumplir una de sus fantasías sexuales?

De aquellas, no se oían tantas cosas como hoy en día sobre ese tipo de sustancias que pueden anular tu voluntad, pero ninguno terminábamos de comprender ese estado distorsionado colectivo de la realidad que todos recordábamos difusamente incluso al día siguiente y que al principio habíamos achacado a una “extraña resaca”.
Y aunque no se puede decir que la experiencia fuera traumática, sí que nos dejó la sensación de haber perdido un control que, obviamente, nadie quiere dejar de tener de forma involuntaria. Así que, aunque sé que no os descubro nada nuevo, me voy a permitir la confianza de recordaros que tengáis cuidadín con las bebidas o sustancias que os ofrecen (ya veis que incluso vuestros propios “amigos”). Que haya servido de algo, además de para vuestro mero entretenimiento, mi batallita.
Anónimo
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