**Relato**

 

Durante tres largos años, trabajé en un servicio de atención telefónica médica. Durante ocho horas al día, me pagaban por escuchar todo tipo de voces, todo tipo de historias médicas, todo tipo de peticiones, algunas aceptables, algunas entendibles, algunas disparatadas. Mi trabajo era hacer una correcta criba entre las que sí merecían actuación médica y entre las que no.

Si, según mi criterio, curtido con el paso del tiempo y tirando de mucho sentido común (sí, ese sentido que últimamente es el menos común de todos los sentidos), creía que la llamada de turno debía ser valorada en una primera instancia por el servicio médico, la traspasaba a la sala donde trabajan los médicos. Esta sala estaba situada en otro edificio, separada de la nuestra por varias calles de distancia, puesto que éramos dos servicios subcontratados por diferentes empresas, aunque debíamos trabajar coordinados, como eslabones de la misma cadena.

Aunque solíamos hablar por teléfono bastante entre los dos servicios, no manteníamos ningún otro tipo de contacto.

Alguna vez se había promovido una cena conjunta pero por clasismo o vete a saber por qué, no había triunfado mucho la iniciativa, la verdad. 

Uno de esos innumerables días laborables, atiendo la llamada de una madre primeriza que, de manera muy educada (cosa sorprendente, a la par que agradable y refrescante) quería consultar sobre las dosis correctas  de apiretal. Claro que sí, faltaría más, ahora mismo le paso con un doctor para que pueda hacer su consulta. No se retire.

Le abro una ficha nueva, le tomo los datos y establezco conexión con la sala médica.

Para que la atención sea la mejor posible, en lugar de hacer un traspaso directo y frío de la llamada, primero ponemos en antecedentes al doctor de turno sobre el tema de la llamada.

Cuando me descuelgan en la otra sala, oigo una voz grave, potente que electrifica mi oído, despierta mi adormecida mente y pone en alerta todos mis sentidos. Pero que me deja tan embobada que no consigo responder a la primera.

Me aclaro la voz, me disculpo y le comento que creía que me había equivocado de número porque no había oído nunca su voz. Me explica que es su primer día de trabajo en el servicio y que por eso no le había escuchado antes.

Esa voz amable, sedosa pero firme a la vez acaricia mis oídos y consigue que mi respiración se acelere y las palmas de mis manos empiecen a sudar.

Entre tartamudeos varios, consigo explicarle la consulta y le paso la llamada.

Madre mía, habrá pensado que soy tonta del culo. No me acordaba ni de hablar. No sé cómo me ha podido afectar tanto escuchar esa voz. Debe ser que estoy hormonando. Sí, eso debe ser.

A partir de ese día, casi a diario  oigo esa voz que me enardece de una manera que no me puedo llegar a explicar. Hay días que incluso se me acelera el corazón esperando que sea él quien recepcione mi aviso para poder escucharle. Entre llamada y llamada no urgente, nos vamos haciendo preguntas inocentes. Cómo te llamas, de dónde eres, cuántos años tienes. Cada vez estoy más obsesionada con esa voz. Mientras le escucho, cierro los ojos, y sin poder evitar dejar de suspirar, voy creando una imagen mental acorde en el que él es un hombre de metro ochenta, fornido sin llegar a ser demasiado musculado, hombros anchos, espalda enorme, brazos fuertes, manos grandes, moreno de piel, mandíbula cuadrada, ojos claros y penetrantes, dientes perfectos, barba de dos días… Lo que viene siendo un empotrador en toda regla.

Un día, con las hormonas revolucionadas por haberlo oído reír a carcajadas como respuesta a un broma tonta que le he hecho (Dios, qué sonido tan erótico es su risa) no puedo evitarlo y tengo que ir al baño unos minutos a aliviarme. Y he de confesar que tengo que morderme la mano libre para no gritar por tremendo orgasmo que consigo.

Así que, después de ese episodio, la siguiente vez que hablamos y él me propone quedar un día de estos para tomar un café le digo que me encantaría, que cuando él quiera. Parece agradablemente sorprendido porque haya aceptado. Me propone quedar dentro de dos días, en una cafetería muy coqueta del centro de la ciudad.

Anulo todos los planes y tareas que tenía para ese día y me dedico a arreglarme con esmero. Depilación, peluquería, ropa interior sexi, chapa y pintura. Nerviosa como colegiala, me dirijo a la cita con un poco de antelación. Cuando llego al local recibo un mensaje suyo en el que me dice que está a punto de llegar, que disculpe la demora, pero es que la guardia se ha alargado un poco.

Me siento en un rinconcito privado y me pido un café para estar entretenida.

Al poco, noto una mano sobre mi hombro y ESA voz preguntándome si soy yo. Muerta de los nervios me giro y…

Eeeeh, a ver, yo creo que hay una confusión. Debe tratarse de una broma. Quién es este señor y por qué me está hablando.

Pero esa persona vuelve a decir mi nombre con una voz que no le representa y me pregunta si soy yo. Aunque mi instinto me grita que le diga que no, que se ha equivocado, acabo confesando que sí, que soy yo. Me da dos besos, en los que noto su piel grasienta, y se sienta en frente mío.

Mientras tomamos el café, él me habla de su trabajo en general y sobre la guardia de hoy en particular. Y lo mucho que le gusta escuchar mi voz al otro lado de la línea telefónica.

Mientras habla, se va acercando cada vez más a mí. Noto su aliento de un olor extraño que no sé identificar. Le saco un palmo de alto, sin ser yo ninguna portento en estatura, y mientras le hago escrutinio exhaustivo, anoto mentalmente: dientes con sarro,  pelo escaso peinado a un lado a lo “Anasagasti”, manos pequeñas, gafas de culo de vaso del siglo pasado, olor fuerte poco agradable… De vez en cuando, cierro los ojos para intentar no perderme en el sinsentido de su apariencia e intentar reconciliarme con la imagen que me había hecho. 

A la cuarta vez que cierro los ojos me pregunta si estoy bien. Saco fuerzas de flaqueza y le digo que no, que tengo una migraña importante pero que no he querido decirle nada para no darle plantón. Pero que cada vez estoy peor y que me retiro, que ya quedaremos si eso otro día. Él, preocupado, se ofrece a acompañarme a casa. Yo le agradezco el detalle pero le digo que cojo un taxi. He de reconocer que salgo huyendo de allí como alma que lleva el diablo.

Cuando nuestras voces vuelven a coincidir en el trabajo yo intento acortar las comunicaciones para evitar que me proponga otra cita.

Acabé pidiendo a mi jefa que me cambiase el turno para no volver a coincidir con él y bloqueé su número.

 

Anónimo