Antes de que os cuente esta movida, quiero explicaros el contexto. No pretendo que lo aceptéis, sino que entendáis el lugar desde donde sentí la necesidad de hacer una cosa así. Yo tenía una relación con un chico desde hacía tres años y vivíamos juntos en un piso de su propiedad. Nuestra relación era tóxica de cojones, pero el lugar de donde yo venía era aún peor. Mis padres se llevaban a matar; crecí siendo testigo del maltrato psicológico de mi padre hacia mi madre, por eso acepté ciertas cosas como «normales».

Este chaval me tenía más controlada que un policía a una rave. Tenía que saber con quién quedaba y dónde estaba. Si me retrasaba, me mandaba mensajes pasivo-agresivos llamándome de todo: que si estaba follándome a otro, que si era una guarra… Si no contestaba al momento, me llamaba insistentemente y me amenazaba. Cuando llegaba a casa, me caía la del pulpo. Sentía que era mi obligación aguantar, porque era lo que mi madre había hecho siempre y, además, dejarlo significaba volver al infierno de mi casa.

Sin embargo, la situación se me hacía cada vez más cuesta arriba. Cada vez que quedaba con una amiga, temblaba pensando en la hora de volver. Era tal mi estado de nervios y ansiedad que sentí que tenía que devolverle algo de lo mal que me lo hacía pasar. Entonces, decidí vengarme.

El primer anónimo se lo dejé enganchado en la puerta del coche. Sabía que había gente que no le tenía estima por su trabajo, así que decidí meterle miedo por ahí. Desde el balcón vi cómo cogía el papel, lo leía y se lo guardaba en el bolsillo. Cuando llegó a casa, actuó como si nada. El segundo se lo dejé a las pocas semanas, después de que volviera a liármela por haber salido a comer con una amiga. Esta vez, la nota fue al buzón.

Al final se convirtió en una dinámica: él me puteaba y, a los pocos días, yo le dejaba un anónimo. Lo que decían me lo reservaré, pero él empezó a estar receloso y a salir menos de casa. Como estaba dándole vueltas a las notas todo el rato, me dejó un poco de lado y pude respirar tranquila un tiempo.

Un día, tras una discusión monumental, lo acabé dejando. Estaba tan hecha polvo psicológicamente que me era imposible seguir. Volví a casa de mis padres y, a los pocos meses, me alquilé un piso para mí sola y fui a terapia. Trabajé mis traumas y, poco a poco, fui construyendo relaciones más sanas y marcando límites.

Él nunca supo que la de los anónimos era yo; creo que ni lo sospechaba. Si me preguntáis si me arrepiento, la respuesta es: no. Reconozco que no estuvo bien, pero al final, cuando apaleas a un perro, por bueno que sea, te acaba mordiendo.